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Y ahora, ¿qué hacemos?

Roberta Garza

El PRI hubiera llegado al poder con EPN o con AMLO; creer que ese Morena nostálgico de los setenta, atestado de operadores de la vieja dictadura y con el mismo discurso mesiánico, autocrático y refractario a la crítica podía representar otra cosa —algo así como un cambio verdadero— es solo eso: creer. Ahora bien, descontando las rabietas a imagen y semejanza del Mal Menor de los 132 golems y de sus sucedáneos, el asunto a partir de ahora es, ¿qué tipo de bicho será, una vez en la silla, Enrique Peña Nieto?

Los mecanismos de poder del viejo PRI ya no son los mismos; el clientelismo y el corporativismo siguen tan rozagantes como antes, pero la opacidad, la censura y el control total de la vida pública no tanto.

El país ha cambiado, ni duda cabe, pero no puede saberse si lo suficiente; parecemos estar en ese punto medio donde un retorno al pasado que algunos recordamos con horror es tan posible como un brinco a la civilidad: los mexicanos nos desgarraremos con todo la túnica de demócratas, pero el cochupo, la mediocridad y la tranza son lubricantes de amplio uso popular, en modo alguno exclusivos de los gobiernos que han ido y venido.

Eso no va a cambiar en un sexenio, quizá ni en dos, pero la aplicación no electorera de la ley y la puesta en marcha de políticas públicas visionarias e inteligentes (¡ayyy!) puede hacernos cruzar el umbral; dice EPN que quiere abrir Pemex a la inversión privada, lo cual es celebrable; aunque falta ver los cómos la postura por sí sola se aleja de este nacionalismo pendéjico tan cercano al corazón del país. Por otro lado, en Tlalnepantla de Baz, porros priistas entraron sin decir agua va a una casa donde estaban simpatizantes del candidato perredista a la alcaldía para agarrarlos a madrazos, incluyendo al padre diabético y de 70 años del candidato en cuestión. ¿Y? Nadie del tricolor a nivel local o estatal ha dicho esta macana es mía. Quizá estaban demasiado ocupados celebrando su triunfo.

La renuencia, pues, es fundada, a pesar de las promesas de Quiquito de no hacer travesuras. El problema aquí es, ¿cómo generar, en un país donde la oposición, la protesta y la denuncia son tan burdas, tan poco inteligentes, tan identificadas con agendas políticas de dudosa reputación, un proyecto de vigilancia genuinamente independiente, acucioso, insobornable, laico, propositivo y lúcido para que cualquier intento de regresar a las cavernas de antaño se tope con pared y no solo con marchas de pacotilla?

Allí está el detalle.

Twitter.@robertayque