Después de 60 años, adiós a Los Guajolotes
Fue comedero de políticos, periodistas y artistas. Diego Rivera usó mesas y manteles para diseñar el mural del Teatro Insurgentes. El mismo día que tomó posesión como presidente, Adolfo Ruiz Cortines cenó tortas con un colaborador.
El inmueble, ubicado en avenida Insurgentes Sur y San Antonio, colonia Nápoles.
México • Corría el segundo año de los 50. En avenida Insurgentes Sur y San Antonio, colonia Nápoles, nacía una lonchería, donde vendían tortas de guajolote y de pollo al horno. Desde la terraza los comensales veían a los jinetes que cada domingo cabalgaban desde San Ángel y luego regresaban al barrio de abolengo.
Más tarde la fonda se convertiría en Los Guajolotes, lugar en el que se reunía la clase política, actores y vecinos, así como aficionados a los toros que asistían a las corridas en la Plaza México. Tenían que hacer reservaciones. También era centro de reunión de los muralistas Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros.
Sesenta años después, sin embargo, Los Guajolotes tiene un futuro incierto, pues la edificación se convirtió en una especie de bazar de los recuerdos: afuera instalaron letreros que anuncian la venta de muebles y utensilios. El horno original, mientras tanto, permanece entero en este espacio sombrío, que más bien semeja un escenario para filmar películas de fantasmas.
—Y arriba está peor —dice un empleado.
De este lugar, ahora desolado, los recuerdos salen frescos, como el de aquella medianoche del 1 de diciembre de 1952, cuando el encargado, un joven de apellido López, vio que se detuvo un vehículo, a bordo del cual venía el recién electo presidente de México, Adolfo Ruiz Cortines, y José Rodríguez Clavería, su amigo y colaborador, quienes pidieron dos tortas y dos cocas.
Rodríguez Clavería, de amplias carnes y veracruzano como el mandatario, bajó del auto y saludó a López, quien los atendió de inmediato. Sin embargo, en el momento que aquél giró el cuerpo con la charola, apareció el Presidente atrás de él, por lo que fue inevitable el choque y entonces el refresco se derramó en la camisa de Ruiz Cortines.
El afectado era el mismo hombre que había sido ungido como el mandamás de México en el Palacio de Bellas Artes —“seré inflexible con los servidores públicos que se aparten de la honradez y la decencia”, había dicho—, y ahora estaba allí, con el antojo de una torta y el bochornoso incidente.
Pronto un comedido mesero le llevó un mantel, mismo que Ruiz Cortines usó para limpiar la mancha, no sin antes jambarse la torta y seguir el camino.
Rodríguez Clavería regresó una semana después a la lonchería —lavado y planchado devolvió el mantel— donde, cuatro años más tarde, Ernesto P. Uruchurtu, el Regente de Hierro, acompañado de 12 colaboradores, supervisaba las obras sobre Insurgentes, cuyo camellón se haría más angosto.
Eran las dos de la tarde.
El regente cruzó la avenida y aguardó en la terraza con algunos de sus acompañantes. En la fonda, que no tenían licencia para vender licor, disfrazaban el tequila en tacitas de café exprés, que llamaban “consomé especial”.
Uno de los asistente del regente preguntó sobre el menú. “Hay tortas, tacos y consomé de pavo”, respondió un mesero de nombre Maclovio.
—¿Ya sabe usted quién es la persona que está aquí? —preguntó el asistente a Maclovio.
—No —respondió el mesero.
Pidieron tortas, refrescos y consomés. “Y un consomé muy especial”, recalcó el asistente, quien pidió que lo llevaran al regente.
“¡Este sí que es un consomé muy especial!”, exclamó Uruchurtu, después de dar el primer sorbo. “Checa esto, porque yo no me acuerdo haber firmado una licencia de licores para este lugar”, ordenó el Regente de Hierro a Montaño, jefe de Licencias del DF, quien 24 horas después clausuró la lonchería.
Los socios de la fonda visitaron a Rodríguez Clavería, que vivía en Mixcoac, no muy lejos de ahí, y lo esperaron afuera de su casa. Le explicaron el problema.
El funcionario habló con Uruchurtu, quien los recibió en su despacho. “Ah, ustedes son los del consomé especial”, comentó irónico el Regente de Hierro, antes de amonestarlos y firmar la licencia.
Y las anécdotas revolotean en este que fue un tradicional y exitoso negocio, donde algunos trabajadores —que sumaron decenas— recuerdan la presencia del pintor Diego Rivera, a quien observaban apachurrar y tirar bocetos que no le satisfacían. Eran los bosquejos del mural que diseñaba para el Teatro Insurgentes.
Pocos restaurantes había en la zona. El muralista escogió Los Guajolotes para trazar el mural. Permanecía de diez de la noche a tres de la madrugada, y a veces amanecía en la terraza, tras una mesa, donde dictaba órdenes a sus ayudantes. Era normal que lo visitara David Alfaro Siqueiros.
Para atenderlo fue comisionado el mesero Maclovio. La cena favorita de Diego eran tortas de pechuga. Nunca faltaba el servicio de café. El pintor hacía rectificaciones, medidas y decidía los colores y materiales que iba a utilizar en el mural.
“Aquí diseñó las rodillas de Cortés, por ejemplo; pero cuando no le gustaban, hacía bolitas el papel y lo tiraba a la basura”, recuerda un empleado. “Y cuando se le acababa el papel, hacía las rectificaciones en manteles y se los daba a los empleados”.
Y eran tantos los lienzos que utilizaba, que los socios del restaurante se vieron en la necesidad de comprar cientos de hojas para que Diego ya no usara los manteles, relata con una carcajada el señor López, quien recuerda que aquí mismo el pintor decidió que el mural llevara mosaico veneciano.
La cantidad de anécdotas que se vivieron en Los Guajolotes —empacaban 46 productos al vacío y había 200 platillos a la carta— son inagotables.
Y aquí están las cartas con platillos que incluían, entre otros, “mole de la casa”, mismo que en raciones especiales encargaban los dueños de la constructora ICA, quienes, si andaban en el extranjero, enviaban un avión especial por el producto.
Entre las miles de anécdotas sobresale una que no puede quedar en el baúl de los recuerdos, dice el señor López, muy sonriente, y es la sucedida un día de 1956, cuando llegó a comer el famoso caricaturista Abel Quezada, quien dibujó un guajolote con moño, platillo en mano y viendo de reojo.
Quezada terminó de consumir sus alimentos y con el dibujo en la mano llamó al mesero y le dijo: “Se lo doy a los dueños y me salen debiendo. La cuenta es cortesía”.
Ese fue el logotipo.
Y los dueños enviaron a imprimir las cartas con el dibujo de Abel Quezada en la portada, pero el impresor se quedó con el original del guajolote pícaro.
—¿Y ahora cuál es el destino?
—Cierra un ciclo de 60 años.








