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Irse es volver

Agua de azarJorge F. Hernández

Se me concedió volver a Colima, quizá porque uno no se va de los lugares en los que se queda para siempre. A estas costas vinieron mis abuelos hace casi un siglo, llegando a una estación de trenes que parece de Macondo, en medio de una bruma de calor que parecía neblina y abrazados se juraron eternidades ante la misma ola verde del mar que hoy no me habla en plural. Aquí he venido en otra vida sin pensar en irme, quizá porque se me concede siempre volver y por hoy, por fin asistir a una plaza de toros monumental izada cada año con el fervor de la intuición, puro palo y petate, sin un solo clavo como catedral inamovible en medio de tantos sismos, al pie de los volcanes, al filo del tiempo.

Aquí he venido porque, luego de tanto infarto, por fin puedo presentar el libro de mi amigo Cristóbal Rodríguez Garay, La Molienda 36. Nogueras: la gente y sus voces (coedición de la Secretaría de Cultura del Estado de Colima y Universidad de Colima) para el que me atreví a escribirle —palabras más o menos— que daría media vida por morir en Colima, o daría media vida por morir en Nogueras, porque en realidad es fácil confundirse en las palabras cuando en realidad lo que intento decir es que la eternidad es un atardecer en Nogueras, un volver a la estación del viejo tren ya fantasma en Cuyutlán, un amanecer intacto en Manzanillo… y la cara de esos ojos, la mirada recién inaugurada del mundo, teniéndote tan cerca, tan lejos.

Quizá no se me conceda el deseo enrevesado que expresé para el libro que por fin presento en Nogueras pues parece fatalista, siendo en realidad tan esperanzador y quizá entonces me vaya de este mundo en el camino que lleva a un volcán que parece dormido, allí donde la vereda que avanza en subida parece que va de bajada y hacia atrás o me esfumo en medio de una polvareda, luego de dar un alarga cordobesa en pleno centro del ruedo de La Petatera, que como decir el centro mismo del Universo. No sé si me pueda ir entre las sombras acaloradas de Comala, creyendo que Juan Rulfo me habla de la continuidad infinita de sus historias, ambos sentados en una banca de parque o se me conceda desaparecerme en pleno centro de la ciudad de Colima, al filo de una plaza blanca con tan solo beberme de un solo trago el último vaso de tejuino helado. En realidad, creo que he confundido a la muerte con la serena paz de un atardecer tranquilo, de esos que se beben con café recién molido, colación humeante de una taza que ha de durar lo que dura el atardecer y la misma sobremesa de silencio con el que pretendo cortejar tu fantasma.

Sucede que vivo anhelando atardeceres en Nogueras, en medio del mundo y a la mitad de la nada, como quien sabe que la paz también es una transposición personal que nutre la memoria y alimenta cualquier imaginación, como quien vuelve luego de siglos al mismo templo barroco de la niebla, todos los colores rezando en la bóveda con el espanto de la devoción aplastante, el misterio de la belleza como la cabellera negra de la soledad, la mirada fija que sonríe con los párpados, el mismo asombro del silencio. Quizá por ello he vuelto a Nogueras de Colima para presentar el libro de mi amigo Cristóbal Rodríguez, heredero también de la microhistoria de nuestro entrañable maestro Luis González y González, lanzado como gambusino entre los viejos papeles de una hacienda intemporal al mismo tiempo entretejiendo los murmullos del pretérito con los cuentos endiablados de todos los fantasmas que siguen deambulando por Nogueras cada atardecer.

El microhistoriador lleva como salvoconducto el amor a la querencia que lo ocupa. Guiado por el afecto, el microhistoriador recorre el pretérito ya no preocupado por la supuesta asepsia de los científicos, sino por la pasión del memorioso que no quiere dejar que se pierdan las sombras: sus dedos acarician los documentos como flores secas que de pronto aparecen en medio de un libro, recados del más allá, voces de los muertos y cuentas pendientes. Así se pintan las acuarelas de fantasmas, las bóvedas barrocas de los santuarios del alma y todos los murmullos que los completan.

He vuelto a Colima para recorrer con la mirada y en tinta las raíces de los molinos azucareros de la Nueva España y leer como mapas las manos callosas de los trabajadores incansables que han de sacarle azúcar a la tierra y el polvo, o construir guiados tan solo por las alas o los ojos arrugados de un pajarito el centro ceremonial donde ha de levantarse una monumental estructura de madera con nudos de cuerda y petates como naipes. La vista se llora con lienzos vivos de zumos de limón y sudores de granos de café, tostados al sol, molido en polvo como de estrellas, bebido en sorbos con los que se alarga la tarde en párrafos que no aburren al darle vida a todos los pasados de Nogueras y todos los pretéritos de Colima y todos los paisajes de esta tierra que es sueño de esplendor agroindustrial, sociedad donde parece no haber caciques como otros lares y se ven los entresijos de los molinos con los que se trituraba el maíz y el sorgo, los tabiques, arcos y andaderas por donde se alzaba una hacienda que se volvió santuario de nuestro más entrañable silencio. Hablo de tepeguajes de cal y canto, con enormes contrafuertes como fortaleza medieval, con inmensos arcos y hablo de los trapiches y molinos, las amplias estancias y un patio que parece el horizonte palpable de un sueño.

Ya me lo decía Luvina Aparicio Fuentes, quizá yo vuelvo sin irme nunca de Colima porque aquí “las ramas de los árboles parecen los dedos de una mano que se extienden no para arriba sino con ganas de tocar el suelo, pero no llegan a tocarlo” y pienso entonces que la microhistoria que he vivido, la que vengo a presentar escrita por Cristóbal Rodríguez Garay ha pintado el rostro de Nogueras y una cara de Colima con las voces de sus piedras y las caras de sus habitantes vivos y fantasmas, tanto como los murmullos con los que siempre se alarga el humo del café en busca de un atardecer que se parece mucho a la eternidad.