Condena inapelable
CapitolioGerardo Hernández
Desde que terminó su sexenio, el 30 de noviembre de 1994, Carlos Salinas de Gortari se ha dedicado, inútilmente, a lavar su imagen. Con libros y conferencias, dentro y fuera del país, busca demostrar que no es el villano que pinta la historia y que la crisis económica que sobrevino al cierre de su gobierno fue culpa de Ernesto Zedillo, no de él. El problema es que nadie le cree. Lo mismo pasa con Roberto Madrazo y Elba Esther Gordillo, a cual más de mendaz, perverso y truculento.
Si Salinas avanzó algo en su rehabilitación pública, el movimiento “Yo soy 132” le hizo retroceder al punto de partida. Los rostros más repetidos en las protestas juveniles, los nombres más vituperados en carteles y en redes sociales son los de Salinas de Gortari y Enrique Peña Nieto. Signo de que la sociedad no olvida ni perdona crímenes del pasado, por remotos o recientes que sean.
La película “Colosio”, estrenada en vísperas de las elecciones del 1 de julio, fue otro golpe al ex presidente y su círculo más próximo, formado en primer lugar por su hermano Raúl Salinas y en segundo por el todopoderoso jefe de la Oficina Presidencial, José María Córdova Montoya. Faltaron, por supuesto, otras figuras relevantes de la trama: Emilio Gamboa y Manlio Fabio Beltrones, premiados con una senaduría, el primero, y con una diputación el segundo. Fuero es poder.
Mas, como se ha visto, la gente tiene memoria. ¿Renunciará Salinas a su empeño de modificar la percepción que la mayoría de los mexicanos tiene de él? Debe tomarse en cuenta que ya no es el fantasma de Ernesto Zedillo el que busca exorcizar, sino el repudio de legiones que lo persigue y no lo deja ni a sol ni a sombra. La animadversión contra el ex presidente se transmitió de una generación a otra. Es lo grave para quien quiso pasar a la historia como el modernizador de México y terminó en villano.
¿Responderá con un nuevo libro? Tiene dinero para hacerlo, pero sería inútil. Los movimientos sociales, previos y posteriores a las elecciones, recuerdan a millones el tipo de gobierno que ejerció: autocrático, intolerante, corrupto. Ya que en México aún no se castiga con cárcel a las autoridades que roban y abusan del poder, como sucede en democracias más incipientes (Perú, por ejemplo), que al menos sea el juicio social el que condene a la vergüenza pública y al ostracismo. Además de creativo, “Yo soy 132” atinó al concentrar en Salinas y el candidato del PRI el sentimiento nacional contra una clase política francamente abominable.
La lección es para todos. No se puede faltar a las leyes, enriquecerse ni abusar del poder impunemente. Si faltan gobiernos y jueces que castiguen, existe una sociedad atenta que anota, sale a las calles y cobra en las urnas. Igual que Salinas de Gortari, cuyo descrédito trasciende fronteras, en los estados hay personajes que jamás serán rehabilitados. Entre las figuras más emblemáticas destacan Ulises Ruiz, Mario Marín, Tomás Yarrington y Fidel Herrera, ex gobernadores de Oaxaca, Puebla, Tamaulipas y Veracruz, expulsados para siempre ya de la escena política. A otros, de igual o peor catadura, se les premia con impunidad y posiciones en el Congreso. Es el caso de Ismael Hernández Deras, que sumió a Durango en una de sus etapas más oscuras y siniestras. Aun con fuero, el futuro senador no dejará de ser escoria.









