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Perros de escritores

El camaleón peripatéticoLuis Miguel Aguilar

¿Y estos nombres de perros? ¿Vas a tener uno? —pregunta el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo mientras revisa ciertos apuntes en una libreta.

—No, camaleón. Simplemente se juntaron el Día Mundial del Perro el sábado pasado (MILENIO on line) y el artículo de Xavier Velasco hace dos lunes, en estas mismas páginas, sobre su perro Boris. Recordé que llevo rato en la confección de una lista sobre escritores que tuvieron perros. Van algunos. Primero el nombre del escritor y luego el del perro en negritas aunque, se verá, varios de ellos habrían preferido invertir los sitios por el orden de importancia.

Robert y Elizabeth Barret Browning: Flush. (El diccionario Velázquez da en su entrada: “Fresco, robusto, lleno de vigor”. Virgina Woolf escribió toda una novela del mismo nombre sobre este perro. Cerca del final, y del final del perro, Elizabeth recuerda parte del poema de unas veinte estrofas que le había escrito a Flush, donde le da gracias “al verdadero [dios] Pan, que por las bajas criaturas nos alza hasta las cumbres del amor”.)

Miguel de Unamuno: Remo. (Le escribió un poema a su perro en el que llegó a usar el adjetivo “trágico” y creyó ver en los ojos de Remo la mirada final de Cristo.)

Vicente Aleixandre: Sirio. (Unamuno se preguntaba si no era Dios quien lo veía “desde lo hondo del alma de Remo”; Aleixandre en su poema “A mi perro” acaba por ver “algo como unos ojos misericordes”. Empieza: “Oh, sí, lo sé, buen Sirio, cuando me miras con tus grandes ojos profundos./Yo bajo a donde tú estás, o asciendo a donde tú estás/y en tu reino me mezclo contigo, buen Sirio, buen perro mío, y me salvo contigo”.)

Lord Byron: Boatswain. (Contramaestre. Era un labrador grande, color negro. Byron lo llamaba “Fénix de los Cuadrúpedos Caninos”. A su muerte le escribió este epitafio: “(Aquí) Yacen los Restos de alguien/Que poseyó la Belleza sin la Vanidad,/La Fuerza sin la Insolencia,/La Valentía sin la Ferocidad,/Y todas las Virtudes del Hombre sin sus Vicios”).

Victor Hugo: Lux. (Un galgo. Muchos años antes un amigo de la familia Hugo había muerto quemado, vestido con su ropa elegante para la noche. Hugo estaba seguro, por la mirada amable y profunda en los ojos del galgo, de que Lux era la reencarnación de ese amigo. Lux tenía silla en la mesa de los Hugo.)

Emily Dickinson: Carlo. (La poeta le escribió a su amigo y mentor Thomas Higgison: “Murió Carlo—. E. Dickinson. ¿Me dirías qué hago ahora?”.)

Rousseau: Sultán. (Tuvo otro perro antes. Leemos en el libro de David Edmonds y John Edinow, El perro de Rousseau [Península, Barcelona, 2007], el relato vuela-páginas sobre la ami-enemistad del mismo Rousseau y el filósofo escocés David Hume: “Le había puesto el nombre de Duque, título que según Rousseau merecía mucho más que quienes lo llevaban”. Tuvo que cambiarlo a Turco por evitarle la ofensa a su amigo el mariscal De Montmorency-Luxembourg, que también era duque.)

Thomas Hardy: Wessex. (Al morir su perro, Hardy escribió en su diario el 28 de diciembre de 1926: “—Noche. Wessex duerme fuera de la casa por primera vez en trece años”.)

Sigmund Freud: Jo-fi. (Una perrita raza chow, compañía constante de Freud durante siete años, luego de que su primera chow, Lun Yu, murió atropellada —para la familia, dolor “comparable en cualidad, aunque no en intensidad, a la muerte de un hijo”: Freud— en la estación de trenes de Salzburgo. Y Freud: “Los perros aman a sus amigos y muerden a sus enemigos; muy distinto de la gente, que son incapaces de amor puro y tienen siempre que mezclar el amor y el odio en sus relaciones de objeto”.)

Emily Brontë: Keeper. (Guardián. De modo paradójico, la autora de Cumbres Borrascosas, la más pequeña y escuálida entre los autores aquí mencionados, tenía el mayor perro de los que integran esta lista: un tremendo —por el tamaño— mastín. Leemos en el libro de Rebecca Fraser Las Brontës (Ballantine Books, NY, 1988): “Tan consumido estaba el cuerpo de Emily en el tiempo de su muerte que su ataúd medía sólo cuarenta centímetros de ancho. Su devoto Keeper… caminó en el breve cortejo de [las hermanas] Charlotte, Anne, los sirvientes y Mr. Brontë, detrás del ataúd de madera rumbo al cementerio en el viento calador. El perro fue llevado a la iglesia y al propio reclinatorio de las Brontës, donde se sentó calladamente mientras se leía el servicio funerario. Y durante la siguiente semana se acostó afuera del cuarto de Emily, y aulló”.)