Las sonrisas de Josefina
La Semana de Román Revueltas RetesRomán Revueltas Retes
Los chavales de la Selección Olímpica de Brasil, así fuera que se encontraran subidos al podio para recibir la medalla de plata, exhibían manifiestamente las expresiones que corresponden al fracaso: tristeza, enojo, frustración, desconsuelo, abatimiento… Parecía que asistían a unos funerales. Cara de entierro, se dice, justamente, del semblante que refleja parecida desdicha.
Pero, a ver, que alguien me explique a mí cómo es que Sandra Ávila Beltrán, la tal reina del Pacífico, recién extraditada a Estados Unidos (de América) para afrontar, ahí sí, las durezas de un sistema penitenciario tan riguroso como inflexible, aparte de implacable, aparecía en las fotos con el desplante, digamos, de una diseñadora de modas que estuviera presentando su nueva fragancia o de la actriz triunfante tras un premio en Cannes o en la Berlinale. Habría que ir a preguntarle a la mujer qué es lo que le pasa por su cabecita para, en plena adversidad, darse aires de top model. Y, de paso —toda proporción guardada, amables lectores, y sin el menor deseo de asociar una cosa con la otra y sin la más mínima intención de parecer excesivamente rudo—, pedirle también a doña Josefina Vázquez Mota que nos diga por qué diablos, tras conocer los resultados preliminares de la jornada de votaciones del pasado 1º de julio, se apareció tan sonriente y con tan festivos aspavientos para reconocer su derrota.
Uno pensaría que las emociones, más allá de que necesiten ser ocultadas en ciertas circunstancias, deben de guardar una mínima relación con la expresión facial o, por lo menos, así está conformado el mapa que nos permite a nosotros, los humanos, descifrar el comportamiento de los otros individuos de la especie. Estamos hablando de un indicador absolutamente esencial para tramitar, ni más ni menos, la experiencia de la realidad: el gesto pendenciero del congénere agresivo nos pone en modo de alerta, la mirada tierna de los padres reafirma nuestra confianza en el mundo, el ademán escrutador de uno de los amantes desata los posibles sentimientos de culpabilidad que pueda experimentar el otro, en fin, nuestros rostros —a excepción de los de los jugadores de póquer, los espías y otros especialistas necesitados de hieratismo— son las pantallas donde se anuncian, sobre todo, los mensajes de los sentimientos.
Pues bien, ¿cómo es que una mujer que aspiraba a llevar las riendas de todo un país —y que, supongo yo, estaba obligada, por ello mismo, a trasmitir una mínima sensación de sinceridad (y esto, a pesar de que la política, entre otras cosas, es el arte de la simulación)— cómo es, repito, que exhibió tan flagrante disociación entre las emociones que sentía y el rostro que ofrecía? Presumo, naturalmente, que unas circunstancias adversas le suscitaron los correspondientes sentimientos. Y, por otro lado, ella misma hubiera podido condonarse la obligación de las sonrisas porque, a mi parecer (aunque de esto ya no estoy tan seguro), podemos todavía exonerar a los ciudadanos de este país, y a los simpatizantes de la antigua candidata presidencial, de la exigencia (tan creciente, desafortunadamente, en estos tiempos de impuesta frivolidad) de aparentar no sólo temple e impavidez que no tocan ante la madre de todas las adversidades sino… ¡alegría!
Este episodio —ya muy remoto en lo que se refiere a la actualidad periodística— es tan revelador sobre la personalidad de la contendiente elegida por el Partido Acción Nacional como pertinente en un momento en que varios panistas distinguidos publican una página en los diarios a manera de un gran examen de conciencia luego de la reciente derrota electoral. Otras voces, en el mismo partido, plantean una “refundación”. Quienes suscriben el antedicho documento la rechazan. Más bien, proponen un retorno a las “raíces” y apartarse de un “pragmatismo”, dicen, que les es tan “ajeno como dañino”. Y, reconocen que el fracaso pudo haberse debido al desempeño del actual Gobierno federal, a las fallas en la dirección y en la organización interna del PAN y, finalmente, al “desempeño del equipo de campaña y su deficiente estrategia”.
Es, tal vez, una manera de decir que, en ocasiones, los partidos no saben elegir al mejor de los candidatos.








