"MDNA" o cómo los gays están arruinando el pop
Con tal de no malgastar su estatus de “polémica”, a lo más que pudo llegar Madonna fue a nombrar su más reciente lanzamiento con un púber juego de palabras que hacen referencia a la metilendioximetanfetamina, sustancia activa de drogas como el éxtasis (o tacha). Así de adelantada se encuentra la reina.
México • De acuerdo con Mathew Perpetua del portal Pitchfork, el nuevo disco de Madonna no es más que el cumplimiento de una cláusula en un contrato por 120 millones de dólares que incluye tres álbumes con el sello Interscope Records, más una gira cuyos conciertos correrán a cargo de Live Nation. Perpetua le dio un 4.5 de calificación donde 10 es la puntuación más alta, y aunque también es cierto que los de Pitchfork son unos indies enfermizos que no superan el rock alternativo de Pavement, en cuanto al pop comercial sí son un poco más objetivos; a Sade la han tratado bien, por ejemplo. En SPIN también tomaron el MDNA con reservas.
Curiosamente, las reseñas más favorables del disco de estudio número 12 en la carrera de la reina del pop pueden leerse en cualquier revista o guía de antros gays.
Después de todo, un contrato de 120 millones tuvo que haber calculado, con una frialdad dance, ganancias garantizadas. Y qué audiencia más cautiva que el público gay. Es más que evidente que el disco, monótono y complaciente con una que otra pincelada de dubstep y grime del más sencillo, sin dejar fuera su obligatoria y manchada sobredosis de lo que se conoce como circuitmusic (una especie de progressive house mal hecho y con tufo a un pasado no muy lejano, pero indeterminado) está pensado para esa audiencia homosexual, tipos que disfrutan de las pistas de baile con música electrónica predecible y coros femeninos que se puedan cantar de formar eufórica con sus indispensables coreografías de diva. La fórmula ya esta hecha y más que demostrado su redituable éxito.
Por si queda alguna duda de lo anterior, MDNA incluye una canción llamada “GangBang”, término que en el slang porno significa algo así como un pasivo a merced de múltiples parejas, violación colectiva fingida, también se aplica en videos bugas pero muy pocos dominan el término. Los gays rebasan los sets porno y lo usan hasta para ligar en una página web de contactos para sexo anónimo.
Madonna nunca ha sido auténtica, su virtud hasta hace poco era tener colmillo para negociar con aquellos productores que ya venían haciendo tendencia años antes. Y cuando se le antojaba algún sonido gay, al menos tenía la voluntad de rascar en el underground, después de todo, aquel trancazo irresistiblemente bailable, “Vogue”, del I’m Breathless (parte del soundtrack de Dick Tracy y producido por Shep Pettibone, viejo colega de los New Order) hace referencia al vogueing, baile generado desde los barrios más rudos del Harlem por travestis de raza negra e hispanos marginados. En los ochenta, las calles más peligrosas de París harían del vogueing una suerte de batallas, metafóricamente sangrientas, entre pandillas compuestas de nuevo por dragas afro altísimas o latinas coloridas y fosforescentes, cuyo vencedor era aquel travesti en extremo afeminado. En MDNA ya ni eso, y sus dúos con M.I.A. y Nicki Minaj llegan a destiempo y a desgaste.
En los últimos años, la comunidad gay se ha convertido más en un nicho receptor de productos maquilados desde el marketing que vende tolerancia e inclusión como mercancía políticamente correcta, que una minoría diversa, auténtica sería ya una leyenda urbana. Prueba de ello es que ya se maquila música calculada para satisfacer las audiencias gays, poco exigentes actualmente, hay que decirlo. Ven en nosotros a consumistas más que melómanos, que escuchan y compran más por pertenecer que por calidad sonora. Imponen mercados musicales, que se consumen sin digerir, con la misma velocidad y sinsabor que un sexo oral rápido en el último vagón del Metro. Aquello del pop prefabricado, inofensivo, bobalicón, que tanto se criticaba de los charts bugas, se ha instalado con tremenda facilidad en el gusto gay.
Lo malo de esta lógica tan escasa de creatividad, es que seduce a artistas que más o menos creaban propuestas interesantes. Fangoria, proyecto de Alaska (la de los Dinarama) y Nacho Canut es otro ejemplo, no cabe duda que Arquitectura efímera fue su último trabajo realmente bueno, incluso en términos de piezas electro-pop con versos pegajosos. Después de eso, pareciera que el dúo prefiere la comodidad económica (se toman en serio eso de que los gays consumen más que los bugas, compran sus discos y acuden a sus conciertos con una devoción que raya en la militancia), tener contento a su público gay hambriento de lugares comunes como travestis más chismosos que yonquis, homenajes incesantes a señoras de los setenta del tipo de Rocío Jurado, y todo con canciones ramplonas, predecibles, que suenan forzadas al primer oído.
Ni que decir de Kylie Minogue y su dance musculoso y sus videos que son la fantasía hippie de cualquier hombre gay que tome suplementos alimenticios para aumentar la masa muscular. Katy Perry llegó a satisfacer los oídos de los más jóvenes, o Lady Gaga, quién sin los disfraces de histeria drag y sus discursos a lo “Pare de sufrir” sería una competencia pueril de Miley Cirus.








