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Por un decrecimiento sereno

Lo bello y lo tristeJulieta Lomelí Balver

Continuar con el crecimiento desproporcionado que hemos tenido hasta hoy, nos conducirá a una catástrofe irrevocable, quizá podría servir como premisa para cambiar el comportamiento que ejercemos hacia nuestro hogar, que es el planeta tierra.

Nos encontramos en una época abismal, que oscila entre seguir viviendo bajo condiciones dignas pero mesuradas, o extinguirnos como especie.

Advertir que de continuar con el crecimiento desproporcionado que hemos tenido hasta hoy, nos conducirá a una catástrofe irrevocable, quizá podría servir como premisa para cambiar el comportamiento que ejercemos hacia nuestro hogar, el planeta tierra. Sin embargo las advertencias acerca de los estragos producidos debido al crecimiento acelerado de la “megamáquina teconoecónomica capitalista” que civiles, científicos, ecólogos, instituciones gubernamentales y no gubernamentales hacen al respecto, parecen no forjar ningún resultado concientizador.

Discursos pro-medioambientalistas abundan en nuestro siglo: “estamos todavía en el campo de la diplomacia verbal”. Para no seguir construyendo edificios conceptuales, en los cuales los mensajes mesiánicos se quedan en panfletos, lo que ha de intentarse es comenzar a transformar aquéllos en acciones. Si bien siempre es deseable tener un diagnóstico claro de la enfermedad, es aun mejor tener la medicina. Algo así pasa con el inminente daño que hemos hecho a la biosfera, sabemos que está ahí, que avanza como el desierto, sin embargo, no hacemos nada real y concreto para revertirlo, o al menos, contribuir a que esté deterioro se detenga.

Vivimos entonces en una sociedad de crecimiento indetenible, alimentada por tres ingredientes principales: “la publicidad, que crea el deseo de consumir; el crédito, que proporciona los medios, y la obsolescencia programada de los productos, que renueva la necesidad”. Lo que demanda el común consumidor de nuestro siglo no son cosas necesarias, sino objetos fútiles y de gran elaboración que son prescindibles para la vida ordinaria, sin embargo, la publicidad las ha convertido en indispensables para aquél que la compra. Tales productos -banales-, generalmente son hechos con materiales contaminantes, costosos y que demandan demasiados recursos naturales y mano de obra barata. Se cumple entonces una doble inconveniencia: la explotación humana y la explotación ambiental.

La enfermedad: la adicción al crecimiento infinito. La medicina: elegir un decrecimiento a consecuencia de habernos percatado que el mundo el cual habitamos es finito.

Decrecimiento es la palabra clave del libro de Serge Latouche. El mensaje de la obra del italiano no se queda tan sólo en la denuncia del posible apocalipsis al que podría conducirnos el modo de producción bajo el cual se ha guiado el mundo desde la modernidad hasta hoy, sino que es también un texto sugestivo, que planea un cambio y da los pasos para ello en escalonada, comenzando primero con la estrategia para lograr un decrecimiento desde el ámbito personal y regional, para después ascender hasta el ámbito más general: un decrecimiento político.

El decrecimiento es entonces dar una vuelta de tuerca al sistema capitalista, si “éste ha hecho del crecimiento económico su piedra angular” y en la actualidad ya no funciona más allá de una ganancia económica a sólo unos cuantos, hay que optar por un decrecimiento, que es justamente lo inverso a aquello en lo cual se fundó el capitalismo. Basar nuestras sociedades contemporáneas en otra lógica distinta a la del consumo.

El decrecimiento en el contexto personal y regional se puede resumir en las ochos “R”, 1) revaluar, que significa darle prioridad a valores que no son solamente materiales, sino de otra índole, como el respeto a la naturaleza antes que la ambición por hacer de ella un medio más para obtener cosas fútiles; 2) reconceptualizar, como por ejemplo redefinir los conceptos de riqueza y pobreza, de escasez-abundancia que hay que deconstruir urgentemente, para romper con la lógica del capitalismo donde lo único que importa es el bien material e inmediato; y 3) reestructurar, aquí viene el cambio, no sólo basta con ponerse repensar los valores de la vida y jerarquizarlos desde una forma distinta, sino que también es importante, a partir de una comprensión diferenciadora y revalorativa, llegar a una praxis, donde se distribuyan desde otra perspectiva los bienes materiales y espirituales y de esta idea se desprenderán las otras cinco “R”: 4) redistribuir, 5) relocalizar, 6) reducir, 7)reutilizar y 8) reciclar. Todas aquéllas en relación a la nueva forma de administrarlos bienes ya antes mencionados, con la premisa de dar prioridad a aquéllos que no penden de una actividad productivista y consumista de la vida.

Así pues Laotuche completa su plan para decrecer desde lo local hasta lo político. Confirmando que el decrecimiento es -si se llegará a lograr-, una estrategia revolucionaria, que rompería con los esquemas impuestos por siglos y por un sistema que se olvida de la tierra misma, de todos aquellos valores que parecen ser intangibles, como la serenidad por la vida, que se resume sin más en aquella existencia donde el bienestar no consiste en comprar y tirar, sino en disfrutar lo que se tiene, trabajar para vivir y no vivir para trabajar, gozar de la naturaleza y no acabar con ella, como lo hacemos.

Si bien, para que el decrecimiento rinda frutos dentro de un escenario global, es necesario que se pongan en papel las reglas: que se penalicen por medio de una legislación todos aquellos abusos que fortaleció el capitalismo -como el exceso de publicidad, el exceso de producción científico técnica, la expansión de la industria desbordada, etcétera-; al mismo tiempo que el cambio también depende de una actitud propia, de una mesura con que la vida individual debe ser llevada hasta sus últimas consecuencias.