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Leninismo montaraz

Analecta de las horasAriel González Jiménez

Pocos antes de las elecciones, por la calle vi un auto que llevaba una pancarta en el vidrio trasero. Decía más o menos: “Si gana Peña, ahora sí el fin del mundo en 2012. Vota AMLO”.

Días después, el candidato del PRD y PT firmó un acuerdo junto con los otros tres aspirantes a la Presidencia ante el Instituto Federal Electoral. En él se comprometía a respetar el resultado que arrojaran las urnas, “sea cual fuere”.

Que lo haya suscrito, en su momento me dio una gran tranquilidad, porque supuse que lógicamente no querría volver a actuar como en 2006. Si la gente vota por Peña —me dije—, López Obrador se comportará como un demócrata y asumirá que la gente votó por el fin del mundo. Pero como en la lógica del automovilista que mencioné y en la de su candidato eso es imposible (Peña es algo así como el anticristo y desde luego ningún buen cristiano votaría por él), el triunfo del priista solo puede obedecer a la masiva “compra de votos”.

Ahora que ha impugnado el proceso electoral argumentando especulaciones diversas y mostrando pruebas por demás risibles, lo que sigue es penosamente previsible. Ayer mismo, sus correligionarios presentaron ante el IFE un juicio de inconformidad para solicitar al Tribunal Electoral que declare la invalidez de la elección presidencial.

La presentación del recurso fue acompañada —dice una nota de MILENIO— “de decenas de cajas con documentos, carpetas, utilitarios, electrodomésticos, despensas, contratos, fotografías y videos, lo cual deberá ser remitido de inmediato al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF)”.

Obviamente ésta es la impugnación real, es decir, la mediática, la que consignarán los medios y comunicadores afines a López Obrador, la que le dará la vuelta al segmento de las redes sociales que lo apoyan, la que registrarán algunos corresponsales extranjeros que no se tomarán la molestia de investigar qué tan probatorias son las “decenas de cajas” llevadas al IFE. Ésta es, también, la imagen que algún cineasta progre recuperará para su próximo documental, que a su vez será testimonio de la “masiva compra de votos” y referente de nuevos comentaristas indignados.

La maestría propagandística del movimiento que encabeza López Obrador es uno de los pocos rasgos que le quedan de la izquierda, no de una izquierda moderna, claro, sino de aquella de las catacumbas que podía no tener ningún escrúpulo a la hora de mostrar su verdad y desenmascarar las mentiras del “régimen burgués”. Y si era necesario exagerar o incluso falsificar los hechos, estaba plenamente justificado. Nadie como esos viejos comunistas para hacer válido aquello de que los fines (justicieros y en beneficio del pueblo) justificaban cualquier medio.

Me temo que los que llevaron (no los que las cargaron) esas cajas al IFE saben perfectamente que no contienen pruebas que puedan sustentar la invalidación del proceso electoral, pero aun así las presentan porque su objetivo es deslegitimar ante la opinión pública el triunfo de Peña Nieto. De paso, ni modo, tendrán que buscar deslegitimar al Tribunal Electoral como ya lo están haciendo con el IFE.

El previsible rechazo que haga el Tribunal Electoral de las pruebas reunidas no hará sino confirmar, a ojos de nuestros progresistas, que las instituciones electorales se han puesto al servicio no ya de la “burguesía” (término demodé), sino nada más de los “grupos oligárquicos que gobiernan al país”.

¿Qué harán entonces? Su leninismo montaraz, que es lo poco, aunque inconsciente, que veo en ellos de izquierda, les dictará lo que mejor saben hacer: tomar la calle, generar más histeria antipeñanietista en las redes sociales (que dicen lo que la “prensa vendida” calla), bloquear o secuestrar el Palacio Legislativo y, por supuesto, intentar impedir por la fuerza (a gritos y empujones) la toma de protesta como Presidente de la República de Enrique Peña Nieto. Así, la combinación de la lucha legal con la ilegal, de la que tanto gustaba el camarada Lenin, se verá felizmente realizada.

Ahora bien, entiendo que en sus febriles aspiraciones crean que 15 millones de votos les dan derecho a poner en marcha todas estas acciones como parte de lo que llaman el Plan Nacional para la Defensa de la Democracia y la Dignidad de México (después de todo, Lenin ya hubiera querido tener 15 millones de votos para tomar el Palacio de Invierno).

Sin embargo, en lo que sí no tienen ninguna inspiración leninista es en su incapacidad para reconocer sus propios triunfos (que no son pocos). Si don Vladimir pudiera ver a los representantes del Movimiento Progresista, no sería difícil que concluyera que se trata de las víctimas más cerriles de la enfermedad infantil del izquierdismo en el priismo (del que casi todos sus dirigentes provienen).