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Auden para estos días

El camaleón peripatéticoLuis Miguel Aguilar

Entro al cuarto donde escribo y me encuentro este recado del camaleón peripatético: “Te dejo algunas entradas del poeta inglés W. H. Auden sobre asuntos políticos. Es un Auden para estos días. Las entradas vienen de dos libros, La mano del teñidor (1962) y El prolífico y el devorador (1939; públicado póstumamente, 1981), y de los tomos II y IV de su prosa en las obras completas. Sale”.

* No puede haber democracia a menos de que cada uno de nosotros acepte el hecho de que en último análisis vivimos nuestras vidas solos. Solos escogemos, solos somos responsables. Mucha gente intenta olvidar su soledad, y se rompe la cabeza y el corazón contra eso. Para usar un símil de Kierkegaard: “Sólo aquellos que aceptan su soledad pueden ser sustantivos o verbos: aquellos que la rechazan se quedan meramente como adjetivos, conjunciones, adverbios”.

* D. H. Lawrence aconsejó para la política: “La rabia a veces es justa, la justicia nunca es justa”. Me parece un consejo admirable para amantes, pero en términos políticos sólo querría decir: “Acaba con aquellos que no estén de acuerdo contigo”.

* En una cuestión política partidaria, los partidos coinciden en cuanto a la naturaleza y la justicia de la meta social que debe alcanzarse, pero difieren en sus opiniones sobre cómo alcanzarla. La existencia de diversos partidos se justifica, en primer lugar, porque ningún partido por sí solo puede ofrecer pruebas irrefutables de que su línea es la única que alcanzará la meta deseada por todos y, en segundo lugar, porque ninguna meta social puede ser alcanzada sin que medie sacrificio de algunos intereses individuales o de grupo, y es natural que cada individuo y grupo social persiga una línea que mantenga sus sacrificios en un mínimo, y albergue la esperanza de que si algún sacrificio debe realizarse, sería más justo que lo realicen otras personas. En una cuestión partidaria cada partido busca convencer a los integrantes de su sociedad, principalmente haciendo un llamado a su razón; moviliza datos y alegatos para convencer a otros de que su línea tiene más probabilidades de alcanzar la meta deseada que la de sus contrarios. En una cuestión partidaria es esencial que las pasiones se mantengan a bajas temperaturas. Evidentemente una oratoria eficaz requiere de ciertos llamados a la emoción del público, pero en política partidaria los oradores deben exhibir la pseudo-pasión del fiscal y del abogado defensor, y no perder los papeles. Fuera del Parlamento, los representantes opuestos deberían ser capaces de invitarse mutuamente a cenar a sus casas; la política partidaria no tiene lugar para los fanáticos.

* P. ¿Estás dispuesto a no tener nada que ver con la política en sentido estricto?

R. A mi modo de ver, hay otras cosas que me interesan más y para las que me considero más preparado. Pero esto es puramente personal. Naturalmente, creo que es de extrema importancia que la gente participe en política, siempre que haga algo constructivo: política municipal, por ejemplo, o antropología social, descubriendo cómo son realmente los electores, o en obras públicas, o sacando a la luz asuntos desagradables, o lo que corresponda. La clase de política que me parece más peligrosa es la de pura oposición. La oposición y la crítica son necesarias y valiosas, pero en mi opinión la izquierda emplea demasiado tiempo en manifestaciones de protesta, un error que le costará caro, me temo, ante el electorado.

* P. Pero, de hecho, los partidos políticos existen. ¿Crees que no importa a quién apoyes o por quién votes?

R. Sí, creo que importa, pero la elección depende de los criterios particulares. Hay cuatro factores que se deben considerar:

1) La naturaleza general del programa del partido.

2) La estimación personal de la capacidad del partido, si gana, para cumplirlo.

3) El carácter y la capacidad de los dirigentes del partido.

4) El carácter y la capacidad del candidato local.

Al sopesar mi voto, adoptaría el siguiente orden de importancia para estos elementos: 3-1-2-4.