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La segunda muerte de Santiago Carrillo

Día con díaHéctor Aguilar Camín

Me dicen que he sido muy duro con Santiago Carrillo, que he recordado de más sus momentos oscuros. No era mi intención ni olvidar ni no olvidar. Lo que hice fue glosar una semblanza extraordinaria del historiador Santos Juliá, que quizá ha recordado de más los rasgos oscuros de Carrillo, pero que no hace al recordarlos sino honrar su profesión de historiador que es mejorar la calidad de nuestro olvido.

Mi agenda secreta en esto la confieso ahora: el caso Carrillo me parece de gran pertinencia histórica para pensar en lo que la izquierda española dura, la estalinista de la Guerra Fría, tuvo que hacer a un lado para ponerse en el camino del poder y la transformación de España.

Carrillo es un personaje cuya creadora flexibilidad tendrían que revisar a fondo las izquierdas tozudas del mundo, en particular las latinoamericanas y la mexicana, que sigue trabada en su camino a la modernidad y al poder, por dogmas y pecados que parecen ridículos, comparados con lo que arrastraban en su deriva Santiago Carrillo, el comunismo español y el comunismo de los años setenta del siglo pasado.

Carrillo abrazó la oportunidad política del posfranquismo español sin titubear, asumió los sacrilegios de la monarquía y los senderos oportunistas de la ruptura pactada, con una claridad que mueve a escándalo cuando se le compara con las concesiones de párvulos que se niega a hacer la izquierda latinoamericana frente a las realidades del mercado, por ejemplo, o la realidad global del capitalismo, o las estrecheces oprobiosas del estatismo aldeano y el nacionalismo de linaje populista: Perón en Argentina, el nacionalismo revolucionario en México, el petrochavismo venezolano, el protosandinismo nica.

La de antier fue la segunda muerte de Santiago Carrillo. La primera, la útil, fue cuando decidió cambiar de piel y jugar una apuesta por la democracia y la modernidad de España, cuyo éxito suponía el fin de las cosas por las que había luchado toda su vida.

Salvo en algunas historias de sus linajes comunistas y guerrilleros, no hay en la izquierda mexicana una historia equivalente de dogmatismo, sacrificio, convicción, ideología y compromiso.

Puestas en el espejo de Santiago Carrillo, las reservas de la izquierda mexicana ante la modernidad política y económica no tienen ni tantas tumbas ni tantos esqueletos en el armario.

Tienen que abrazar cosas más ciertas hoy que hace medio siglo en que las aceptó Carrillo. Una, sobre todo, anticipada por Marx: la universalización del capitalismo, con todas sus consecuencias “superestructurales”. Pero con muchos menos muertos propios y ajenos que cargar. Y con menos convicciones absolutas que dejar a un lado.