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Tatuajes y medallas

DESDE MI RINCONLuis Augusto Montfort García

En esta prodigiosa era televisiva, los juegos olímpicos traen siempre consigo un refrescante sabor de universalidad y sobre todo, la maravillosa posibilidad de emocionarnos, cuando presenciamos las distintas proezas deportivas, que resultan del extraordinario rendimiento físico y mental de que es capaz el ser humano. Así, la cultura del esfuerzo (tan olvidada en estos tiempos) parece revivir, y al igual que en la antigüedad, los atletas son por unos días los héroes del momento y el centro de la atención pública.
Cada cuatro años se imponen nuevos récords y la olimpiada adquiere su propia identidad, según sea el momento histórico que vive el mundo, casi siempre matizada con un obligado toque de modernidad por parte del país anfitrión. La tecnología se hace cada vez más presente en toda la parafernalia olímpica, desde los materiales usados en los trajes y artículos deportivos, hasta los instrumentos de control y medición, que con precisión milimétrica definen tiempos y medallas.
Londres 2012 es en efecto todo lo antes dicho, pero con la presencia, además de un antiguo personaje que paradójicamente, cada vez está más presente en este tecnificado mundo moderno: el tatuaje.
Aros olímpicos, delfines y hojas de laurel aparecen en hombros, cuellos, muslos o tobillos. Es el primitivo impulso ritual del ser humano, de apoderarse así de algo que se desea intensamente, de satisfacer una carencia o de cubrir esa necesidad de pertenecer a algo más grande que nos de seguridad e identidad, incapaces de asumir nuestra absoluta orfandad cósmica y nuestra intolerable soledad existencial. ¡No estoy solo!, ¡Pertenezco!, ¡No soy anónimo! nos grita el tatuado con su tatuaje.
En un mundo que a más de globalizar productos globaliza identidades, en el que las instituciones antes sólidas se desmoronan de la noche a la mañana, en el que sentimos que ya no hay algo o alguien en que creer y confiar, la identidad personal se disuelve en un océano de siete mil millones de almas. Quizás de ahí derive esa ansia de pertenencia, de distinguirse de los demás. O tal vez, porque con lo que individualmente se es, no es suficiente.

lamontfort@yahoo.com.mx