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De Díaz-Creelman a Chapultepec

De monstruos y políticaMarco Rascón

Sabemos que en México el optimismo está prohibido. Sin embargo, un poco de éste puede ser subversivo en nuestro país paralizado.

Cuando Porfirio Díaz declaró al periodista James Creelman en 1908 que… puedo dejar la presidencia de México sin ningún remordimiento (…) No importa lo que digan mis amigos y partidarios, me retiraré cuando termine el presente periodo y no volveré a gobernar. (…) Doy la bienvenida a cualquier partido oposicionista. Si aparece, lo consideraré como una bendición. Y si llega a hacerse fuerte, no para explotar sino para gobernar, lo sostendré y aconsejaré, y me olvidaré de mí mismo en la victoriosa inauguración de un gobierno completamente democrático en mi país. Con estas frases, Díaz provocó, sin pretenderlo, una enorme ola de expectativas en el país, que desencadenaron la fuerza de la Revolución, provocada, cuando la declaración del presidente vitalicio y la expectativa sembrada no correspondió con su decisión de postularse nuevamente en 1910, y aplastar lo que él mismo había desatado.

Muchas pueden ser las razones de PRI, PRD y PAN para suscribir el Pacto por México firmado en Chapultepec el pasado 2 de diciembre; sin embargo, los compromisos son acuerdos obvios programáticos que no implica ninguna traición a ninguna convicción, pues las diferencias prevalecen pero no son el punto de partida.

El documento firmado como base del acuerdo, contiene un marco referencial que marcará el debate legislativo, donde deberá convertirse en reformas puntuales para las demandas sociales y el contenido de las reformas que el país reclama. Su posibilidad está sustentada en la correlación de fuerzas actuales donde ninguno de los partidos o alianzas alcanza para una gobernabilidad unilateral y por tanto obliga a construir mayorías con base en los acuerdos.

Este documento es muy superior a lo que fue “la transición pactada”; ese sí, sin documento ni compromisos, sino surgido a partir de acuerdos secretos y pragmáticos donde participó la presidencia del PRD en 1996 a cambio de darle apoyo a Ernesto Zedillo y no obstaculizar la política neoliberal en representación del llamado “consenso de Washington”.

De la “transición pactada” al actual Pacto por México existe una diferencia notable en la forma y el contenido. El primero generó falta de perspectiva nacional, alternancia sin reformas y paralización, que generaron violencia y estancamiento en casi todos los renglones.

Por ello, con solo pronunciar la existencia de “poderes fácticos” como causa de los problemas nacionales —aún sin precisarlo— desata olas que exigen reformar, provocando una situación semejante a la desatada por Porfirio Díaz en 1908 y 1910.

Para la izquierda, la firma del pacto significa marcar un cambio de periodo y de formas de pensar como oposición. Significa romper con la política del NO sistemático y luchar por las propuestas propias, contenidas en el documento de compromisos. Constituye una convocatoria automática a los intelectuales progresistas y de izquierda a trabajar en la técnica, contenido y naturaleza de cada reforma anunciada.

El PRI puede ser el mismo PRI, pero el país ya es otro y difícilmente cabe en el esquema del viejo presidencialismo. Sin embargo, sustituir el centralismo y los vacíos de gobernabilidad solo es posible construyendo mayorías legislativas.

Al leer el documento que adquiere en sí una naturaleza dinámica que obliga a defender el petróleo, la democracia, el derecho social, una economía justa y el fin de la hegemonía de los intereses oligárquicos, monopólicos y autoritarios. Su calendario es una agenda para trascender la estructura de partidos y generar amplia participación ciudadana con base en tiempos predecibles.

Por eso, es preferible ser de nuevo engañados, que seguir como estábamos en el esquema polarizado y del pesimismo crónico.

Para la izquierda existe un parteaguas entre el 1 y el 2 de diciembre. El día primero, la furia ciega de los jóvenes iracundos expresó el final de una política que contuvo durante 12 años el desarrollo intelectual, político, organizativo, programático e ideológico de la izquierda, anulando perspectivas y fabricando derrotas.

El discurso y el embate desorganizado contra las vallas, simbolizó la política basada en la cultura de la derrota y la victimización. El discurso anunciando muertes, no pareció una denuncia, sino un deseo desesperado. Los que promovieron el enfrentamiento, quiénes hayan sido, son aliados naturales de los que prefieren el país de la discrecionalidad al de las reformas; son aliados naturales de los monopolios, los poderes fácticos, los defensores del autoritarismo pues legitimaron el cerco de hierro sobre San Lázaro, ahora que el pacto lo pone en la disyuntiva de ser centro de reformas necesarias o tribuna para la demagogia.

El documento firmado el 2 de diciembre tiene como enemigos a los extremos: a los intereses que impusieron y se beneficiaron de la polarización. La moneda está en el aire convocando a nuevo pensamiento, acciones y nuevas tareas.

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