Edición:

Un dilema propiamente filosófico

Lo bello y lo tristeJulieta Lomelí Balver

Pocos son los que tienen claro a qué habrán de dedicarse en la universidad, a mí me costó mucho trabajo decidirme por alguna profesión concreta, en primera instancia había pensado en algo que me alejara de mi ciudad, ni siquiera me importaba mucho el camino, sino tan sólo la finalidad. Al último tuve que quedarme y entonces busqué algo intermedio entre la escritura estilística de la literatura y la rigurosidad metódica de la ciencia, me encontré con la filosofía, sin saber exactamente a qué me enfrentaba.

El filósofo italiano Gianni Vattimo, en su más reciente libro Vocación y responsabilidad del filósofo, comenta que siempre “hay una contingencia en todo tipo de vocación profesional, que en parte se transforma, o puede transformarse en necesidad”. Después de siete años de estar enteramente arrojada a leer y estudiar filosofía de manera académica, aquella contingencia de optar por una profesión que me alejará del ámbito tecnócrata, se ha convertido en una necesidad, en una forma de vida que cubre cualquier aspecto. Mi profesión se ha transformado “no sólo en una vocación genérica a hacer filosofía, sino en un camino, una vía cultural y espiritual”.

Pensar en lenguaje filosófico es quizá pensar en una tradición un tanto limitada, y muy exigente, restringida a ciertos textos, autores, a una detallada disciplina que no podría compararse con las horas invertidas en leer un cuento o una novela, el Zarathustra no se logra entender completamente sin haber leído antes algo de Platón o Schopenhauer. La filosofía no es poesía, esto lo sabe bien Vattimo y lo entendemos perfecto muchos de los que estamos en la profesionalización –si así se le quiere llamar–, de dicha disciplina, sin embargo, sí hace uso de herramientas retóricas –como todo texto–, empero es una tradición escrita de temple completamente distinto al de la literatura y no por ello prescinde del carácter estilístico de ésta. La buena filosofía es entonces “una edificación ensayística”.

La filosofía tampoco es una ciencia, porque sería complicado saber si responde ante un objeto o problema concreto. La filosofía no involuciona pero tampoco progresa con respecto a una falsación o verificación experimental, la filosofía no toma de paradigma un fenómeno físico, no es una ciencia natural, ni siquiera una ciencia social, antropológica, o incluso cultural, ya que como Vattimo señala, está “definida solamente por una tradición textual a la que se le añade una terminología y un conjunto de problemas, que en muchos casos ni siquiera son los problemas naturales del hombre”.

Cuando Pascal volteó su mirada a las estrellas, sintiendo “el silencio eterno de los espacios infinitos y de reinos que lo ignoraban”, preguntándose quién lo había abandonado en esta tierra, no pretendió en ningún momento configurar una teoría científica del inicio del cosmos, ni tampoco un cuento acerca del creacionismo, sino desde su experiencia subjetiva, en conjunto con la tradición platónico-cristiana quiso explicarse su estar en el mundo. En otra esfera, Pascal también hizo ciencia, pero no del mismo modo en que escribió filosofía.

La filosofía no es un saber acumulativo que nos resuelva algún problema técnico, o nos arroje algún resultado concreto, a veces ni siquiera ha de servir para solucionar conflictos existenciales, lo cual no significa que no derive de cierta vivencia íntima del mundo, “en la filosofía hay verdades de experiencia, pero la experiencia está ya tan subjetiva y culturalmente mediada, que es imposible hablar de ella en términos de conquista”; sin embargo, el filósofo puede lanzar un tipo de mensaje resolutivo a su situación social, indirectamente puede servir para algo.

Gianni Vattimo publica en periódicos, al igual que muchos de los que pretendemos estar en la academia, empero, generalmente es mal visto escribir en espacios públicos. La filosofía debido a su carácter de tradición cerrada en sí misma, condena a aquéllos que escriben para los que se encuentran fuera de la universidad, pero, ¿acaso no estaremos capacitados –no sólo filósofos, sino humanistas en general- “a ejercer este oficio (llamado a veces despectivamente) de opinador?” El hecho de que la filosofía exija estricta atención a su pasado, no significa que se deba limitar su discusión tan sólo al recinto casi sagrado de la academia.

Vattimo considera que “la especialización en filosofía a veces resulta defectuosa”, en el sentido de que uno “pierde el alma” si deja de dialogar con todo aquello que se encuentre fuera de la filosofía. La filosofía aún tiene mucho que hacer en el campo social, escribir artículos de divulgación y hablar de política citando a autores filósofos que hace siglos dialogaron al respecto, es una forma de intervenir en un mundo más allá del contexto que entre académicos y alumnos se comparte.

El autor de Vocación y responsabilidad del filósofo pertenece al parlamento italiano, publica en revistas y periódicos, al mismo tiempo que habla con sus colegas especializados. El hecho de jugar en ambos mundos le abre al filósofo “la sola posibilidad de entrar en comunicación, de pensar en una comunicación posible con culturas diversas, lo coloca ya en una posibilidad de privilegio y en el fondo le confiere un cierto primado”, el de sentirse implicado “en un proyecto de transformación del hombre, en un programa de emancipación” compartido. Porque la filosofía, al final, también sirve para saber cómo estar mejor con los demás.