El Matehuala que fue
El comúnmente llamado "Mate" era uno de esos lugares en los que las reglas comunes no aplicaban, podías tocar a las bailarinas arriba de la pista o invitarlas de tu propia cubeta de cervezas sin que hubiera problema alguno.
México • El bar Matehuala no era un destino por sí mismo, sino un pase entre la noche de un día difícil y la mañana del día siguiente.
Uno no llegaba ahí buscando el lujo de otros antros de Monterrey ni tampoco lo hacía pensando en las mujeres inalcanzables de los tables de otras ciudades. El comúnmente llamado Mate era uno de esos lugares en los que las reglas comunes no aplicaban, podías tocar a las bailarinas arriba de la pista o invitarlas de tu propia cubeta de cervezas sin que hubiera problema alguno.
“¿Vamos a ir, o qué?”, me preguntó mi amigo, que llevaba varios meses viviendo en Monterrey. En mi segunda semana en la Sultana ya estaba cansado de los restaurantes de San Pedro Garza García y de las noches de borrachera en el Barrio Antiguo.
“Ya sé a dónde te voy a llevar, pero no me vayas a salir con una jalada. Te voy a llevar al Mate”, dijo.
El nombre del lugar sugería un viaje por sí mismo, pero cuando le dijimos al taxista a dónde nos dirigíamos, me advirtió mientras me veía por el retrovisor: “No se me vaya a ofender, pero si quiere lo llevo a otro lado donde va a encontrar mejores morritas, ahí mejor no, no le vaya a pasar algo”. Yo creí que exageraba, no podía ser un sitio peligroso si mi amigo iba ahí ocasionalmente. Antes de tener tiempo para pensar en la conveniencia y la seguridad, mi amigo, nacido en Ciudad Juárez, le ordenó que nos llevara al Mate.
Cuando llegamos a la esquina de las calles Bernardo Reyes y Madero, dos hombres corpulentos nos revisaron y uno de ellos nos pidió una propina para dejarnos entrar. Dos de las tres pistas de baile estaban ocupadas. En la más cercana a la entrada, una mujer vestida de cuero negro colgaba boca abajo sostenida por sus fuertes muslos. En la principal, otra, mucho más joven, se dejaba tocar por varias manos masculinas mientras se desvestía lentamente.
Toda clase de hombres se encontraba ahí, desde oficinistas hasta algunos que quizá habían cobrado su raya antes de ir a gastársela en ese lugar. No había discriminación alguna, todos los que estábamos ahí habíamos llegado por la misma causa: el llamado de la carne había sido más fuerte que el de la razón.
En el Mate 50 pesos podían comprarte un poco de amor, aunque sólo fuera por un lapso de tres minutos y 150 podían llevarte a un sótano donde en privado podían convencerte de que ese amor era real.
Con el tiempo, el Matehuala tuvo que adaptarse a las nuevas condiciones de la ciudad y a los cambios en los hábitos nocturnos provocados por la inseguridad en las calles. Finalmente esta semana fue superado por la violencia.
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Otros tables en desgracia
Por Juan Alberto Vázquez
Con la caída del mítico Matehuala como víctima colateral del crimen organizado, recordamos casos similares de célebres pistas de cristal que han vivido episodios de terror similar
Sin exceso
Según la averiguación previa PGR/DGCP/DF/OIT/2010, a Ricardo Yáñez López, uno de los socios del Club Exxxes, le hallaron vínculos con el cártel del Golfo, por lo que en abril del 2009 fueron cateados los tres locales que la franquicia tenía en el centro del país: el ubicado en Insurgentes sur 1831, más los otros dos del Estado de México, incluida su casa matriz de la vía Gustavo Baz. A partir de esa investigación y pese a que la otra parte de la sociedad pretendió operar con otra razón social, los Club Exxxesss ya nunca consiguieron, y qué bueno, trabajar en paz.
Surgidos en el verano de 2003, dichos sitios de encuere y perdición se convirtieron en un clásico de la zona norte debido a sus precios justos y el riguroso casting de su elenco. Quizás fuera con la intención de marcar una tendencia distinta a la que ya permeaba en la industria, pero los encargados de la empresa decidieron mantener un trato serio, incluso paternal con las chicas, por lo que trabajar en la pista de los excesos significaba un honor para ellas. Algunas hasta accedieron a grabar videos y realizar sesiones fotográficas para el sitio en internet o para los calentarios, cosa inédita si nos atenemos a la fiereza con que las bailarinas del tubo normalmente defienden su anonimato (a menos que fueran a bailar en un programa de Televisa).
A la cofradía de fieles del antrazo nunca les importó el supuesto vínculo de Yáñez López con la banda de Los Carcachos (a la que les decomisaron 228 mil millones de pesos y 890 mil dólares en efectivo, con 14 de sus integrantes presos en diversas cárceles del país), y lo defendieron a morir. Pero para su desgracia, las autoridades dijeron otra cosa. Es tiempo de organizarle sus exequias.
Tahití
En febrero pasado, agentes de Migración aseguraron a cuatro leidis argentinas que chambeaban como bailarinas en la pista de la calle Florencia esquina con Londres en el DF.
El Tahití es de los pocos que sobrevivió a la caída de los bules propiedad de Alejandro Iglesias Rebollo, prófugo de la justicia desde que el célebre Lobohombo, otro de sus sitios de perdición, ardió con saldo de 21 parroquianos muertos en octubre del año 2000.
La caída del Tahití se respiraba desde hace algunos años. Ninguna bailarina era digna de dirigirle la mirada y las mismas butacas donde en otros tiempos se tributó al glamour y la exquisitez, fueron decomisadas por el lumpen sector de los viene-viene de la zona, que ahí acostumbraban gastar lo que a la ciudadanía extorsionaban.








