Sin permiso para ir al velorio de su hija

Política •

Lorenzo Ruiz pasó 12 años en la cárcel por el caso Acteal. En agosto pasado fue liberado. Con movilidad restringida guardó en casa su dolor.

Una vez más, Lorenzo Ruiz Vázquez se quedó solo. La primera fue cuando lo apresaron por el caso Acteal. La segunda, ayer, con la muerte de su hija de 23 años, a la que no pudo acompañar a su velorio, al sepelio, en su último adiós. “No hay derecho a recorrer la comunidad”, dijo. El gobierno del estado se lo prohibió. “No me dieron permiso”.

Él es uno de los 20 indígenas tzotziles que fueron liberados en agosto pasado. Estuvo preso en el penal de El Amate, pues fue involucrado en la masacre de 45 indígenas en Acteal.

Casi 12 años preso. En ese tiempo su esposa lo abandonó y hace dos años se enteró de que su hija Martha Ruíz Santis tenía un tumor el seno derecho.

Diabética, la operaron, hubo complicaciones y murió.

Lorenzo cuenta la historia con ojos llorosos. Está libre desde hace dos meses, pero como si siguiera preso. Al igual que al resto de sus compañeros liberados no le permiten poner un pie en la tierra que lo vio nacer, en la tierra donde está su cafetal, donde viven sus parientes y familia: Los Chorros, del municipio San Pedro Chenalhó, lugar, según los zapatistas, de paramilitares.

“Me quedare aquí, no me dieron permiso de ir. Siento mucha tristeza, yo quiero ir”, señaló.

—¿Está Usted libre?

—Sí, pero yo no puedo automandarme.

El cuerpo de su hija salió en una carroza al filo de las 6:00 horas del viernes del Hospital Regional del estado. Adentro fue la despedida. La última vez que vio el cuerpo. Lo vio de frente antes de que la ingresaran al ataúd de madera que le donó el gobierno del estado. Ahí Lorenzo lloró y recordó los casi 12 años que no la vio crecer. Cuando él entró a la cárcel, Martha tenía casi 11 años. La vida se le fue.

Cubierto por la oscuridad de una calle de Tuxtla Gutiérrez, donde pernocta acompañado de 13 de los liberados en agosto pasado, afirma sin mirar a los ojos: “Allá hay personas que no quieren que vayamos”.

De acuerdo con el convenio al que llegaron con el gobierno del estado, ninguno de los liberados regresaría a sus comunidades. Hay miedo de que resurjan los demonios. La violencia. Las venganzas. Pero ellos, adelanta alguno de sus compañeros, van a regresar.

La carroza salió de la capital del estado rumbo a los Altos de Chiapas. La mujer muerta era acompañada por su esposo y su hermano. El primero, un agricultor triste y solo. No dejaba de barrer con su mirada la banqueta. El hermano, con su mirada en lo incomprensible. Somos pobres, dijo.

Lorenzo está solo desde aquel 24 de diciembre de 1997, cuando con engaños fue llevado a declarar, así se lo dijeron, al penal de Cerro Hueco. No pudo hacer algo: lo encerraron. Poco entendía lo que pasaba. Poco sabía del español que se hablaba. Se le acusó de homicidio, lesiones y portación de armas de uso exclusivo del Ejército.

En prisión, su esposa lo abandonó. Se fue con otro hombre. Seguía solo. Y hoy con la muerte de su hija se quedó hundido en su soledad en una calle oscura de Tuxtla Gutiérrez.

“Allá en el velorio estarán mi familia (siete hijos) y mis amigos; mi hija… yo quiero ir”. Hoy sábado será el sepelio... Sin Lorenzo en él.