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Ex atleta olímpico quiere vender su medalla

El Ángel Exterminador •

Nuestro país tiene mucho que agradecerle al boxeo. Es una de las disciplinas que más alegrías ha dado en Olimpiadas, al sumar 12 preseas en la historia. Una de esas distinciones la mereció un chico de
Tlatelolco que se forjó a golpes.

México • Alfonso Zamora aprendió desde niño que los puños son la mejor herramienta para hacerse respetar en el barrio. Tenía apenas 16 años de edad cuando el ex presidente Luis Echeverría le regaló un Mustang 68 por haber ganado la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Munich 72. Por aquel entonces la fama lo sorprendió de un modo inesperado, casi sin previo aviso. Exactamente a cuatro décadas de aquella hazaña, cuenta cómo esa presea le cambió la vida, a él, uno más de los diez hijos de un taxista.

¿Debió ser un sueño manejar un Mustang en esa época?

Me lo dio el presidente de la República. ¡Precioso el carro! Color gris plata. Pero a los tres meses lo choqué bien gacho en la avenida Ejército Nacional. Había salido de entrenar del Comité Olímpico Mexicano (COM), iba para mi casa, al edificio Quintana Roo, en la Unidad Tlatelolco, cuando me impacté con el auto de una señora que estaba embarazada. Ella tuvo que dar a luz prematuramente.

¿Cómo es la vida después de ganar una medalla olímpica?

Ya con la fama la vida comenzó a darme otro trato. Tener un peso en la bolsa o caminar con zapatos nuevos me abrió las puertas de otro mundo. Las personas que antes me ignoraban, se dirigían al medallista con más respeto. Siendo un muchachito que ni sombra hacía, un don nadie, llegué a ser el más visto por todos. Era la envidia y admiración del barrio. Hasta las niñas me pedían que les platicara cómo era Alemania. ¡Vamos! Me llovían las novias.

¿Visitaste al presidente en Los Pinos?

Yo no fui. Él me llamó. Envió una limusina a mi casa. Quería que le enseñara en su oficina mi medalla. Fuimos a visitarlo mi mamá y yo. Puse la presea en sus manos y le dije: “Esto es de México. Consérvelo, señor presidente…”. Me respondió: “No, Alfonso. Es tuya. Tú la ganaste”.

¿Te tocó una casa?

No me la dieron. Esa fue mi frustración más grande. Yo pensaba que le iban a dar su casita a mi mamá. Recuerdo que al salir de Los Pinos, volví en la limusina llorando. Le prometí a mi madre que yo me encargaría de comprarle su casa. No entendía por qué a todos los medallistas del 68 el presidente Gustavo Díaz Ordaz sí les regaló su casa. Yo quería ganar la presea solo para eso.

¿No le pediste nada a Luis Echeverría?

Lo único que le pedí fueron unas placas para taxi. Sí me las pudo autorizar el presidente. De inmediato le dijo a su secretario: “Hazte cargo”. Mi papá tenía muchos años de conducir un taxi que le daban a trabajar. Con el juego de placas, sacó un cochecito de agencia que pagó poco a poco.

¿Por qué decides volverte boxeador profesional?

Siendo peleador amateur, no me alcanzaba para comprarle su casa a mi mamá. Ya con mi primer sueldo como profesional, hasta me compré diez centenarios. Los guardé varios años como si fueran mi tesoro. Seguí peleando. ¡Nocaut…! ¡Nocaut…! ¡Nocaut…! Me convertí en el primer campeón mundial con puro nocaut en todas las peleas.

¿Ser noqueador ya lo traías en la sangre?

En Tlatelolco había que rifarse con los chavos que llegaban de San Simón, de la Peralvillo, incluso de Tepito. Era a mano limpia, no como hoy, que a la menor provocación sacan la pistola. Cualquiera quería pelear conmigo porque me veían chaparrito. Me imagino que decían: “Ese bizcocho, yo me lo como”. Tuve que darme a respetar.

Con la medalla se acercaban políticos, actrices, empresarios…

¡Correcto! Me invitaban a programas de televisión. Justo a mí, que no estudié más que la primaria. No tenía la preparación para hablar frente al micrófono o para dar entrevistas distinguidas. Cómo podía trataba de responder a las preguntas. A esa edad, ni cuenta me daba de lo que estaba pasando. No sabía ni qué me estaba dando la vida.

¿Cuidas celosamente tu medalla?

La medalla no es para mí indispensable. El medallista soy yo. A quien invitan a las entrevistas es a mí. Entonces, si un día me dicen: “Te doy medio millón de pesos por tu medalla…”. Voy a decir: “¡Préstalos!” La medalla solo es un artefacto de metal. Está muy dura para comerse.

¿La vendes?

Lo he pensado. Me he metido a internet a ver las subastas de ese tipo de cosas. Ya me enteré de algunos precios. En Québec, Canadá, hay coleccionistas que compran objetos olímpicos. Si alguien me dice: “Te doy una lana por ella…”, pues ahí está, por qué chingaos no.

¿Medio millón de pesos son muy buenos?

Sí. ¿La compras…?

No me alcanza…

No manches…

¿Y qué comprarías con ese dinero?

¿Qué necesito? ¡Nada! Se lo daría a mis hijos.

¿Cuántos hijos tienes?

Más bien, yo te hago la pregunta: ¿en qué colonia…? Porque yo he sido bien mujeriego. Tengo cuatro hijos con tres mujeres.

¿Qué tan mujeriego?

De a madres.

¿Invertiste mucho dinero en mujeres?

No todo. Pero sí me tumbaron muy buena feria las chavas. Conocí vedettes, artistas, hijas de familia. De todos colores y sabores.

¿Deseaban conocer al medallista olímpico?

Además les convenía. Yo les daba sus regalotes, sin quedarme pobre. Desde pulseras, anillos, zapatos, abrigos hasta vestidos de buenas marcas. Conocí a Gloriella, Grace Renat, Norma Lee, y a algunas otras que no recuerdo sus nombres. Iba al Follies Berger, al Clóset, entre otros centros de espectáculo de los setenta.

¿Te divertiste?

Estoy corridito y no me arrepiento. El dinero estuvo bien invertido.

¿Qué bebías?

Me gustaba mucho el coñac. Era mi preferido. Sobre todo el Medallón, de Martell.

Eras fino…

Cuando empecé a tener dinero en los bolsillos, dejé de tomar Don Pedro.

Tu mejor nocaut debajo del ring

Haber tenido a mis hijos.

¿Contento…?

Yo he tenido mucha suerte. Buenos trabajos, me hice de mis propiedades. No he sufrido. Pero vaya que he visto la fatalidad en otros amigos, desde campeones mundiales hasta medallistas.

¿Nunca dudaste en ganar una presea en Munich 72?

Llevaba mi corazón bien puesto y la mentalidad absoluta de que iba a ganar una medalla. Antes de partir a Alemania se la prometí al presidente.

¿Recuerdas tu pelea con Carlos Zárate?

Es uno de mis peores fracasos. Cuando subí a pelear con Carlos Zarate no llevaba nada. No tenía entrenando ni una semana. Eso no quita que él era un excelente peleador, el mejor del mundo en su momento. No sabes cómo me arrepiento de no haberme preparado debidamente para esa pelea.

¿Pues dónde andabas?

Coñaqueando y vedeteando.

Muy buen entrenamiento…

Así es...