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El niño que retrataba gánsteres y muertos

Enrique Metinides comenzó a fotografiar carteles de películas de Juan Orol con la cámara que le obsequió su padre. Siguió acumulando instantáneas de un sinfín de cadáveres, pero sin que se vea el morbo en las imágenes.

México • En su casa de San Pedro de los Pinos, Enrique Metinides, hijo de padres griegos, quienes en los años 20 vinieron a México de luna de miel y se quedaron para nunca más volver a su país, pues se les cruzó una guerra, recuerda el día que su progenitor, dueño de una tienda de fotografía, le regaló una cámara, la cual no solo se convirtió en algo así como una extensión de su cuerpo, sino que lo hizo trascender debido a la mirada artística con que retrató la muerte.

El niño Metinides, hijo de Teodoro y María Tsironides, nació en Ciudad de México, en 1934; a los 9, su padre le hizo aquel regalo. Desde entonces cada foto suya llamó la atención, pues siempre buscaba el ángulo fino para retratar el entorno de muertes violentas y delincuentes detenidos en la delegación policiaca, a la que llegaba antes que sus demás compañeros, pues aprovechaba su relación con las autoridades.

La familia Metinides Tsironides vivía en la avenida Hidalgo, colonia Guerrero, y estableció el negocio de fotografía sobre avenida Juárez, cerca de la Alameda Central, donde también eran dueños de un establecimiento para asear calzado. Más tarde compraron un restaurante sobre la avenida San Cosme.

Y Metinides se dedicó a visitar pórticos de salas cinematográficas, entre éstas las de avenida San Juan de Letrán, hoy Lázaro Cárdenas, con la intención de retratar carteles que anunciaban películas de gánsteres, algunas dirigidas por Juan Orol, a quien un día conoció en un set de San Angel Inn y le preguntó:

—Oiga, ¿y por qué no se rompen los vidrios cuando disparan en las escenas que pasan en sus películas?

—¿Y para qué —respondió con naturalidad el director de Gánsters contra Charros—, si la gente viene a ver cómo se mueren, no cómo se rompen los vidrios.

Pero ese es otro pasaje en la vida de este hombre, quien es reconocido en otros países como uno de los fotógrafos que mejor ha retratado el ambiente policiaco y sus personajes, sobre todo por los peculiares enfoques de su cámara, que empezó a usarla mientras veía carros chocados en patios de las delegaciones de policía.

Un día, recuerda Metinides, chocó un auto frente al restaurante de sus padres y él corrió a fotografiarlo. En eso estaba cuando llegó Antonio Velázquez, El Indio, fotógrafo de La Prensa, diario que en los años 40 estaba en la calle de Humbolt, y lo invitó a trabajar, pero sin salario. A partir de ahí conoció Lecumberri, “de pies a cabeza”, donde retrató a El Sapo, autor de 165 asesinatos en el Distrito Federal, más cinco en el interior de la cárcel.

En Lecumberri ya no soportaban al multihomicida, pues asesinaba un preso cada vez que pretendían enviarlo a las Islas Marías, relata Metinides, quien de ese penal seguía su periplo hacia el Servicio Secreto, ubicado entre las calles de Rivillagigedo e Independencia, en cuyas instalaciones también estaban los bomberos.

Un día lo invitaron a colaborar en el periódico Zócalo, pero le dijeron que sin recibir pago alguno. Lo curioso es que el diario comenzó a tapizar las páginas con fotos suyas y no tuvieron más que ofrecerle un asalario de 35 pesos por semana.

Y aquí, en su departamento, lleno de recuerdos, como ese cuarto colmado de carritos que representan patrullas y ambulancias, rememora la vez que el periodista Manuel Buendía lo invitó a trabajar a La Prensa y le ofreció un buen salario.

Luego, el fotógrafo, de estatura baja y memoria infinita, conduce a los anaqueles y muestra álbumes que hojea y cuenta con pasión y detalles la historia de cada imagen, como esa de un policía que sostiene la cabeza de un hombre al que machucó el tren; o la mujer que llora junto al cadáver de su novio en Chapultepec. Momentos antes unos delincuentes habían intentado atracarlos y él se opuso.

Y esa serie de suicidios.

Como la novia que se mata —apenas se le ve el rostro en la foto —en una iglesia de la colonia Condesa, pues su prometido nunca llegó a la cita. Y esa señora que poco antes de suicidarse le preguntó al velador de Chapultepec cuál era el árbol más antiguo. El vigilante le señaló hacia el fondo y hacia allá se dirigió la mujer, quien se colgó de las ramas con una cuerda.

O la imagen del muchacho que deja un largo manuscrito en el que asienta las causas de su decisión, para luego suicidarse sobre la tumba de su padre. Metinides también retrató el rictus de la rubia prensada contra un poste sobre Paseo de la Reforma. Esta foto se exhibe en museos de Nueva York y Berlín.

Y muestra orgulloso esos libros con imágenes impactantes, traducidos en diversos idiomas. Uno de éstos, el más reciente, se presentará este mes de noviembre en Nueva York. El catálogo de lujo fue impreso en China. Tiene una camisa doble en papel cuché de basto gramaje.

—¿Por qué esa inclinación por tomar fotos de muertos?

—No se publicaban —explica este hombre, quien tuvo todas las facilidades de parte de parte de las autoridades para incursionar en el lugar de los hechos.

Y era tan minucioso su labor, que la propia policía utilizaba sus gráficas para investigar los crímenes, pero a él solo le permitían publicar detalles o imágenes que no parecieran sangrientas.

—¿Qué les recomienda a los fotógrafos de hoy?

—Que no se vea el morbo en las fotos, que no se vea la sangre; pero si así se los piden…