En el tono de Tona: Cerdos, Olimpiadas y botanas
En los tiempos de Evangelios Zappas y el Barón de Coubertain, hacia finales del siglo XIX, las personas que se subscribían a las competencias eran agricultores, artesanos, timbaleros, gente como cualquiera, que hacía el deporte por placer.
Ilustración de Eduardo Salgado
México • Cuando mi amigo Fedro Carlos Guillén me dijo que el diseño artístico de la ceremonia de inauguración de las Olimpiadas estaría a cargo de Danny Boyle, me dije: “¡Tona, tenemos que ver la inauguración de las Olimpiadas este año! (Y recuperar la dieta, estamos subiendo de peso)”.
No sé por qué rayos creí que Danny Boyle era el director de Snatch: cerdos y diamantes (cuando en realidad es el director de Trainspotting, aquella patética cinta sobre unos drogadictos solo memorable por su maravilloso soundtrack).
El director que yo esperaba es Guy Ritchie, especie de Tarantino británico, especialista en películas de gángsters, cineasta elegante y con humor, como el jazz (entre sus obras destacan Lock, Stock and Two Smoking Barrels, Revólver, Rockn’Rolla, y los Sherlock Holmes).
Acudí al mejor lugar para celebrar estos acontecimientos mundiales, en torno a una tele de cantina, con los pants puestos que una vez me regalaran en una chamba a cambio de desfilar un 20 de noviembre. Hasta volví a romper mi dieta (y solo bajé 300 gramos en la semana) honrando mis etílicos brindis a los heroicos atletas, que sí tienen el coraje, la disciplina y el valor de moldear la materia de su propio cuerpo, y no un indigno troglodita como un servidor.
Me desconcertó ver que, en vez de gángsters, había en el Estadio una bucólica campiña, de la cual surgieron animales, vikingos, soldados, Pandemónium, Mr. Bean, James Bond, la Reina, Paul McCartney, pero nada de gángsters (lo más Guy Ritchie de la inauguración fue la imponente reaparición de Muhamed Alí).
La ceremonia me pareció penosamente costosa (casi como unas elecciones, pero en cursi). Los discursos demagógicos, como todos los discursos (la única que habló coherentemente fue su majestad, la reina del buen decir: “Declaro inaugurados los Juegos Olímpicos”, punto, ¿qué más se puede decir, después de ver La historia de Reino Unido, el musical?).
Los ciclistas de colores fosforescentes, chidos; la antorcha olímpica en forma de pétalos de cobre que se elevan, cool, ¿para qué los discursos? Eso de ponerse a jugar carreras, lanzar jabalinas y dar piruetas en leotardos no es serio, ¿para qué echarlo a perder con discursos?
Eso de los discursos no sólo convierte en algo adulto (léase solemne), una cosa de naturaleza infantil (léase divertida y fantasiosa), sino que pasa la factura ideológica, la que no deben olvidar los niños que agitan banderitas: “Aquí todos los competidores somos iguales, pero los ingleses nacimos bajo el signo de Libra esterlina y tenemos a Paul McCartney, to be or not to be?”
Todo es presunción. Sí, ya sabemos que Gran Bretaña es cuna del deporte moderno y Londres una ciudad que por tercera ocasión tiene el honor de ser huésped de los países hermanos, pero, ¿por qué no hablar de Estambul? Estambul también está bien bonito, y no le hace tanto a la mamathing.
En los tiempos de Evangelios Zappas y el Barón de Coubertain (rescatadores de la tradición olímpica griega), hacia finales del siglo XIX, las personas que se subscribían a las competencias eran agricultores, artesanos, timbaleros, gente como cualquiera, que hacía el deporte por placer.
Ahora los deportistas se fabrican en criaderos nacionales, pues está claro que esta gesta nada tiene de pacífica, sino todo lo contrario, se trata de acrecentar la rivalidad: los músculos de los atletas se mueven con la fuerza que les proporciona el Estado al que representan, más chido que el tuyo (pendejo). El atleta es una acto demagógico que va echo la madre.
El gran atractivo del deporte, lo mismo que el de las artes, consiste en su carácter lúdico. Se trata de jugar (y por lo tanto, de ganar). Que los músculos se hagan bolas y tu salud funcione mejor son bonus, lo importante es divertirse.
El mérito de los ingleses y su atractiva oferta de encuentros deportivos reglamentados, consiste en la simulación del gran juego que a todos los humanos nos ocurre: La vida (o la supervivencia, como le gustaba decir a Darwin, como si estuviera narrando un super bowl).
Sin que nadie nos consultara, nos sacan de un vientre materno y nos ponen en una cancha a participar de una interminable rutina de enfrentamientos (por los mejores lugares laborales, la conquista de seres físicamente apetecibles, la fama o, simplemente, por el placer de la victoria).
No nos explican las reglas del juego de la vida, uno las va aprendiendo sobre la marcha, en la escuela, en la calle, en los periódicos, en el comportamiento de los que tienen más experiencia; muchos conocimientos valiosos no son claros (o son contradictorios con otras reglas éticas), se infieren, se intuyen, se inventan, se reinventan.
Algunas personas se percatan de que el juego puede ponerse difícil y renuncian, prefieren dejar que las horas trascurran plácidamente hasta la hora que se vean obligados a devolver el equipo. Renuncian, a través de cómodas evasiones, al gran regalo que es el juego de la vida.
Bienaventurado quien es conciente de que la vida es un juego que vale la pena jugarse, porque lo que se conquista no es una copa ni una medalla ni un boleto de avión a Londres: es la brillante satisfacción de haber saltado obstáculos personales (o entretenerse tratando de saltarlos).
Lo malo aparece cuando se substituye la sencilla felicidad del triunfo por un símbolo de status. Aquí es donde la política corrompe el espíritu festivo del deportista, haciéndole conciente de que fue escogido de entre un montón de gente anónima, que sólo existe para sí misma, con el heroico destino de derrocar públicamente a competidores de países antipáticos. El deportista, como un actor que súbitamente se vuelve estrella, o un político recibe la combinación de la caja fuerte de la dependencia que tiene a su cargo, pierde piso, cree que un Ángel o algo por el estilo lo ha convertido en una especie de Mesías mezclado con Beatle. Sus ganas de jugar han sido substituidas por la masturbación a su órgano egocéntrico.
Destacar el orgullo de ser abanderado (como estar en la escolta de la escuela) es poner a competir a unos deportistas contra otros, como perros de pelea, excitando su ego; por lo pronto, a ese pobre cabrón que va de abanderado de su patria ya se ganó el odio de todos sus colegas para toda la vida (y peor si anda con la gimnasta que está buenísima, la condenada).
Tanto trabajo llegar a ser abanderado para que se cuele una wannabe y se robe las cámaras, como la bailarina voluntaria que se coló junto al abanderado de la delegación de la India. Hasta Muralidharan Raja, representante de los 81 atletas brahmánicos, mentó madres en sánscrito. Qué divertido insulto al ego, dios al que se honran estos juegos y en cuyo honor, que me sirvan la última copa (antes de echarme a correr, por el puro placer de hacer ejercicio).








