Edición:

En el tono de Tona: La báscula

El Ángel Exterminador •

El jueves 12 de julio consulté el calendario maya y resultó ser Día Serpiente: “Muy buen día para disfrutar de los placeres mundanos como comer bien”.

México • Desde hace aproximadamente dos meses me puse a dieta con todo y nutrióloga, persona que actualmente ocupa el lugar más importante de mi vida (después le siguen mi esposa, mis hijos, Peña Nieto).

Esto de la dieta surgió tras ver a un amigo (cuyo aspecto normalmente es el de un marrano asqueroso), a quien no había visto desde hace tiempo, atrapado en el cuerpo de un ser humano. Le pregunté cómo pudo bajar de peso y me recomendó con su nutriólogo. Me gustó la idea de bajar de peso. Averigüé otras opciones de precio hasta llegar con mi nutrióloga, bajo cuya supervisión he bajado un poco más de diez kilos.

Esto de ponerse a dieta parece una frivolidad tipo Justin Bieber, Cristiano Ronaldo o El Potrillo, pero requiere un serio compromiso con uno mismo, si ves el acto en su dimensión existencial: no se trata de un periodo de tiempo para bajar la panza una temporadita, y luego retornar a la falsa vida de Gansitos, garnachas y chelas, sino de aprender a nutrirte de por vida para que no luzcas como una pelota playera eternamente. Eso implica cambiar radicalmente de hábitos y sobre todo, aprender a moderarte (lo cual, me aterra decirlo, representa un significativo paso hacia la autogestión, y por lo tanto, hacia la madurez y el ejercicio responsable de la libertad).

Cuando bajo uno o dos kilos en una semana, me siento como un adulto que pasó a tercero de primaria nocturna, me embarga la satisfacción de haber logrado algo positivo, palpable, victorioso. Pero cuando la báscula indica que subí un kilo, mi nutrióloga me pregunta, detectivescamente, qué comí: le confieso mis faltas, me dice que el mezcal está permitido, que tal marca de agua de sabor sin colorantes tiene azúcar, que lo frito está permitido, que lo capeado no, etc.

El jueves 12 de julio consulté el calendario maya y resultó ser Día Serpiente: “Muy buen día para disfrutar de los placeres mundanos como comer bien”. Ese día invité a Verónica Maza Bustamante al Mesón del Cid, con la condición de que me cuidara, impidiéndome ingerir aquello que prohibía mi impertérrita dieta.

Tras probar la sopa, a Verito le entró una llamada al celular, una emergencia requirió su presencia y disculpándose se marchó (afortunadamente, nada grave). Sin mi nana Vero tenía frente a mí una puerta infinitamente ancha: “El mezcal sí está permitido”. Así me tomé mi primer alipús.

Así comenzó una juerga que terminaría hasta el lunes, cuando iniciara mi desintoxicación hacia el Día Fuera del Tiempo del calendario maya, el 25 de julio, Día del Perdón Universal (aparte, la semana previa se atravesaba un portal galáctico, los días 17 y 18 de julio). Aquel domingo 15 subí un kilo. La báscula es fría como la espada de la justicia y su veredicto es inapelable.

Mi purificación comenzó bien el lunes 16, pero tuvo problemas el miércoles 18, cuando Verónica Maza Bustamante correspondióme con otra invitación al Mesón del Cid, donde la cosa hubiera continuado bien si Verito no me hubiera preguntado si compartía una botella de vino con ella, empezáramos a entrarle al pan con ajo y devoráramos aquella gigantesca paella negra; la cosa hubiera mejorado si Verito no me hubiera preguntado si compartíamos un postre, y hubiera mejorado más si yo no hubiera ordenado un orujo con hierbas, pero hubiera mejorado todavía más mejor si no me hubieran servido “la de la casa”.

Regresé a la redacción de MILENIO Diario convertido en un energúmeno. Después del postre, lo demás ya nada importa: es como si después de haber cometido un fraude electoral te detuvieras ante la propina ajena dejada en una mesa. Al Patán le compré dos panquecitos de queso, al llegar a mi casa abrí un paquete de salchichas, me zampé medio paquete de pan (Silueta con Fibra) con miel y mermelada, digeridos con media botella de ron Havana (y Coca Zero).

Desde entonces, y hasta el domingo 22 (día de nutrióloga), no hubo un solo día que no trasgrediera una prohibición: “¿Qué tiene de malo un par de galletas después de comer, con un cafecito?”. Para mi sorpresa, el veredicto de la báscula resultó bastante misericordioso, solo subí un kilo.

En fin, mañana es el Día Fuera del Tiempo, buen momento para la purificación, la cual, hubiera iniciado de perlas, si América Pacheco no me hubiera pedido que compartiera con ella un descomunal muffin de chocolate, con helado de vainilla, nueces y cajeta…