La vida en la ganga de El Paso
Stephen y Héctor decidieron dejar sus bandas y ahora pesa sobre ellos una especie de fatwa callejera. Cuentan a MILENIO sus experiencias.
Los delincuentes tatúan sus cuerpos como señal de identidad.
Por haber decidido escapar hacia una nueva vida, ambos están sentenciados a que les brinquen, es decir, a recibir una golpiza que incluye las piernas rotas... o la muerte, si la venganza se sale de control. Porque al salirse traicionaron a su crew y a sus homeys: dieron la espalda a sus pandillas.
Por eso pesa sobre sus cabezas lo que sólo puede definirse como un edicto callejero. Un tribal edicto callejero.
“Si me ven, no sé man, creo que me matarían”, dice Stephen, un ex pandillero mexicano-estadunidense de apenas 20 años y ya con antecedentes penales que están a punto de llevarle de vuelta a la county, la cárcel del condado, un viaje del que quizá salga con los pies por delante. “Literalmente, en serio, me matarían. Piensan que los vendí. Que le falté al respeto a nuestros colores. It’s just crazy, man”, añade.
“A mí me harían mucho daño. Si me ven, pufff, se pondría feo”, secunda Héctor, quien a sus 22 años es un veterano guerrero callejero y ex vendedor de drogas en las esquinas de la segunda ciudad más segura de Estados Unidos, donde, paradójicamente, la guerra de los cárteles por Ciudad Juárez encontró a miles de nuevos soldados de a pie, la base de una pirámide de violencia que tiene sus raíces en ambos lados de la frontera.
De lado de las estadísticas oficiales que la ubican como un lugar en el que “no pasa nada”, esta es la proletaria y binacional realidad de El Paso: una ciudad en la que la ganga (pandilla) es la única respuesta al aburrimiento juvenil. Alberga a 500 pandillas (en 1995 había 300), incluida Barrio Azteca, la más dura en el sur de Estados Unidos y nueva protagonista en la guerra en el narco mexicano.
“Estos muchachos no saben lo que hacen. Cada vez entran más jóvenes a las pandillas y se encuentran atrapados en un mundo violento”, dice Rob Gallardo, activista dedicado a rescatar a jóvenes de las cada vez más numerosas bandas fronterizas.
El 95 por ciento de los pandilleros de la región, afirma, son de origen mexicano, niños cuyos padres trabajan en las maquiladoras de Ciudad Juárez y han crecido en el vacío. Una mezcla explosiva en la que el narcotráfico llegó para asentarse. Resultado: en los últimos años, en una especie de sincretismo, la añeja cultura de las pandillas mexicano-estadunidenses ha dado un giro indiscutible hacia el narco.
“El problema es que hay demasiados jóvenes dispuestos a ganar dinero de cualquier forma y las pandillas están reclutando a jóvenes de la región. Estamos viendo jóvenes de 14, 15 o 16 años que son reclutados tanto en Ciudad Juárez como en El Paso”, dice Tony Payan, investigador de ciencias políticas en la Universidad de Texas.
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“Yo vendía drogas, mariguana, ice, coca, de todo. Es lo primero que te ordenan hacer”, narra Héctor, tatuado de pies a cabeza con mensajes como “915” (código postal de El Paso), “Only God can Judge Me” o “Hecho en México”, pese a haber nacido del otro lado.
—¿Qué es lo peor que hiciste?
—Lastimar a gente. Es una de las cosas que haces, ¿sabes? Gente a la que a veces ni valía la pena pegarle. También metía chavos a la ganga. Los miraba chavitos en la escuela y les decía “¡arre pa’l barrio!”
En la espiral que ha llevado a las pandillas de El Paso a mezclarse con cárteles de la droga hay una especie de pelea por reclutar a chicos como Héctor, nuevos soldados, más tropas, en la sociedad tejana. El Departamento de Seguridad Pública de Texas advirtió en noviembre pasado que pandillas como Barrio Azteca buscan más adeptos entre las preparatorias de El Paso, donde hasta 50 por ciento de la población escolar es mexicana o mexicana-estadunidense.
“Los cárteles mexicanos y las pandillas trasnacionales se esfuerzan para reclutar gente en nuestras escuelas y comunidades. Atraen a los jóvenes con promesas de carros, dinero, notoriedad y les aseguran que si son atrapados sólo recibirán una sentencia mínima”, alertó la policía texana.
La penetración de la narcocultura en la vida pandilleril es evidente. En el segundo barrio, el epicentro de la actividad de bandas en El Paso y gracias a sus multifamiliares, hogar para Barrio Azteca, Bluebirds, Wanderers y Bishops, un muchacho que se hace llamar Clown (payaso) rapea una canción que idealiza el nuevo estilo de vida en la región:
“Esto es para todos mis carnales/comenzamos sacando las libras/moviendo de Juárez a El Paso yo las vengo aventando/ rifando aquí con mi gente me la paso/ a diario en el pinche vecindario todo el día fumando la mota que es más dura que el metal”.
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El panorama es gris.
En su frente personal, una cruzada particular por la que no recibe paga, Gallardo dedica seis días de la semana al rescate de pandilleros en El Paso y Nuevo México. Héctor y Stephen son sólo dos de los reclutas a los que ha logrado sacar de la vida callejera.
Pero hoy admite estar pensando en una pausa:
“Necesito despejar mi cabeza. Reenfocarme. Saber si vale la pena seguir haciendo esto. Tratas de ayudar a los muchachos, pero no sé si pueda seguir adelante”.
Un episodio particular lo sacudió. Porque no todos tienen la oportunidad de dejar el gang banging, la vida de la calle, el barrio, el hood, los colores y los tatuajes que hablan de fidelidad eterna a la pandilla. Alex, integrante de los Moon City Locos, quien a través de Gallardo apenas había renunciado a su ganga hace medio año, apareció hace dos meses en Ciudad Juárez.
“Estaba decapitado”, lamenta Gallardo. “Lo conocí desde que tenía 14 años. Supongo que fue reclutado para una misión y cometió un error. Es un mensaje a todos los jóvenes: si la riegan, les cortamos la cabeza”.
Víctor Hugo Michel / Texas









