Steiner y el sueño de la cultura
Lo bello y lo tristeJulieta Lomelí Balver
En 1838 escribía taciturno Théophile Gautier lo siguiente: No lejos de París, en el campo, un crepúsculo, // cuando andaba siguiendo el carril de un camino, // siempre a solas conmigo, y sin más compañero// que el dolor, que a mi lado me tendía la mano.
No son acaso las anteriores palabras un clamor desesperado, el de un hombre tras la búsqueda de algo, de lo que fuere, para conferir una tensión especial a su aburrida y solitaria vida, ésta que transcurre tras el seguimiento del carril de un camino. El dolor provocado por el ocio es siempre absurdo, pero ¿no es más absurdo el ocio sin dolores inventados? La hipocondría de algunos fue el escape a la inercia de todo un siglo. Baudelaire sufría de “horror al tedio y el deseo inmortal de sentirse vivo”. Al poeta francés le desgarraba el alma ser víctima del ennui de la época. El spleen era el padecimiento ambiguo, no sólo de Baudelaire, sino también de muchos otros que podrían acaso, después de un siglo, considerarse genios.
En El castillo de Barba Azul, George Steiner escribe que el edén de la cultura occidental se había situado entre 1820 y 1915. Sin embargo, para muchos, el exceso de perfección se convertía en un infierno idílico, era necesario cuanto antes romper aquélla rígida estructura. Ante tal pretensión de quiebre nacería entonces, dentro del plano estético, una de las más importantes expresiones literarias de todos los tiempos: el Romanticismo.
La pregunta de Steiner es simple ¿cuál es el estado originario del hombre?, la condición que subyace a él, ¿será acaso la de su humanidad? La domesticación del siglo XVII, ésta que trajo consigo la fiebre de las teorías humanistas, del hegelianismo progresista y otras tantas esperanzas que la técnica y la ciencia prometían ¿detuvieron el asalto de la Primera Guerra Mundial, o la posterior construcción de los campos de concentración en Auswitchz? Ahora bien, el acervo cultural occidental: las magnánimas catedrales, el férreo cristianismo que defendía el cuidado del prójimo, las monumentales obras literarias y la ideología ilustrada ¿pararon la mentalidad destructora de un Hitler?, ