El día que perdió el PRI
Una militante octogenaria, con medio siglo en ese partido y una pensión de 500 pesos mensuales, recorre la sede nacional del PRI, donde hace 12 años callaron cencerros y porras, mientras el candidato perdedor, Francisco Labastida, y un puñado de seguidores, reconocían la derrota y guardaban silencio
El candidato priista que perdió los comicios presidenciales en el año 2000.
Ciudad de México • Carmen García Vázquez, de 80 años, con 50 de militar en el PRI, donde también laboró y fue despedida por Beatriz Paredes, cruza la explanada de la sede nacional de ese partido, ubicado en el número 59 de Insurgentes Norte, y escudriña una lámpara votiva, colocada allí cuando el IFE anunció que el candidato de esa formación política, Enrique Peña Nieto, había ganado la Presidencia de la República, después de que el PAN lo sucediera en Los Pinos. Doce años.
La anciana observa el busto en bronce de Luis Donaldo Colosio, el malogrado candidato presidencial; detiene la mirada en las estatuas erigidas a Lázaro Cárdenas y Benito Juárez, que flanquean la entrada del edificio principal, y por último fija la vista en el edificio del auditorio Plutarco Elías Calles, escenario de grandes eventos y malas noticias, como aquella del año 2000, cuando anunciaron la catástrofe tricolor.
Esta mujer, cuyos hijos, cinco en total, se desarrollaron como profesionistas durante sus años de activismo y militancia leal, esperó el regreso del partido, donde por muchos años mantuvo el empleo de mensajera, mismo que perdió con la crisis del tricolor en el DF; pero su fidelidad continuó a prueba de fuego.
Y desde su casa, ubicada en la calle Doctor Velasco, colonia Doctores, donde vive desde hace seis décadas, siguió visitando los inmuebles, en cuyas instalaciones, no obstante, recibía algunos servicios.
“Todo el mundo me conoce”, se jacta esta anciana cuyo único sostén es una raquítica pensión del IMSS y la venta de pulseras que ella confecciona. “Tengo 60 años de vivir ahí, saliendo del Metro Niños Héroes”.
García Vázquez es oriunda de Santa Lucía, municipio de Matamoros, Coahuila, en la Región de la Laguna.
Comenta que Venustiano Carranza, Francisco I. Madero y Pancho Villa, entre otros, “puros revolucionarios”, pasaban a comer a casa de sus padres. “Eso me decía mi mamá”, recuerda. “Mi madrina María Zeferino fue soldadera. Le mataron su marido y a una hija y a un niño que cargaba”.
Tiene cinco hijos: un ingeniero de 63 años; un abogado, de 57; uno más, labora en el IMSS; una muchacha, de las más chicas, en un laboratorio, “pero se cayó y ya no la quisieron en el trabajo”. “El más chico es físico-matemático y trabaja en la UNAM”. “El otro es analista y programador”.
Es sabido que en un lapso de 12 años, desde que el priismo fue echado por el sufragio de la silla presidencial, ese partido sufrió quebrantos, incluso redujo la nómina de empleados, y hubo inmuebles que dejaron de pagar algunos servicios.
La mujer recuerda:
—Cuando llegó la seño Beatriz –como dirigente del PRI en el DF – a mí ya no me contrató. Yo estuve en el número 53 de Aldama y Puente de Alvarado. Cincuenta años de ser priista y activista. Trabajé en campañas de María de los Ángeles, Schiafino, Aguilera, Cervantes del Río. Con tantos.
La señora García, de caminar lento pero de recuerdos rápidos, viste una gabardina verde pálido y zapatos deteriorados. Tiene el ojo izquierdo “apagado”.
Fue obrera textil. Trabajó durante 30 años en los famosos Casimires Santiago, donde fue pensionada por invalidez.
“¿Sabe cuánto me da el Seguro?”, pregunta. “Ni quinientos al mes”, responde ella misma. “Yo le decía a los secretarios de Peña Nieto que por qué no nos aumentan”. “Tengo el Seguro desde el año 50”.
