Una Iglesia con dos Papas
Daños colateralesIrene Selser
Aunque el vocero vaticano, Federico Lombardi, diga que el saliente Benedicto XVI “no va a interferir de ninguna manera” en el nuevo papado porque “es una persona de una discreción y un rigor extremos”, resulta difícil imaginar que algo así suceda, no solo porque su Iglesia se está derrumbando, sino porque el monasterio Mater Ecclesiae, edificado en 1992 por Juan Pablo II y donde Joseph Ratzinger ha elegido pasar lo que resta de su vida, dista algunas decenas de metros de la morada del nuevo pontífice.
Es, de hecho, la primera vez en la historia de la Iglesia romana que dos Papas, el saliente y el entrante, convivirán en el Vaticano; otro hecho histórico que envuelve a la también histórica dimisón voluntaria de Benedicto XVI.
Y así como en 2004 el entonces cardenal Joseph Ratzinger omitió asistir a la Basílica de San Pablo donde extramuros el padre Maciel festejó, con el resto de la curia romana, 60 años de sacerdocio, como una forma, la de Ratzinger, de rechazar el comportamiento atroz del fundador de los Legionarios de Cristo —como recordó ayer el ex fiscal antipederastia del Vaticano, Charles Scicluna— es de esperarse que Ratzinger no asista ahora a la primera misa de su sucesor, como una forma, se dice, de marcar su retiro de los asuntos de Pedro.
No dudamos de la discreción y rigor extremos que, en efecto, caracterizan al cardenal Ratzinger, así como su amplia cultura y su vocación de “limpiar la Iglesia” de toda su podredumbre.
Pero no hay nada de querer “retirarse”, sino más bien al contrario, en su decisión de que el nuevo presidente del Instituto para las Obras de Religión (IOR), el tristemente célebre Banco del Vaticano, sea el también alemán Ernest von Freyberg, abogado de 55 años que reemplaza al italiano Ettore Gotti Tedeschi, despedido en mayo de 2012 acusado de malversación de fondos y presunto lavado de dinero.
De hecho, el flamante nombramiento de Von Freyber por el Consejo de Supervisión del banco (uno de cuyos cuatros miembros es otro alemán, Ronald Schmitz) fue el último trámite aprobado por Benedicto XVI, a quien tanto impactó el escándalo de corrupción conocido como Vatileaks.
También servirá de termómetro saber si el ex arzobispo de Los Ángeles, Roger Mahony, involucrado por acción u omisión en unos 500 casos de abusos sexuales en su diócesis por parte de un centenar de curas (y 600 millones de dólares en reparación a las víctimas) asistirá a Roma para elegir con otros 116 cardenales al nuevo Papa. Si no va, es que (para bien) el papa Ratzinger todavía estará ahí.








