Todos somos Elba Esther
Ojo por ojoÁlvaro Cueva
“Lero, lero, atraparon a la maestra”, “¡Pinche vieja, se lo merecía!”, “Defensores de los animales: corran a salvar a Elba Esther”, “¡Capturaron a la mamá de Chucky!”
“Protestas en Neiman Marcus por la detención de Gordillo”, “Tanto que robó y nunca la pudieron operar bien de la cara”, “¡Ay, sí! Ahora resulta que le duele el riñón”, “¡Que se muera!”
A mí ni me asusta ni me sorprende que en esta administración, la de Enrique Peña Nieto, la de la reforma educativa, haya pasado lo que pasó con la maestra Elba Esther Gordillo.
Me asusta y me sorprende la reacción de los medios y del público mexicano.
¿Por qué? Porque, salvo honrosas excepciones, se la han pasado enseñando el cobre desde que comenzó a circular esta nota.
Tal parece que la detención de una de las líderes sindicales más poderosas de México no fue una noticia, fue un motivo de fiesta nacional.
Pero no una fiesta positiva, no, una fiesta de odio, de ver quién decía el insulto más grosero, de ver quién se burlaba de la manera más salvaje, de ver quién la despedazaba con más saña.
Bien dicen que del árbol caído todo el mundo quiere hacer leña porque lo que usted y yo vimos esa tarde y esa noche no fue la divulgación de una noticia o el análisis de una nota, fue un carnaval de agresiones.
Yo veía las coberturas periodísticas y no lo podía creer. Los rostros de algunos de los servicios informativos más importantes de la nación no podían disimular su júbilo, sonreían, se esmeraban en ser crueles.
Y ni hablemos de lo que sucedió al día siguiente en todos, absolutamente todos, los periódicos del país. No hubo uno que no se puliera en su portada, que no luchara por sacar la peor foto, la peor cabeza, la peor ocurrencia.
Estoy asustado porque tan irresponsable es un periodista que pierde la compostura a cuadro asustándose, llorando o ejerciendo el amarillismo, como el que hace alarde de su poder festejando una nota de estas dimensiones.
Y porque muchos de los nombres que participaron y siguen participando en esta avalancha mediática, incluyendo a sus entrevistados, eran los que llamaban amiga a la maestra, los que se iban a comer con ella, los que la trataban con cariño, los que la defendían o callaban.
No, y ni hablemos de las empresas que aceptaban que la señora les patrocinara sus campañas de responsabilidad social o sus programas de concurso.
¿Cómo? ¿Sabían que Elba Esther Gordillo era una mujer corrupta y le aceptaban su dinero? ¿Pensaban que la cabeza del SNTE era fea, monstruosa, grotesca y se ponían a platicar de zapatos con ella como si se tratara de la sucesora de Miss Universo?
¿Ahora entiende cuando le digo que enseñamos el cobre?
¿Cuántos de los peores chistoretes de mal gusto que usted vio o escuchó ese día no salieron de la boca o de la pluma de esas justas y educadas personas que se la pasan peleando contra la discriminación de la mujer, la homofobia, el racismo y a favor de los indígenas, de los niños, de los ancianos, de los perros, de las causas y de los valores?
¿Y a dónde se les fue la justicia y la educación? ¿A dónde se les fue el cerebro? ¿Qué hubiera pasado si hubiera sido al revés?
¡Oh, sí! Periodistas y ciudadanos somos muy buenos para cuestionar a Vicente Fox y a la gente que trabajó con Felipe Calderón, para regañarla y para confrontarla.
Se supone que todos ellos sabían de los supuestos delitos que estaba cometiendo la maestra, que lo permitieron y que, por tanto, fueron sus cómplices, unos cobardes.
¿Y nosotros? ¿A poco nosotros no sabíamos? ¿A poco nosotros sí hablamos? ¿A poco nosotros sí hicimos lo que no hicieron los políticos de los últimos sexenios?
Tan cobardes unos como los otros. Por eso no hay que andar haciendo fiestas. Por eso hay que pensar las cosas dos veces antes de sonreír o de inventar un chiste.
Todos tenemos vela en este entierro. Todos somos Elba Esther.
No, ¿y qué me dice de los que están distorsionando esta nota o de los que están defendiendo a la maestra nomás para molestar al presidente? ¿Ellos sí merecen respeto? ¿Ellos sí son muy valientes?
Me asusta y me sorprende lo que está pasando porque no tiene que ver ni con política, ni con la búsqueda de una educación de calidad, ni con los medios de comunicación, tiene que ver con una auténtica y peligrosa decadencia social. ¿A poco no?








