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Lecumberri y el Archivo General de la Nación

El Ángel Exterminador •

Sobra decir la importancia de los documentos ahí guardados. Quizá los más destacados, entre mapas, fotografías, códices, revistas literarias, humorísticas de hace siglos, y muchos más, sean los registros de la Inquisición y los reconocimientos donde se contienen las dotaciones de tierra.

México • “¡Pepe el toro es inocente!”, grita el tuerto por la rendija en el palacio negro de Lecumberri, cual Noroñas con playera estampada con el rostro del beodo rabioso de su preferencia. En Eduardo Molina 113, en el Centro, está Lecumberri, hoy el Archivo General de la Nación (AGN), antes cárcel. Y el 27 de agosto pasado cumplió 30 años de fungir como resguardo de la memoria de México. La inauguró el presidente José López Portillo, quien, dicen, donó unas películas de ficheras. Dicen que en el AGN están algunas actas de nacimientos: en la zona de “cuñado y Tlatoani”, hay un códice con los datos de La Güera Alcaine. Dicen que hay un papiro fenicio con el nacimiento de Fidel Velázquez. Se chismea que también está el acta de defunción de la democracia electoral. Hasta se murmura que hay un archivo intitulado “Prebotox”, con los rostros de hombres y mujeres públicos, ahora ocultos por las cirugías y la adicción a inyectarse la cara con restos orgánicos. Los fabricantes de máscaras para Halloween suelen ir a tomar modelos.

El texto más viejo es un documento europeo del S. XIII llegado a México en la época Colonial. Es un fragmento de uno de los códices que copiaron el comentario al Apocalipsis escrito por Beato de Liébana en el año 776.

El AGN encierra más historia de la que contienen los 52 kilómetros lineales de papeles (unas 280 veces la Torre Latinoamericana. Se calcula que en 12 años el archivo alcanzará 150 kilómetros) ahí custodiados cual boletas electorales. Aunque cualquier persona puede acceder a los archivos (previa identificación y otros requisitos mínimos) pocos son los no historiadores que se presentan en este edificio que, al nacer el siglo XX, era una prisión con la arquitectura carcelaria más adelantada del mundo entero mediante el uso del panóptico (una construcción donde, desde el punto central de un círculo, se puede vigilar cualquier lugar de la prisión): hoy bastan unas camaritas y tenemos en pantalla al Niño Verde aceptando unas mochadas de fábula, o un cassete ochentero para recordar al famoso “comes y te vas” de Fox contra Fidel, en franco mano a mano donde perdió de calle el botudo.

Además, hay visitas guiadas, donde una eficaz actriz se disfraza de gendarme y, mediante el albur soterrado y las bromas a los asistentes, guía a los visitantes por las salas de consulta y muestra cómo se guardan los papeles en esos pequeños cuartos que durante décadas fueron sitio de contención para delincuentes comunes, presos políticos y varios locos criminales. Hombres y mujeres. Hasta que el actual sistema de reclusorios ofreció la opción de cambiar a los miles de presos que estaban hechos chilaquil en una cárcel sobrada de internos (había el cuádruple de los que debían estar). Sobra decir la importancia de los documentos ahí guardados. Quizá los más destacados, entre mapas, fotografías, códices, revistas literarias, humorísticas de hace siglos, y muchos más, sean los registros de la Inquisición y los reconocimientos donde se contienen las dotaciones de tierra. Si cualquier hijo de vecino fuera al Vaticano a sacar datos sobre las muchas travesuras de la iglesia católica, saldría sólo con dos yemas y un jugo (las dos yemas con que le truenan los dedos para llamar a los gorilas que lo corren a patadas, y el jugo gástrico que le brota por el tremendo berrinche de haber sido maltratado). En cambio en México, uno puede ir a enterarse de santo y seña sobre las chuladas de la Iglesia católica. El que los archivos religiosos sean públicos es algo que no se da en todo el mundo, pero ahí están los datos para retomar esos tiempos donde caer en manos de los clérigos (Maciel, no eres tan importante; hay curas que sí pudieron ejercer hasta el final) era peor que dar en Tlaxcoaque en tiempos de mi General Durazo. Los muchos procesos de la Inquisición están ahí, para mostrar cómo se las gastaban esos párrocos que nos dieron patria.

Ahora que viene el sexenio de los abogadazos, empezando por el muy eficaz ex gober, quien vio, llegó y venció “haiga sido como haiga sido”, es importante establecer que en el AGN están los registros de repartición de tierras y aguas, remates de hacienda, tierra de ejidos, pesquerías, salinas, licencias para vender o arriar tierras comunales, para construir iglesias, para cultivar; demarcación de pueblos, libros de registros virreinales y algunos cientos más (son 3 mil 850 volúmenes). Y conste que tales títulos sirven no sólo para comprender el desarrollo urbano y rural del país, sino porque tienen efectos legales. El Archivo General es como un Registro de la Propiedad histórico. En 2009, seleccionaron de este fondo 300 piezas para la UNESCO (“Memoria del Mundo”), de donde tomaron 9 para esta declaratoria; México es el quinto país de 80 con el mayor número de piezas declaradas. Entre todo el acervo se pueden hallar las escrituras del SNTE a nombre de la única y verdadera Ticher, junto con el acta de nacimiento de Chabelo, hecha en plancha de alquitrán fosilizado y labrada a punta de obsidiana tolteca. En el archivo del siglo XIX están los datos de varios fósiles de la UNAM y de la UAM.

El inmueble es sitio histórico por los presos que ahí estuvieron, destacan Francisco Villa, Heberto Castillo, José Revueltas, Juan Gabriel (no pregunte porqué), Siqueiros, el ferrocarrilero Demetrio Vallejo, El Pelón Sobera pervive en el albur, parte de la Banda del Carro Gris y el prototipo del abogado loco, el asesino Goyo Cárdenas (primero se hacía el loco, luego se hizo abogado, y luego traía locos a todos por tratar de adivinar si traía el abogado dentro y sólo lo dejaba salir para cometer sus salvajes homicidios). Los cadáveres de Madero y Pino Suárez, luego de caer como chinos con el villano favorito de la historia reciente, el dizque General Huerta, estuvieron ahí. La placa conmemorativa no podría faltar.

Los temas a tratar en el AGN son inacabables: correspondencia, registros mercantiles, mapas, crónicas, lenguas indígenas, códices, actas, constituciones, leyes, batallas históricas, textos culinarios, crónicas de la vida industrial, familiar y social, datos bancarios y muchísimos más. Realmente el AGN es como un cuerno de la abundancia para conocer los interminables aspectos del México actual y sus raíces en la historia. Si uno le busca, seguro encuentra recetas para controlar a las suegras, preparados para aplacar polacos nerviosos, catálogos de botica para quitar las imputaciones de alcoholismo y ni se diga las invocaciones que motivaron a curas maldosos a pasar por la piedra a las maledicentes brujas. En el AGN hay espacios para la niñez, los ancianos y hasta legisladores que quieren aprender a leer (a lo mejor saben, pero nunca lo hacen con lo que firman).

Lecumberri es un punto obligado para el turista foráneo y para el capitalino que desea saber algo sobre sí y sobre su país.

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Presos políticos: Elí Gortari de Gortari, Heberto Castillo, José Revueltas, Adolfo Gilly, Ramón Guevara Niebla, Demetrio Vallejo, Francisco Villa, David Alfaro Siqueiros y hasta Juan Gabriel.