El regreso de My Bloody Valentine
Veintidós años después, en los que MBV fuera citado como referencia por múltiples bandas y críticos especializados y se erigiera como una auténtica leyenda, regresa con ese tan esperado tercer trabajo.
México • En 1991, cuando salió a la venta el Loveless con su soberbia portada, un close up al rasgueo sobre las pastillas de una guitarra difuminadas en un rosa quemado, a los My Bloody Valentine les imputaron negligencia médica: decían que el ruido generado con los mástiles del cuarteto durante la gira de promoción del disco podían dejar con graves secuelas de sordera a más de uno, sobre todo por el encore, cuando estiraban el tema “You Made Me Realise” hasta los 17 y en ocasiones 30 minutos a punta de trastazos que generaban avalanchas de ruido de las que no había escapatoria. El acto de “You Made Me Realise” fue rebautizado por la prensa especializada como “el holocausto”.
En el libro The Creation Records Story: My Magpie Eyes Are Hungry For the Prize, su autor, David Cavanagh recoge el testimonio de Danny Kelly, por ese entonces editor al frente del New Musical Express, en el que aseguraba que era tal la intensidad del volumen y distorsión de MBV, que apenas deslizaron el primer acorde, un vaso lleno de cerveza hasta la mitad estalló estrepitosamente haciéndose añicos.
LA FURIA ESTÁ EN LOS ZAPATOS
No hay margen de error: My Bloody Valentine son los padres del shoeagaze, al menos como este género siempre debió ser.
Traducido al español, shogaze sería la acción de estarse contemplando los zapatos. El término fue acuñado entre mediados y finales de los ochenta, toda vez que veían a bandas como MBV no apartar la vista del suelo. La razón: el preciso control sobre los pedales que, conectados a las guitarras, dan como resultado feedbacks prolongados, retroalimentados de eco, líneas de ruido que nunca pierden un rumbo melódico.
La historia atribuye la invención del shoegaze a The Jesus and Mary Chain, y en parte es cierto, pero en ellos la distorsión era más bien un asunto de desmadre y canciones cortas. De tan borrachos que se ponían, sus conciertos no rebasaban la media hora.
MBV empezó en los drenajes de Dublín el mismo año que U2 ponía el nombre de Irlanda a la cabeza de listas de popularidad alrededor del mundo con su álbum War, 1983. Formados en sus inicios por Kevin Shields y ColmO’Closóig, después se unirían el dúo femenino de Bilinda Butcher y Debbie Googe. Deshacerse del irrebatible tufo de los Jesus les costó un par de años y eps.
Para quienes no los conozcan, una descripción rudimentaria, irrespetuosa, sería que MBV suenan a Cocteau Twins teniendo sexo oral con Husker Du y Sonic Youth.
Cuenta la leyenda (descrita por Mike McGonigal en el libro de la colección 33 1/3) que Loveless por poco lleva a la quiebra a Creation, el sello discográfico detrás del contrato que estipulaba que solo era necesario cinco días en un estudio de grabación. Kevin Shields, genio al frente de MBV, seguramente un histérico insoportable, se tomó tres años de grabación en 19 estudios con decenas de ingenieros de sonido. Haber arriesgado el presupuesto que llegó a los números rojos (se rumoró que Loveless tuvo un costo final de 250 mil libras, algo así como cinco millones de pesos) dio uno de los mejores resultados del rock alternativo. MBV parecía descubrir rutas nunca antes exploradas en las guitarras: cascadas de riffs con etéreas y eróticas letras apenas musitadas detrás de ellas. Ruidos que daban ganas de tirarse y fantasear con sueños eróticos. Para quienes descubrimos a MBV a principios de los noventa, su ruido fue parte de ese soundtrack adolescente en el que las hormonas dinamitaban despertares sexuales.
Loveless no fue precisamente un éxito comercial. El caos guitarrero enmarañado con la personalidad delicada y afeminada de las voces no parecían estar a la altura de la fanfarronería del grunge que acaparaba la atención de MTV. Sin embargo, con el tiempo se fue macerando hasta convertirse en una magistral obra de culto, seminal de cientos de bandas que hoy redescubren el sudoroso hilo negro del shoegaze.
Desde 1991 seguidores del cuarteto, entre los que se encuentran Robert Smith (asegura que Loveless es parte sus tres discos favoritos), y disqueras dispuestas a pagar aún más de 250 mil libras, esperaban un nuevo álbum de MBV que nunca llegó. Hasta ahora.
Titulado simplemente mbv (así, con minúsculas), es el regreso de los escandalosos de Dublín: la primera mitad del nuevo disco es una continuidad de su ya distintivo sonido; rumbo al final, sorprende tanto a fans como a nuevos escuchas (que quizás hayan encontrado cierto confort en su corrosiva calma), con lo que pareciera ahora sí un sangrante y ensoñador holocausto: tres tracks anárquicos y nihilistas, ralentizados sin abandonar esos coros amanerados.
Los seguidores al parecer se han dividido en dos bandos: quienes alaban el regreso del cuarteto sin cuestionar un solo acorde y los que aseguran que no traen nada nuevo, que no se hubieran arriesgado a volver y debieron mantener su etérea fiereza adolescente intacta e inigualable. Como una gloria del pasado.
Quizá sea cierto que tras 22 años no hay señales de evolución (¿qué esperaban los puristas? ¿El Ok Computer del shoegaze?); el sonido de MBV es tan extremo e innovador que ya trascendió el tiempo, la fuente de la juventud está en el ruido. Se requería de ese valemadrismo juvenil para soportar sus cascadas de distorsión.








