Nada más que María
En el día más grande de su carrera, la reina bielorrusa ha tundido a la sensación boloñesa como quien se libera de un fantasma.
La italiana Sara Errani posa con su trofeo tras perder ante la rusa Maria Sharapova.
París • En el atardecer del segundo sábado de junio, la cancha del estadio Philippe Chatrier es escenario de un teledrama. En su último capítulo, la heroína recobra la fe en sí misma y debuta como reina del mundo en la antesala del partido final del Abierto Francés. Un guión así se basta para ocupar un buen número de butacas, tras el éxodo que ha ido provocando la era de las reinas flacas, y su único obstáculo trae detrás una senda de pólvora, mide 1.64 y es la número 21 del mundo.
Tras enviar a su casa a la temible Petra Kvitova, María Sharapova llega a enfrentar no a Svetlana Kuznetsova ni a Samantha Stosur, sino a la combustible Sara Errani, que se las ha quitado del camino y ahora se interpone entre ella y el final perfecto. ¿Tendrá María la fuerza mental para enfrentar al monstruo cuando se le aparezca? ¿Cree al fin más en sí misma que en la vieja lesión que cinco años atrás hizo de su leyenda un melodrama? ¿Le dará el estrenón a ese número uno como se espera que lo haga una reina?
Fuera dudas. María aterriza sobre la cancha montada en un ciclón que deja de una pieza a la italiana. Condición ni tantito recomendable para ubicarse dentro de la Philippe Chatrier en un día como hoy, cuando de las almenas enemigas escapan meteoritos en llamas y no parece que el enemigo esté de vena para tomar prisioneros. Entre lenta, extraviada y engarrotada, Sara ha perdido un par de servicios al hilo cuando al fin amenaza con recomponerse. ¿No es acaso el servicio, de repente inconstante, uno de los visibles lados flacos del mujerón de 1.88 que se alza al otro lado de la red?
Ya presente en la cancha, Sara ataca el servicio de María con una cierta enjundia nadalesca, golpeando desde el fondo hasta desesperarla y volver al partido con dos games que no sirven sino como acicate para la ya campeona de Wimbledon, Australia y Estados Unidos, que a partir de ese punto volverá a huracanar su ataque en el servicio hasta cerrar el set sin mayor novedad.
A no más que una manga de distancia de coronarse como el libreto manda, la heroína de esta historia se ve otra vez forzada a echar mano de la fuerza bruta, y es así que revienta el saque de la boloñesa sin encontrar la menor resistencia. Y por más que ésta atina a ganar en la red y resistir atrás para oponerse al capricho de ese juego de piernas no menos eficaz que fotogénico, María aprieta el paso con la actitud rampante de quien no hace más ni menos que reclamar aquello que le pertenece. ¿Acaso alguien ha visto a Sharapova perder un solo partido sobre arcilla en este año que pinta para ser el suyo?
Una vez más, a un par de juegos de rematar el set, María se relaja y pierde un servicio. Nada que la despeine, si en el juego siguiente vuelve a agarrar a Errani como a su hija, la tunde y la devuelve a la realidad de los números. Con 5-2 en el segundo set, María Sharapova sirve para la Historia. Como Ana Ivanovic cuatro años atrás, será reina y campeona en un solo día. Así se explica, acaso, que el trámite le tome tres puntos para partido.
O será que el libreto así lo exige, el caso es que en la escena final la heroína se postra de rodillas sobre la tierra que la ve reconquistar, y de hecho superar y acrecentar cuanto alguna vez hubo conquistado, antes de que la lesión y su correspondiente fantasmón le cubrieran el cielo de nubarrones. María se levanta, salta, enamora a los últimos escépticos y minutos más tarde levanta el trofeo, inevitablemente llena de gracia, unos segundos antes de que aparezca encima la palabra fin.








