¡Aquí estruendópolis!
Carta de Esmógico CityJosé de la Colina
Por si algo faltara, Esmógico City es además la capital del ruido. De diversas maneras, en la megalópolis se asesina al silencio…. o al silencio poblado de rumores naturales o citadinos, pues por todas partes se impone el ruido de la civilización; el cual, ¿por paradoja?, resulta muy incivil.
Además de ya ser enloquecedora por el estruendo de los vehículos automotores y sus bocinas, la ciudad salida de madre está cada vez más ocupada por un comercio llamado ambulante (aunque ni ambula ni permite ambular): el de la venta de aparatos y discos piratas y de falluca, esos emisores de aullidos y tamtams brutales, y usted no lo evita ni metiéndose bajo tierra, es decir en el Metro, donde lo ensordecerá la alta y mal sintonizada música de los andenes, y luego, ya viajando en el vagón, le tocará oír a algún mendigo que amplía su pregón vociferante con un altavoz electrónico a todo volumen; y si entra a una tienda-cafetería, lo asaltará, desde el lugar de los aparatos electrónicos, un aullante rock o un mariachazo de trompetas y voces energúmenas; y si se refugia en un bar, lo asaltará otro estruendo brutal: el de las porras del futbol y el vociferar de locutores de la tele que compiten en desgañitarse alargando más el aullido del ¡goooooool. Y, anótelo usted de paso, no hay escapatoria: si, mermando mucho los ahorros, va usted de vacaciones al mar para disfrutar en la playa del rumor del oleaje, del viento y de las gaviotas, junto a usted se instalará un chavo con una radio que con todos sus decibeles destruirá el silencio matizado de los susurros y rumores regalados por la madre Naturaleza. Entonces, a resignarse: ¡Estruendópolis está en todas partes!
Y si, en el vagón del metro o en la playa, usted pide al chavo que, por favorcito, baje un poco el volumen del aparato, o que use audífonos, el chavo le dirá que este es un país libre, que él está en su derecho y que, si a usted no le gusta, váyase mucho a… comprarse su playa o su automóvil. Y sería peligroso intentar darle una lección cívica diciéndole que la libertad es cosa relativa, pues el derecho de cada individuo termina allí donde comienza el de otro.









