La punta del iceberg
Barrio de pasionesAvelino Sordo Vilchis
El ISBN es el numerito que, dividido en cinco campos bien delimitados, aparece en la página legal y el código de barras de las contraportadas de los libros. Se trata de las siglas en inglés de «Número Internacional Normalizado del Libro» (donde lo de «normalizado» se refiere a normatividad y no a normalidad), que busca identificar individualmente cada libro que se edita en el mundo. La agencia internacional del ISBN, con sede en Londres —su lugar de origen—, organiza y administra a nivel global los números y cuenta con más de 160 países o zonas lingüísticas afiliadas. El ISBN de un libro vendría a ser el equivalente a su acta de nacimiento.
Los niños existen aún sin acta de nacimiento, aunque también es verdad que tarde o temprano les resultará necesaria. Lo mismo sucede con los libros: existen con o sin número de ISBN, pero es conveniente que lo tengan, pues si queremos distribuirlo en librerías o aún a las bibliotecas su acceso será más fácil. Es por ello que resulta exagerado asegurar que «El CECA publica libros “inexistentes”», como tituló El Informador un amplio reportaje el pasado miércoles 4 de julio, donde reveló que los libros que publica el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes (CECA), llevan números de ISBN que no cumplen con la norma actual.
Resumiendo: desde hace algunos años el CECA le ha tomado gusto a jugar al editor. Para conseguir ISBNs acuden a una dependencia de la Secretaría General de Gobierno que, sin hacer esfuerzo alguno por justificar su nombre, sobrevive bajo la denominación de Dirección de Publicaciones. Y sí, ellos se los otorgan, con la salvedad de que se trata de números de diez dígitos tramitados hace seis o siete años: lo que significa que en la Dirección de Publicaciones del gobierno estatal no están enterados de que a partir del primero de enero de 2007, la Agencia Internacional del ISBN cambió, por razones técnicas, los números de diez a trece dígitos.
El reportaje ubica el meollo del problema en el hecho de que dependencias del gobierno de Jalisco editen libros con ISBNs espurios o, por lo menos, caducos. Sin embargo, en realidad el problema no existe —y esto evidentemente lo ignoran todos los entrevistados para el reportaje, incluyendo a los burócratas de la instancia de la SEP que se encarga de administrar los ISBN en México—, puesto que la página de la Agencia Internacional del ISBN ofrece procedimiento sencillo y gratuito para convertir los números de diez a trece dígitos. Asunto arreglado. Lo interesante del caso es que el reportaje dejó al descubierto un par de problemas que sí lo son. Y graves.
El primero tiene que ver con los criterios de nuestros gobernantes para nombrar funcionarios. Es como aquel noticioso de Les Luthiers que anuncia los nuevos ministros: agricultura, almirante fulano; vías navegables, general del aire mengano; cultura, cabo primero zutano. Si nos atenemos tanto a su invisible trabajo a lo largo de los cinco años que lleva el sexenio, como a sus declaraciones para el reportaje citado, resulta que el director de publicaciones del gobierno del estado de Jalisco, no sólo carece de antecedentes o formación en el área, sino que ignora los más elementales rudimentos del oficio. No sé que opinan ustedes, pero ése sí es un problema.
El segundo se refiere a la necedad de los encargados del CECA —que data de los olvidables tiempos de Martín Almádez— de jugar a que son editores, atropellando cuanta ley se les interponga. El Consejo es eso: un consejo, no una entidad ejecutiva. Los apoyos que otorgan a los artistas son eso: apoyos a personas, no el medio para financiar un pseudo programa editorial. Y el mecanismo es perverso: te doy un apoyo en dinero, sólo que me lo quedo para editar el libro con mi sello y, además, no esperes que lo promueva o distribuya, pues no me compete. Así, es claro que el problema de los libros del CECA no está en los ISBN antidiluvianos.
El verdadero problema son sus atrabilarias políticas de autoservicio.








