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Robos en descampado en el DF

Cd. de México •

Los asaltos en la calle ocurren a cualquier hora. Hay víctimas que ceden a las exigencias de los delincuentes, pero otros se resisten y arriesgan la vida. Los atracos a transeúntes en 2010 ascendieron a 17 mil 471 y mil 365 a cuentahabientes.

México • El robo a transeúnte es el segundo tipo de delito, después del robo de autos, en la Ciudad de México. Tal vez esta cifra no la conozca Alejandro, quien fue atracado el 14 de abril, mes en que se convertiría en una de las mil 339 víctimas, un poco menos de las acumuladas en marzo, en cuyo lapso sumaron mil 494 personas atacadas a ras de calle, según estadísticas de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.

Fernando fue asaltado por El Luis, de 27 años, casado y desempleado, con domicilio en Valle de Chalco, Estado de México, pero nacido en el DF. De ese municipio vecino se desplazó a la Ciudad de México, acompañado de El Ulil, de 28, soltero, oriundo del Distrito Federal.

La víctima sabría todos esos datos después del 14 de abril, cuando, a eso del mediodía, salió de su casa a cobrar un cheque con valor de 22 mil pesos en una sucursal bancaria de Los Olivos, delegación Tláhuac.

De ahí, a bordo de un vehículo, Fernando enderezó hacia su negocio, en la colonia Santa Catalina, frenó y descendió, pero ya en la banqueta se percató que atrás del suyo frenó otro vehículo, un taxi Tsuru, del cual bajaron dos individuos.

Se trataba de El Luis y El Ulil. El primero le gritó que se detuviera. Fernando intentó acelerar el paso. Era demasiado arriesgarse. Y no se arrepintió de haberlo hecho, pues algo llamaría su atención de uno de los asaltantes.

Fernando estaba muy cerca de su negocio y sintió miedo en el momento que El Luis sacó una pistola escuadra y se la colocó en su costado derecho. Pero sintió más temor al ver que al asaltante le temblaba la mano derecha, con la que empuñaba el arma. El hombre tiritaba. Le temblaba la barbilla.

—¡No la hagas de pedo y dame el dinero…

El Luis tiritaba.

El Ulil, que traía un revólver, esperaba del lado izquierdo a que su cómplice hiciera todo el trabajo de presión hacia la víctima.

—…O te carga la chingada!

Fernando escuchó con cuidado la amenaza directa, sin dejar de observar al trémulo asaltante, y alzó las manos, en señal de rendición, y de inmediato hizo la señal de que traía el dinero en una de las bolsas traseras del pantalón, la del lado derecho, y El Luis sacó el fajo de billetes y de inmediato ambos emprendieron la huída, a bordo del taxi; pero El Ulil, cual bala, regresó hacia la víctima y le exigió el teléfono celular y una agenda, y volvió a correr y abordó el vehículo.

Fernando hizo la denuncia ese mismo día y se inició la averiguación por el delito de “robo a transeúnte”.

El 6 de junio agentes de Investigación apresaron a El Luis y El Ulil, como presuntos culpables de un homicidio, y con las fotos de ambos se dirigieron al domicilio de Fernando, quien, “sin temor a equivocarse, señaló a dichos sujetos como los mismos que lo desapoderaron del dinero que había retirado del banco el 14 de abril…”

Pero hay quienes se exponen.

Y demasiado.

Y corren con suerte.

Como sucedió ese mismo mes, pero el día 30, a las 12:20, cuando Alejandra salió de su casa hacia una sucursal bancaria, a bordo de una camioneta. La acompañaban su hermana y el esposo de ésta —o sea, su cuñado—, así como dos sobrinas, hijas
del matrimonio.

La mujer estacionó el vehículo en calles de la delegación Gustavo A. Madero y bajó junto con su hermana y una sobrina; entraron al banco e hizo los trámites para retirar 55 mil pesos, realizó unos pagos y guardó el dinero en su bolsa de mano, salió, seguida de sus parientes, y abordó el vehículo.

Ya iban en camino.

—Creo que nos vienen siguiendo —dijo la sobrina—, y vienen en un carro gris, y creo que son los mismos que estaban en el banco.

Y sí eran ellos.

Tres en total.

Alejandra se detuvo frente a su domicilio; los sospechosos lo hicieron muy cerca de ahí. Ella y su hermana bajaron de la camioneta y caminaron rápido hacia la puerta de su casa, pero fue interceptada por la trinca, mientras su hermana lograba entrar a la casa, con la intención de pedir auxilio.

Y la cercaron.

Y Mario, uno de los asaltantes, de 19 años, le ordenó que le diera la bolsa, al mismo tiempo que le apuntaba con una pistola.

Ella se negaba.

—¡Dame la bolsa, hija de tu pinche madre, dame la bolsa! –insistió el delincuente, mientras jalaba el bolso.

Un segundo cómplice sacudía a la mujer del brazo izquierdo, hasta que alcanzó su objetivo; enseguida el cuñado descendió de la camioneta; pero el tercer delincuente, al darse cuenta de que la situación se complicaba, corrió hacia el vehículo gris, lo abordó, aceleró y abandonó a sus camaradas, contra los que ya forcejeaba el cuñado de Alejandra, quien trataba de arrancarles la bolsa.

El asaltante más joven, con el botín en la mano izquierda, hizo un disparo hacia abajo y ambos corrieron hacia la avenida principal y tomaron diferentes caminos.

El cuñado siguió al que traía la bolsa y le dio alcance en el momento que el delincuente, desesperado, intentó brincar sobre un auto estacionado, y entonces pudo arrebatársela, sin importar que aquél hiciera un segundo disparo al piso, quizá para que el rival soltara el bolso, pero éste no se amilanó, sino al contrario: lanzó una patada al trasero del asaltante y provocó que de la bolsa del pantalón saltara una cartera color negro, misma que fue recogida y más tarde entregada a la policía.

Y ahí estaban la credencial de elector y una licencia de manejar de Mario, estudiante de una escuela tecnológica, quien el 19 de mayo fue identificado por Alejandra y sus parientes. Y, además, lo hizo “responsable de lo que le pueda pasar” a ella y su familia, “ya que no tiene enemigos…”.