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La tarde-noche de aquel domingo 2 de julio del año 2000, el murmullo de una mala noticia ya rondaba adentro y afuera de este inmueble que cubre una manzana, y cuya entrada principal está marcada con el número 59 de Insurgentes Norte, colonia Buenavista, domicilio del Partido Revolucionario Institucional.
Había pocos militantes. Los cencerros no sonaban. Algunas personas hacían el esfuerzo por asimilar lo que ya se sospechaba –la derrota –, pero no lo aceptaban. “Me emociona esta fiesta democrática”, había dicho temprano el candidato priista, Francisco Labastida, quien permanecería encerrado a piedra y lodo.
Por la mañana cruzó el patio Antonio Montero, operador priista de antigua militancia, quien bajaba del segundo piso del edificio principal. Regresaba de regalar unos habanos a viejos amigos suyos.
Temprano habían instalado mamparas metálicas para, en caso necesario, contener los ánimos de, como decían, “los compañeros de sector y de partido”. Estaban frente al auditorio Plutarco Elías Calles. Individuos de playeras negras custodiaban el cerco. Escasos militantes se presentaban.
En el segundo piso permanecían el candidato y la cúpula priista. El escultor Sebastián se retiraba cabizbajo. Hilda Anderson, militante de edad avanzada y con varios puestos burocráticos en su haber, no escuchaba los esporádicos pitidos de autos que entonaban el “Mé-xi-co, Mé-xi-co, Mé-xi-co”, cuyos ecos pronto se perdían.
Avanzaba la noche.
Y las noticias de la debacle.
Se rumoraba que Labastida no daría ningún mensaje. De todos modos llegaban prominentes priistas, como Elba Esther Gordillo, Manlio Fabio Beltrones, Carlos Almada, Leonardo Rodríguez Alcaine, Carlos Romero Deschamps, María de los Ángeles Moreno, Jorge de la Vega, Esteban Moctezuma, Marcos Bucio.
Labastida, acompañado de su esposa, María Teresa Uriarte, y de Dulce María Sauri, llegaba, finalmente, y eran recibidos con aplausos. El candidato dijo que respetaría el resultado de los comicios. La decisión de la ciudadanía. Un solitario empezó a entonar el Himno Nacional. Labastida fue entrevistado y se retiró.
Al fondo apareció Manuel Bartlett. “Vamos a reconstruir este partido”, le dijo un militante al exsecretario de Gobernación, mientras lo abrazaba, como si le diera el pésame. El poblano hizo un gesto de aprobación.
Por ahí andaba Marcos Bucio, Rogelio Montemayor y Felipe Solís Acero. Eran las 23:35 cuando la cúpula y el candidato entraron al elevador.
La fiesta estaba en otra parte.
***
La señora García Vázquez parece estar conscientes de que ahora son otros tiempos, pero no deja de mostrar alegría.
“Yo estoy feliz de que ganara Peña Nieto”, dice esta mujer de zapatos deteriorados y vieja gabardina. “Y aquel domingo fue la fiesta. Era un hecho de que el PRI regresara, porque hay mucha gente que carece de lo básico. Porque si aumenta la gasolina y el gas cada mes, aumenta la canasta básica”.
—¿Y qué hacían mientras el PRI fue oposición?
—Los compañeros nunca nos abandonaron. Que la Navidad, que los Reyes. El PRI nunca dejó a la militancia. Siempre han colaborado con becas. Hay dentistas, médico familiar, abogados.
Y la anciana se va.
Y frunce el ceño y sonríe luego de escuchar el comentario sobre aquellos que no quieren el regreso del PRI y cuyas instalaciones han sido cercadas por la organización Yo Soy 132, cuyo lema es “no a la imposición”.
En la estatua a Colosio se puede leer un lema que entresacaron de un discurso pronunciado por el malogrado candidato en el Monumento a la Revolución, situado a pocas cuadras de ahí: “…Yo veo un México con hambre y sed de justicia…”
En la parte de atrás, sobre la calle Colosio y Buenavista, a un costado del edificio central de la delegación Cuauhtémoc, proliferan prostitución y mendicidad, donde autoridades perredistas de la demarcación anunciaron un “corredor sexual”. En algunos hoteles cercanos, incluso, la procuraduría ha detectado casos de trata.








