El Cervantino: La Torre de Babel en Guanajuato
“¿Eres feliz?”, me preguntó en la calle un hombre disfrazado de hechicero árabe. “Sí”, le respondí con mi plano del Cervantino en la mano. “¿Y cómo lo haces?”, replicó muy serio. Riendo, afirmé: “¡Disfrutando del festival!”
León • Mediodía de sábado. Nada mejor que comer unas enchiladas poblanas en la mítica Casa Valadez, frente al Teatro Juárez de Guanajuato, pocas horas después de llegar del DF tras un interminable y aventurero viaje que nos tomó más de diez horas. Lo mejor de la “travesía sin fin”: los estudiantes de la UNAM, del Politécnico y unos cuantos alemanes de intercambio que la convirtieron en una fiesta. Soy madrileña, vivo en la Ciudad de México y es mi primera vez en el Festival Internacional Cervantino. Lo que veo vale cada minuto sentada en el autobús.
Veinteañeras estadunidenses con largos cabellos rubios y caras sonrojadas por el sol, grupos de adolescentes emocionados que viajan con sus maestros, artistas de Polonia, Londres o Centroamérica visitando la ciudad en su tiempo libre, cuatro jubiladas inglesas discutiendo qué espectáculo ver. El Cervantino convierte Guanajuato, durante tres semanas, en una torre de Babel cultural en la que sale a flote el poco o mucho inglés que cada uno llevamos dentro.
Caminando entre juglares que se ofrecen a contarte la “Leyenda de la Llorona” por 20 pesos y picoteando unos ligeros “suspiros” de café poblano, no pude dejar de enternecerme con el rótulo de una tienda que anuncia “revelado rápido Kodak”, ejemplo de esta ciudad que mezcla presente, pasado y futuro. Por fortuna, hay ciertas realidades que el avance tecnológico jamás desplazará, como las artes plásticas. La verborrea tecnológica se hace silencio ante cualquiera de los cuadros de Vicente Rojo, quien a sus 80 años y recién condecorado con la Medalla Cervantina 2012, expone en esta edición su serie más reciente, Escrituras, en la que trabaja sobre los signos de un lenguaje propio.
Con el calor del mediodía, las terrazas de la Plaza de la Paz son la mejor opción para tomarse un tequilita. Compartiendo el pintoresco escenario, un talentoso payaso callejero aprovecha todo estímulo del ambiente para convertirlo en un chiste: un perrito que ladra, el sonido de una sirena de policía, unas campanadas… Un verdadero héroe cotidiano del clown, que aglutina a unas 200 personas a la salida de la Basílica donde, ¿por qué no?, se celebra una boda.
5:30 pm. Mis pies se dirigen como hipnotizados hacia el Teatro Principal, donde un equipo de londinenses y mexicanos de la Compañía Nacional de Teatro y la Royal Shakespeare Company presenta A Soldier In Every Son. Códice Tenoch, puesta en escena protagonizada por la dinastía de los antecesores de Moctezuma. Con un talento actoral de primerísima calidad que rompe cualquier barrera idiomática, un vestuario sincrético y hermoso, y una dirección escénica inteligente, convierten un montaje de más de tres horas en una apasionante historia de venganza, amor y guerra, logrando, en estos tiempos de inmediatez, que la mayoría de los espectadores estuviéramos inclinados hacia el escenario, sumergidos en la trama.
Guanajuato de noche se transforma. Todo el que había permanecido oculto en su casa sale a disfrutar del fresco de la noche y el centro histórico se convierte en una zona de bares y restaurantes en donde las banquetas son una extensión de los antros, abarrotadas de gente. Ante el lleno total de la Banda El Recodo en la Alhóndiga de Granaditas, mi acompañante y yo decidimos ir a cenar a un restaurante con encanto (recomendado por el New York Times), El Abue, para comenzar la noche del sábado.
Después de dar varios tumbos y recorrer algunos de los enigmáticos túneles que subyacen la ciudad con un divertido grupo de gente en busca de “marcha”, pasamos por las elegantes esculturas de acero inoxidable del escultor Leonardo Nierman y las calles bañadas por la música que sale a borbotones de los balcones de las discotecas. Logramos encontrar el sitio de Noche en el túnel, donde se presenta parte de la programación del Festival Mutek, de música electrónica. El decorado no podía ser más adecuado para el espectáculo: unas dos mil personas bailando entre unos añejos muros con espacios al aire libre al compás de unos excelentes artistas sonoros como Jon Hopkins y Scuba, aderezados por la iluminación, las proyecciones y las nubes de humo que hacen de la noche un momento mágico.
Este es el panorama del primer sábado del festival cultural más grande de México en una ciudad única en el mundo por su infraestructura de túneles subterráneos, en la que han pasado purépechas, españoles y, en los últimos cuarenta años, artistas y visitantes de todo el mundo que la van nutriendo de arte, cultura y anécdotas.
Y esto es sólo el principio, pues en esta edición del 40 aniversario quedan muchos espectáculos que experimentar, como el Coro de la Comunidad de Madrid con El caballero de la triste figura, la compañía austríaca Burgtheater en Dorian Gray, el montaje de la compañía de danza francesa Philippe Decouflé, Octopus, o la Shangai Peking Ópera Troupé, entre muchos otros.
¿Regresaré el próximo año? Seguro. En esta Babel guanajuatense es posible alcanzar tanto el cielo de las artes como el de la más paradisíaca fiesta interminable.








