Noche de tango, jazz y brisa tropical
Su tributo a Piazzolla fue sazonado con elementos de bebop, música afrocaribeña y hasta una cita musical de “El jarabe tapatío”.
El saxofonista cubano tocó algunas de las obras emblemáticas del creador del nuevo tango.
México • Podría prometer no hacer travesuras, como el Paquito del poema de Salvador Díaz Mirón, pero como Pepito, el personaje de los viejos chistes, Paquito D’Rivera no podría resistirse y acabaría por hacerlas. Así ocurrió la noche del viernes en el Centro Cultural Roberto Cantoral, donde el saxofonista, clarinetista y compositor volvió a lucir su proverbial sentido del humor con un concierto que dejó al público con una sonrisa plena.
El músico cubano que vive exiliado en Nueva York y no en Estados Unidos —como ha dicho repetidas veces—, celebró a su manera la música de Astor Piazzolla en una presentación —ayer sería la segunda— que estuvo sazonada con ocurrencias, gags visuales y sonoros, que contribuyeron a acrecentar su imán ante el público. “¿Cómo están ustedes hoy?”, dijo el músico de entrada. “¡Yo me siento padrísimo: cada vez que vengo a México me como un taco al pastor y ya me siento bien!”
Y el público se sintió bien desde las primeras notas de Piazzolla en manos de Paquito, el trompetista Diego Urcola y un grupo de jóvenes músicos en proceso de crecimiento: Alex Brown al piano, Zack Brown en el contrabajo, Eric Doob en la batería, Héctor del Cutro en el bandoneón y el percusionista mexicano Miguelito Cruz. “Estamos celebrando la obra de un gran compositor e instrumentista que fue un maestro de un instrumento que no es muy conocido fuera del tango, alguien que revolucionó la música hasta llegar a lo que conocemos como tango moderno. Le voy a pedir al bandoneonista que viene con nosotros que toque para que vean por qué razón me cuesta tanto dinero tenerlo conmigo”, anunció el músico.
Paquito calificó a Piazzolla de “un genio del siglo XX, de todos los tiempos” antes de abordar “Adiós Nonino”, la conmovedora pieza que escribió a la muerte de su padre. Urcola mostró que, amén de ser un gran arreglista, su nivel de ejecución ha alcanzado grandes alturas, donde combina imaginación con sentimiento y mucho cerebro, por no hablar de Paquito y su manera de amalgamar su cubanía con el jazz y el tango.
Inspirado por el bandoneonista, el trompetista ofreció su composición “Blues for Astor Piazzolla”, donde toma elementos del nuevo tango y los integra al jazz con una serie de intricados cambios de tiempo. Su identificación con D’Rivera es cada vez más asombrosa, pues ambos, que siempre parecen saber lo que ha de venir musicalmente, se han convertido en socios verdaderamente productivos.
Tras bromear que “a los mexicanos no les gusta para nada el danzón”, el saxofonista presentó “Oblivion”, que Piazzolla escribió para la película Enrique IV, en un arreglo de Oriente López. “Eso está en uno de nuestros discos, no sé en cuál, entonces hay que comprarlos todos”, advirtió, lo cual no sería una mala idea para volver, una y otra vez, a esta hermosa versión de una de las grandes obras piazzollianas.
Al tercer movimiento del Concierto Aconcagua para bandoneón y orquesta —sin orquesta porque no hubo presupuesto, bromeó D’Rivera—, le siguieron dos piezas en las que participó su esposa, la cantante Brenda Feliciano. Interpretó “Milonga en el viento”, del pianista de Piazzolla durante muchos años, Pablo Ziegler, y otra del propio Astor con letra de Horacio Ferrer, “Balada para un loco”, todo un performance.
“La muerte del ángel” se convirtió en un ángel feliz en una versión tropical que hasta provocó unos pasos de baile en D’Rivera. Aunque había preparado otra pieza como encore, ante la insistencia del público de que tocara otro tango, optó por el “Libertango” de Piazzolla, obra a la que calificó de “Libermango” y en la que incluyó hasta una cita de “El jarabe tapatío”.
El saxofonista recuerda a su maestro
D’Rivera no sólo concluye sus conciertos invariablemente con una pieza que lleva como tema final el famoso “Salt Peanuts” de su maestro el trompetista Dizzy Gillespie –de quien aprendió el arte del buen entretenimiento y la buena música–, sino que lo evoca e invoca en sus solos y anécdotas vividas a lo largo de una gran amistad.
“Fue la primera persona de renombre que empezó a mezclar la música latina, cubana, brasileña y hasta los tangos, con la música de jazz –contó Paquito–. Estuvo en 1956 con su big band en Buenos Aires y al terminar su trabajo se quedó a pasar unas vacaciones. Fue a visitar el Rendez Vous, que era un sitio muy elegante a donde la gente llegaba vestida con smokings blancos y trajes de noche largos, pero apareció vestido de gaucho. No sólo eso, iba montado en un caballo y pidió tocar con la orquesta de Osvaldo Fresedo, el dueño del sitio”.
La magia de Dizzy en uno de sus alumnos más aventajados apareció entonces en el arreglo de Diego Urcola a “Preludio No. 3”, tema que puede escucharse en el disco Rendez Vous porteño (Acqua Records, 1998), que recoge esa actuación con Fresedo. Un hermoso guiño a Gillespie, quien lo alentó a seguir adelante en la aventura de fundir el jazz con otras músicas.








