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La mujer más longeva de México cumple hoy 125 años

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Leandra Becerra Lumbreras nació en 1887 y desde hace más de 40 años vive en Zapopan.

Guadalajara • Cuando Leandra Becerra Lumbreras vio la primera luz, el 31 de agosto de 1887, Porfirio Díaz tenía 50 años de edad y siete como presidente de México. No había luz eléctrica en su natal Salitrillo, Tamaulipas, y era parte de una familia rural, como la mayoría de la población mexicana de entonces. Hoy, Leandra cumple 125 años y arriba a su festejo ostentando el título de la mujer más longeva de México que se tenga registrada, y muy cerca de la mujer más longeva del mundo, una cubana quien le lleva dos años.

Doña Leandra vive en Zapopan, Jalisco, desde hace más de cuatro décadas. Aunque naturalmente se va consumiendo con la edad, está en mucha mejor condición que personas de setenta y tantos. Sus ojos, nublados por las cataratas, aún ven. Puede escuchar si se alza la voz y sus manos tienen suficiente fuerza para detener la taza y beber, solita, sorbos de Coca Cola, hoy su bebida favorita (a falta de ésta le han servido un refresco color naranja que igual bebe contenta). “Por las mañanas pide cafecito […] le gusta lo dulce”, precisa su bisnieta Miriam Alvear Hernández.

Se le nota más cansada que hace un año, cuando fue homenajeada por el Ayuntamiento de Zapopan por sus 124 años, como la adulta mayor de todo el municipio. Ahora pasa hasta tres días durmiendo, para de pronto despertar y narrar con voz ya ronca, vivencias de su juventud, y no parar otros tres días. “Esos hombres nos maltrataban…” balbucea. Su nieto, Samuel Alvear, interviene: “Ella está [atorada en lo que pasó] hace 80 años, habla de Doroteo Arango [Pancho Villa], de sus tropas […] eso nos contaba desde niños”. Leandra tenía 13 años cuando estalló la Revolución Mexicana. Fue “adelita” y torteaba gorditas y tortillas para los villistas, según la versión que transmitió a sus hijos y nietos.

Samuel ha escrito una sencilla poesía resumiendo los recuerdos que tiene sobre su abuela, a la que vio por primera vez a los cinco años de edad en Salitrillo. “Una mujer fuerte, siempre activa”, la describe. “Ella tuvo dos grandes amores y sacó adelante sola a los seis hijos que procreó, fue padre y madre”. Recolectaba ixtle, una fibra para hacer cordones y sogas y así sacó adelante a la familia.

Todos los hijos de Leandra Becerra ya murieron. Tiene 155 nietos y bisnietos y un número indefinido de tataranietos y choznos, a los que ya ni conoce ni la conocen, dispersos entre Tamaulipas y Jalisco. Muchos han migrado a Estados Unidos. Desde hace cuatro años vive en casa de su nieto Samuel, con bisnietos y tataranietos alrededor —la menor de apenas dos años— aunque el cuidado recae entre las mujeres de casa: de Miriam, que vive a una cuadra, y de su cuñada y sobrina. Todos la llaman “abuelita” y se han acostumbrado a verla, a ratos recostada, a ratos sentada entre los cojines de un mullido corral adaptado en plena sala, a unos pasos de su cocina, desde donde oye a la familia departir.

En 2008, el DIF Zapopan supo de doña Leandra. Una versión señala que recibió un reporte ciudadano para denunciar su abandono. Su nieto Samuel dice que el DIF le daba despensas a su tía, con quien vivía Leandra, y ahí la conoció y supo de su historia. La tía murió y fue entonces que Leandra llegó a vivir con ellos, en la colonia Miramar, donde pese a las carencias económicas de cualquier familia de este asentamiento, pasa los días rodeada de numerosa parentela.