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Breve tregua entre Hollande y Sarkozy

Internacional •

Aún con la derrota electoral a cuestas, el presidente saliente tuvo el gesto de invitar a quien será su sucesor en el Palacio del Elíseo, a participar en esta tradicional ceremonia de alto significado: recordar la fecha en la que la Alemania nazi capituló ante las fuerzas aliadas.

París • La ceremonia del 67 aniversario del armisticio de la Segunda Guerra Mundial, celebrada ayer en la plaza Charles de Gaulle en París, fue el marco de un acto de reconciliación entre Nicolas Sarkozy y François Hollande, dos políticos que mostraron superar sus diferencias en un gesto de madurez republicana.

Aún con la derrota electoral a cuestas, el presidente saliente tuvo el gesto de invitar a quien será su sucesor en el Palacio del Elíseo, a participar en esta tradicional ceremonia de alto significado. Se trata de recordar la fecha en la que la Alemania nazi capituló ante las fuerzas aliadas y evocar la memoria de los millones de europeos que fallecieron en esa guerra.

Fue una mañana fresca en la que la lluvia no opacó las celebraciones. Mientras Nicolas Sarkozy depositaba una ofrenda floral frente a la estatua de Charles de Gaulle en la avenida de los Campos Elíseos, Hollande llegaba al pie del Arco del Triunfo. Ahí lo esperaban militares, ex combatientes y el gabinete conservador aún en funciones. El socialista saludó amablemente a cada uno de los participantes, muchos de ellos aguerridos adversarios en la lucha por el poder.

A su llegada, Sarkozy pasó revista a las fuerzas armadas y, posteriormente, se dirigió hacia el Arco del Triunfo, en donde tuvo un primer encuentro con François Hollande. El saludo entre ambos personajes fue solemne. Juntos depositaron una ofrenda ante la Tumba al Soldado Desconocido, montaron guardia de honor, escucharon el himno de la Marsellesa y reflejaron emoción cuando el Canto del Guerrero fue entonado por un coro militar.

Codo a codo, Nicolas Sarkozy y Francois Hollande, frente a una llama perpetua, al pie del simbólico Arco del Triunfo, fijaron un pacto no escrito de reconciliación republicana. Adversarios desde la década de 1980, particularmente confrontados en esta última campaña electoral, el presidente saliente y el recién electo hallaron en la figura de su país el principal motivo para hacer a un lado sus desencuentros.

Quedaron atrás las imputaciones de Sarkozy contra su futuro sucesor. En el debate electoral que se llevó a cabo la semana pasada frente a las cámaras de televisión, el aún mandatario acusó al socialista de mentir a los franceses, de no tener experiencia para asumir la máxima responsabilidad del Estado e, incluso, recordó que sus propios aliados de izquierda lo despreciaban mediante apodos como “fresa del bosque” o “Flamby”.

Fueron olvidados también los señalamientos de Hollande y de sus simpatizantes en contra de Sarkozy. A lo largo de la campaña, el presidente fue señalado, entre otras cosas, por su insistencia en seducir a la extrema derecha para ganar sus votos, lo que llevó a sus detractores a compararlo con el mariscal Philippe Petain, artífice de la colaboración francesa durante la ocupación nazi en la segunda Gran Guerra.

La madurez de ambos políticos ha permitido reforzar lo que ha sido una constante en la vida institucional francesa, que es la tersa transición de poderes, incluso en casos de alternancia entre partidos de tendencias opuestas.

En esta ocasión, los equipos de Sarkozy y Hollande han acordado que la toma de posesión sea el próximo martes 15 de mayo, en una ceremonia que se llevará a cabo en el Palacio del Elíseo, en cuyos detalles aún trabajan los representantes de cada uno.

Una vez aceptada la derrota electoral, media hora después de que se dieran a conocer las primeras cifras de la elección del pasado domingo, Nicolas Sarkozy deseó suerte a su sucesor y pidió que se le apoyara en sus funciones. En la primera parte de su discurso como presidente electo, Hollande envió un saludo a Sarkozy.

Estos fueron los primeros gestos de una reconciliación entre derecha e izquierda. Un hecho que forma parte de la tradición republicana y de la cultura del respeto a los resultados electorales, ingredientes fundamentales de una democracia consolidada.