Rumbo al oro
El camaleón peripatéticoLuis Miguel Aguilar
Está muy rara esa manera de medir o cumplir edades —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo.
—¿Por qué rara? Así lo hizo el poeta latino Ausonio (siglo 4) con gran naturalidad. En el poema que abre su “Conmemoración de los familiares” (Décimo Magno Ausonio, Obras, trad. Antonio Alvar Ezquerra, Gredos, Madrid, 1990), leemos (aunque no sin cierta dificultad, pero leemos): “El primero entre todos es mi padre (Julio) Ausonio a quien, por más que dude el hijo, el orden aconseja colocar primero. Preocupación de dios porque, muerto con la satisfacción de una sosegada vejez, llegó a vivir veintidós Olimpíadas. Él vio prosperar todo lo que amó: lo que deseó, pudo amarlo. Y ello no por una predilección excesiva de los hados, sino por ser hasta tal punto morigeradas las aspiraciones de aquel hombre”. Como las olimpíadas son cada cuatro años, fue el modo alusivo o suave que encontró Ausonio para decir que su padre vivió 88 años. Por eso no te extrañe: yo nací con la olimpíada de Melbourne; este verano cumplo 15 olimpíadas.
—Que las cumplas feliz.
—Gracias, camaleón. Nos vemos. Que diga: nos vamos. A ver por tele las olimpíadas de Londres 2012.
—Nada de eso. A trabajar. Y precisamente sobre una referencia a las olimpíadas. Te traigo un artículo, “Desmemoria y aire” (El País Semanal, 7/22/12), donde Javier Marías habla de cómo los torneos deportivos se vuelven de inmediato pasado antiguo. Ejemplifica así el fenómeno: “Tengo la idea de haber contemplado bastantes pruebas de los anteriores Juegos en Pekín. Sin embargo, si me pusieran una pistola en la sien y mi vida dependiera de mencionar diez medallistas de entonces, me temo que la perdería: sólo estoy seguro de que Usain Bolt venció en los 100 metros. Me arriesgaría a afirmar que también en los 200 y en el relevo de 4x100 (o como se llame). Y, para salvar el pellejo, aventuraría el nombre de Phelps como ganador de unas cuantas carreras de natación, sin la menor certeza de si sus sonados triunfos fueron en Pekín o en la anterior ocasión, quién recuerda dónde”. Está en lo cierto. Y tal fenómeno de olvido, vertiginoso como carrera de 100 metros, nos ocurre a todos.
—Así es, camaleón, pero no sin una contraparte: para cada espectador hay o habrá siempre una olimpíada-piedra de toque, y una memoria tenaz de la misma. Y me atrevo a asegurar que las mejores olimpíadas son las primeras que uno vive a conciencia.
—En tu caso, cuando cumpliste tres olimpíadas de edad: México 68. Pero las ha habido mejores, cada vez son más emocionantes y se rompen más récords.
—Sí, pero no. Para mí nadie, nunca hará un salto de 8.90 metros en longitud como Bob Beamon en México 68, aunque ya se haya roto ese récord (que tardó varios años, por cierto). Nadie —quítate, Usain Bolt— volará los 100 metros sobre la pista de tartán como Jim Hines. Nadie correrá los 200 metros categoría femenil como la pantera Wyoma Thyus (y en el sonido del nombre algo había también de cadenciosa pantera previa al inicio de la competencia: Uaioma Daius). Nadie librará la barra del salto de altura lanzándose de espaldas sobre ella como Dick Fosbury —y fue el primero que alguna vez lo hizo. Nadie levantará 500 kilos como el pesista —hoy “halterófilo”— ruso Sabotinski, capaz de devorar cuatro melones con todo y cáscara de un solo postre, y llevarse del comedor otros dos para la merienda a su habitación de la Villa Olímpica. No habrá gimnasta más joven y bella que la rusa Natasha Kutshinskaya, a sus 21 años; no habrá, para su desgracia, gimnasta más experimentada, a sus 29, que la checa Vera Csavslaska. Y en lo mismo: nadie habrá corrido un maratón como el etíope Mamo Golde.
—Dirás “Wolde”. Ya hasta wikipedia lo da así.
—No. Prefiero la grafía “Golde”: es la que apareció entonces en las pantallas televisivas y al pie de la foto que recorté un día después de su triunfo para pegarla en un cuaderno de infancia. Mi memoria dice por tanto “Mamo Golde”, y dice más. Parado yo sobre la banqueta, en valla con otros espectadores, vi pasar a Golde a medio metro de mí, a la cabeza del pelotón, por el cruce de las calles Sonora y Amsterdam de la colonia Hipódromo Condesa. Dije vi; sería más exacto: olí. Olí pasar a Golde. No habrá de disiparse, está inmarcesible o fresco en mi memoria el tufo maratónico que Golde me dejó a su paso mientras iba rumbo a la avenida Insurgentes, rumbo al Estadio Olímpico de CU, rumbo a lo inolvidable, rumbo al oro.








