Nos hemos olvidado de lo importante
Lo bello y lo tristeJulieta Lomelí Balver
Erase una vez una cultura que se fundó hace poco más de dos milenios. Y así como hubo un antes de Cristo, existió también un antes de Sócrates.
Hubo antes del desarrollo de la filosofía en su sentido formal, metodológico y ascendente a la justificación del absoluto, otro tipo de pensamiento, uno más mundano, que anclaba sus raíces en la tierra misma.
En la filosofía de los presocráticos, la “physis” no era naturaleza aparte, escindida del hombre, sino que éste – como diría Heidegger- “co-habitaba con ella. El hombre puede caracterizarse no solamente como un ser en la naturaleza, sino también como un ser-ante-la- naturaleza. Hombre y naturaleza se correspondían mutuamente. Ello significaba que el hombre, estando en la naturaleza, suponía un guardar, dar cobijo, un habitar en la naturaleza”.
Sin embargo, con el desarrollo de la filosofía a partir de Sócrates, las raíces se fueron hundiendo hasta quedar sepultadas por completo, mientras largas ramas crecían hasta alcanzar el cielo, y el más allá del cielo, y entonces aquélla se olvidó de las raíces de donde nacía: la tierra misma, por lo que se dedicó a escalar hasta las ramas para ver lo que existía en las alturas. Sócrates inicia el movimiento ascendente, la filosofía de “altos vuelos”, concretizada por Platón aquélla que despreciaba este mundo, por ser la copia imperfecta de un mundo imperceptible a la vista, pero existente para el alma; la fundación de una idea absoluta y lejana fue la iniciadora de la metafísica, lo cual significaba paralelamente, el olvido de la vida de este planeta.
Durante muchos siglos los filósofos hablaban del cielo, no había mucha necesidad de hablar de otras cosas.
Algún tiempo después del nacimiento de las máquinas y la filosofía moderna, más o menos dos siglos, nació una voz rebelde, que denunciaba la violencia y el olvido que la filosofía había tenido hacia la tierra. Todos lo creyeron loco, hasta que alguna autoridad académica lo rescató y entonces todos volteaban la mirada a sus páginas, encontraban en las enseñanzas del Zaratustra, una fiel mirada a lo que se había olvidado: la vida de este mundo.
Pasaron entonces dos guerras mundiales y emergió un miedo nuevo: el pánico a la destrucción masiva de la especie humana. Fue entonces cuando la filosofía realmente comenzó a hablar de los problemas de este único mundo posible.
A mediados del siglo pasado -1953-, se da el inicio formal de la reflexión acerca de la técnica moderna, con el pensamiento maduro del filósofo alemán Martin Heidegger, quien después de ser espectador cercano de la segunda guerra mundial, aceptaba que el hombre debía habitar en la tierra cuidando de ella: “salvar la tierra es más que explotarla o estropearla.
Salvar la tierra no es adueñarse de la tierra; no es hacerla nuestro súbdito, de donde sólo un paso conduce a la explotación sin límites”.
Heidegger se dio cuenta que el contexto de su siglo se sumergía, en una “estructura de emplazamiento” donde se emplazaba a la naturaleza por la técnica moderna, ésta que consideraba todo a su alrededor a modo de “mercancías”. La técnica moderna, a diferencia de la técnica usada en siglos pasados, era una técnica violenta, en la cual Heidegger percibía una cuantificación de lo ente a modo de reserva. La naturaleza que a partir de Platón quedaba escindida del hombre, se convertía por consecuencia en materia prima en donde toda ella se convertía en existencias o productos disponibles al consumo del cálculo global.
La meditación que Heidegger hizo acerca de la época técnica bien podría –por la actualidad en que fueron pensados- aplicarse a nuestro siglo. La técnica moderna no sólo aplasta a la naturaleza, sino también relega el “pensamiento honrado”, la reflexión meditativa, para desbordarse en un pensar apresurado, productivo, que sólo deje resultados inmediatos. La técnica moderna ha explotado la tierra, ha hecho avanzar el desierto sobre ella. Se nutre también de un pensamiento calculante, que es el que completa este habitar en el siglo de la técnica moderna.
Representa un peligro no sólo para el pensar, sino también para la conservación de la vida del planeta, pero, esperando que cuanto mayor sea el daño “con mayor claridad empezarán a lucir los caminos que llevan a lo que salva, más intenso será nuestro preguntar, porque el preguntar es la piedad del pensar”; solución que sin lugar a dudas no podrá desenvolverse dentro del pensamiento calculante, ni tampoco siguiendo la tendencia bajo la cual se ha movido el sistema capitalista desde sus inicios modernos. La redención, esperamos, nazca de la reivindicación del pensar meditativo, desde la filosofía misma y sus reflexiones que se desprenden de la bioética y la filosofía práctica.
“El hombre de hoy – como se quejaba el colombiano Gómez Dávila- es capaz de erigir complejos industriales pero incapaz de erigir un templo o una iglesia”. El hombre contemporáneo, el hacedor de la técnica moderna ha desplazado las moradas del pensar meditativo para erigir construcciones donde prepondera el pensar calculante.
¿Qué debemos hacer para restituir no sólo aquel primer pensamiento, donde naturaleza y hombre moraban pacíficamente en un sólo hogar, sino para reconfigurar el trato mismo que le damos a nuestra –y también de muchos otros seres vivientes que no son humanos- única morada posible: el planeta tierra?








