Amigos y familiares dieron el adiós a Carlos Briseño
“Grandes logros suponen grandes riesgos”, recuerda su familia en el funeral.
Diez personas acompañaron siempre el féretro del rector depuesto de la UdeG. Fotos: Tonatiuh Figueroa
En La Barca yace enterrada la osadía de tratar de derrocar a la monarquía universitaria, pues, especulaciones aparte, ésa fue la intención declarada de Carlos Briseño Torres que lo llevó a perder la Rectoría General de la UdeG. Y, en apariencia, los reveses en su intento por recuperarla lo llevaron a tomar la decisión de terminar con su vida: “Luchó contra un poder muy fuerte en la Universidad de Guadalajara [...]; eso lo debilitó mucho”, dijeron sus conocidos cuando velaron en su pueblo natal al hombre que fue sepultado ayer.
A las nueve y media, el cuerpo de Carlos Briseño fue trasladado de la casa de su madre hacia la presidencia municipal, donde el alcalde y los regidores le montaron una guardia de honor poco antes de llevarlo hacia el templo de Santa Mónica, a unos metros del lugar.
Poco antes de las diez, cientos de personas ingresaron al templo: modernas mujeres enlutadas, con lentes oscuros para ocultar las emociones vedadas a los nuevos tiempos; hombres de trajes oscuros con sus celulares apagados. Todos atestaron hasta los pasillos; otro tanto esperó afuera del recinto.
El féretro, que fue cargado en hombros por diez personas, aguardaba en la puerta de la iglesia a que el padre hiciera aparición. Con el religioso, entró el contingente, ahora de ocho personas que deslizaban el ataúd sobre ruedas y, detrás de él, la solemne viuda.
María del Lourdes López, una de las familiares del finado, dijo que éste visitaba el pueblo cada semana y que nunca se le vio cabizbajo; antes bien, el ancla que le pudo significar la familia lo mantenía avante pese a los tropiezos.
Comenzó la ceremonia. Se dice que un católico que se quita la vida pierde la gracia porque ya no puede arrepentirse, pero ayer el clérigo solicitó la intercesión de los presentes para que pidieran misericordia para él. El evangelio versó sobre Lázaro, el enfermo que cuidaban sus hermanas Marta y María y que finalmente murió.
Habló el párroco: “Marta le dijo a Jesús: ‘Si tú hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto’ [...] Jesús le dijo: ‘Tu hermano resucitará’”.
La música del órgano, del violín y de las voces educadas se mezclaba en cada lectura y hacía eco en las naves de la iglesia.
Habló el párroco: “Hay momentos en que la vida pesa como una losa de plomo. Dan cuenta de la pequeñez humana. Carlos soñó, hizo planes, y ahora vemos cómo las ilusiones se han marchitado”.
Los presentes se turnaban en la guardia del féretro y, cuando tocó el turno al hijo de Carlos, la madre se acercó a consolarlo pues lloraba.
Habló el párroco: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. [...] Prohibido llorar sin esperanzas”.
Al concluir la ceremonia, una mujer solicitó a los presentes, como último favor, acompañarlos hasta el cementerio, donde la tumba en la que sepultaron a su abuelo estaba ya preparada para recibir el féretro de Carlos.
El paso de la carroza fúnebre era marcado por los cohetes que detonaban; cientos de personas caminaban detrás, pero el número fue menguando un poco.

Camino al panteón municipal, donde fue sepultado el cuerpo.
En La Barca, las noticias se esparcen con mayor rapidez: rumores en las calles y pláticas que daban cuenta de que Carlos era un personaje conocido, como todos. Juan Cabrera, de 82 años, esperaba en el cementerio: conoció a Carlos —desde que era niño— y a su abuelo, a quien le ayudaba en la siembra cuando joven: “¿Qué haces aquí? ¿Todavía no te mueres?”, le preguntó un conocido que se topó. “Tengo el compromiso de echarles tierra a todos ustedes”, respondió.
Al mediodía, el ataúd llegó al panteón, que se abrió paso entre los hombres y las mujeres enlutadas. Sin palabras antes, los trabajadores lo bajarlo a la tumba de inmediato. Comenzaron los sollozos y las voces: “¡Carlos!”.
Oraciones.
Antes, su sobrina América Saavedra pidió dar un mensaje: “Grandes logros suponen grandes riesgos; Carlos Briseño fue un gran ejemplo”. Y el ex rector fue sepultado ayer.
Reproche, contra ex aliados
La expresión de la madre de Carlos Briseño Torres en el sentido de que dejaron solo a su hijo (Público, 21 de noviembre) no fue un reclamo o reproche al gobernador Emilio González hecho durante el velorio. Algunas personas presentes en ese momento aseguraron ayer que, cuando la señora hizo ese comentario al mandatario, se refería a quienes habían participado como aliados del rector depuesto durante su lucha interna contra el grupo político que dirige la Universidad de Guadalajara, y que luego lo abandonaron en su disputa.
Las mismas fuentes comentaron que la familia de Briseño reconoció que González Márquez hizo acto de presencia para apoyar a los deudos durante el sepelio. (Guadalajara. Público)



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