Edición:

Las chapitas de Dante

El camaleón peripatéticoLuis Miguel Aguilar

Pues la lectura de este pequeño y disfrutable libro de Franc Ducros, Claves poéticas de la Divina Comedia (Trad. Dulce Ma. Zúñiga, Ficticia, 2011) —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— nos trajo aquella vieja idea de hacer un texto que toque o recoja algunos de los momentos, cómo llamarles, cotidianísimos en el poema de Dante Alighieri. ¿Los tienes?

—Antes que nada, camaleón, detengámonos en una de las revelaciones del libro de Ducros, donde dice que Dante “inventó un metro poético, una medida prosódica que es el equivalente verbal del paso del hombre”. Es, claro, la terza rima, la tercera rima. Pero Ducros la redescubre así: “Igual que en el paso hay un pie y otro, hay una primera pareja de rimas que llamaremos A-A. Así como en el paso hay entre uno y otro un pie vacío, entre esos dos versos hay otra rima que será B. Después ese vacío que por movimiento se lleva hacia adelante la rima del medio, va a desplazarse adelante. Provoca otra rima que sería B-B y entre las dos habrá una C, que será un vacío; después C pasará a ser C-C. Allí tenemos una invención prosódica absolutamente genial ya que Dante, al inventar la terza rima, ha hecho ir a la lengua al paso del hombre. Con ese metro poético el poema avanza como el hombre. Nos hace sentir en la palabra el equivalente del movimiento que hacemos cuando caminamos… Un paso formado por tres términos: un pie, el otro pie y el vacío”.

—Bueno: la cosa me concierne porque a fin de cuentas el poema de Dante es un continuo peripato. Pero íbamos a lo cotidianísimo en la Divina Comedia. De los tres casos que aislaste hace tiempo, uno lo llamaste “Ficas” incluso en un poema.

—Sí, camaleón. No recuerdo en cuál canto del Infierno (y te agradecería que en nuestro caso no lo busquemos: es el XXIV o XXV, pero siempre lo he preferido así, sin precisarlo), un ladrón terrible y a la vez grotesco apunta con los dedos al cielo para blasfemar y hacerle la “fica” a Dios antes de que lo sometan de nuevo a castigo las serpientes que torturan a los pecadores en el infierno. La “fica” es meter el dedo pulgar entre el índice y el anular: una referencia a penetrar la fica, el higo, en alusión al órgano sexual femenino. Entonces, el ladrón le hace al mismísimo Dios la seña obscena mientras le dice: “¡Tómala, Dios, que te la squadro!”. Siempre me ha sorprendido este albur blasfemo, este momento de cruda obscenidad cotidiana en la Divina Comedia.

—Tu segundo pasaje es el del Cancerbero.

—Así es, camaleón. Dante y su guía Virgilio no pueden traspasar las puertas del Infierno porque el Cancerbero, el perro de tres cabezas, se los impide y amenaza con atacarlos. Uno pensaría: Virgilio, que ha guiado tan bien a Dante por el Infierno, hasta ahora al menos, podrá resolver el asunto con alguna invocación o recurriendo a una clave secreta o meramente dominando al Cancerbero con altas y serias órdenes. Y no: Virgilio, como si el Cancerbero fuera cualquier perro loco que sale al paso en la calle y viene a morder, toma montones o puñados de tierra del suelo y los lanza al hocico o a los tres hocicos del Cancerbero: ahora sí que lo agarra a terronazos, ‘nche perro.

—Pero quizá tu momento cotidianísimo preferido en la Divina comedia ocurre en el primer canto del Purgatorio.

—Sí. Virgilio y Dante acaban de salir del Infierno y van a entrar al Purgatorio. Ahí se les aparece un hombre venerable que entre algunas cosas le explica a Virgilio que Dante no puede entrar al Purgatorio, puesto que luego seguirá al Paraíso, sucio de infierno como está y que debe limpiarse previamente. Uno pensaría que Dante, instruido por Virgilio mientras reanudan su camino luego de oir las palabras del viejo, habrá de bañarse en un río especial o en una fuente purificadora o en un ojo de agua ultraterreno. Ocurre entonces esta (para mí) inesperada maravilla: Virgilio va a un pradito de hierba donde aún no pega el sol —ya amaneció— y por tanto el rocío no se ha derretido aún; se moja las manos en él y luego se las pasa a Dante por la cara, mejor dicho: Virgilio le limpia a Dante sus chapitas, cubiertas por —llamémosle así— el tizne del infierno. Basta una pasadita de rocío para quitarle a Dante “el color que el infierno me había escondido”.