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La filosofía latinoamericana es inexistente

Lo bello y lo tristeJulieta Lomelí Balver

Mucho se ha dicho de si existe o no una filosofía latinoamericana. Sin embargo, no sólo el pensamiento latino es al único al que se le puede plantear dicho dilema. Existirá filosofía en la India, por ejemplo, o incluso, en naciones primermundistas como Japón. La versión que la mayoría de los académicos defensores de la rigurosidad defienden, es que la filosofía nace en Grecia.

En su primer, carácter a-metódico, nace a partir de los presocráticos, de quienes sólo se conservan algunos fragmentos de su pensamiento. Posteriormente, la filosofía se torna, a partir de Sócrates y Aristóteles, esotérica. Fundadores ambos de un pensamiento de élite, los griegos extienden su dominio epocal hasta el nacimiento del cristianismo, el Medioevo y la edad Moderna, incluso en nuestros días, va sembrando sus esporas fuera en Europa.

No podemos negar que seguimos siendo, al menos en la tradición epistémica y axiológica, tan Europeos que incluso romper con ello sería romper con la estructura formal del lenguaje, del pensamiento mismo, lo cual es imposible. Sólo se podría atacar a Occidente desde las armas con las que éste se ha construido. Sería como derrumbar los ladrillos, pero darse cuenta, que los cimientos siguen ahí trazados, imborrables. Como aquél, que maldice al que le enseñó una lengua civilizada con la misma lengua con la que lo han civilizado. Nuestra filosofía latina no es la hija rebelde de la filosofía impuesta por la conquista, seguirla empatando a una visión tan regionalista me parece ofensivo.

Ante este compartimiento de posibilidades bilaterales mediadas por la conquista, Latinoamérica heredó, en aquel momento, la europea tradición de hacer filosofía. Por lo que en gran medida se creería que la filosofía latinoamericana, es una discusión de los grandes problemas, legados por la filosofía europea.

Sin embargo, esta aseveración resulta falaz dado que se estaría hablando de la filosofía desde un sentido fragmentario. Lo que intento decir es que la tradición filosófica ha de ser comprendida más allá de su discusión geográfica. Asumida como una tradición sólida de más de dos siglos, a la cual no se le puede desechar por no cumplir con las pretensiones ideológicas a las que se le quieren restringir en nuestro América.

La filosofía no es una ideología, no pretende ser un una disciplina que tenga una retribución directa con la realidad física. Tampoco intenta relacionarse con su pasado desde una base exigiblemente constatatoria. La filosofía no puede resolver la mediocridad social en la que está inmerso cualquier continente. Tampoco es una disciplina universal, sino una tradición compartida entre aquellos a los que les interese compartirla, costumbre, dicho de modo coloquial, legada hace cinco siglos por Europa.

Pero si se insiste en conferirle a la filosofía una etiqueta geográfica, quizá podríamos darle un propósito latinoamericano, convirtiendo su labor en una destrucción de la comprensión dicotómica, oscilante en la idea del dominado y el dominante. Sin embargo, dicha destrucción, tomando el ejemplo que Heidegger aplicaba a la historia de la metafísica, “no se comporta negativamente con respecto al pasado, sino que su crítica afecta al hoy (…) La destrucción no pretende sepultar el pasado en la nada; tiene un propósito positivo; su función negativa es sólo implícita e indirecta”.

¿Cómo comenzar a cambiar esta comprensión dualista que la tradición epistémica latinoamericana conserva? Primero es necesario asentir que tenemos una tradición lingüística, axiológica y socio-cultural heredada de Europa, y al mismo tiempo, una historia envuelta en el fastidioso proceso de ser los oprimidos del mundo, lo que ha otorgado mucho material a los intelectuales para generar una comprensión discursiva moldeada por el rechazo entero a seguir siendo los dominados del metarelato global.

Sin lugar a dudas es importante aceptar que somos culturalmente muy europeos, y que el hecho de interpretar la realidad desde una perspectiva dualista, no sirve de mucho. Sin demeritar el carácter crítico de los estudios latinoamericanos, considero que para transformar al mundo antes hay que comprenderlo desde categorías distintas.

El esfuerzo y la responsabilidad que tienen los filósofos originarios de Latinoamérica es, en primer lugar, dejar de sentirse los oprimidos del mundo, para posteriormente empezar a configurar planteamientos resolutivos, que derrumben la tradición epistémica dualista, donde todo se engloba en una hermenéutica del poder. Perdiéndose de esta manera en un tipo de telaraña conceptual en la cual dominado y dominante quedan enredados, sin salida alguna.

Olvidando el objetivo principal de la filosofía: un pensamiento competente, capaz de proyectarse más allá de nuestro continente.

julieta.lomeli.balver@gmail.com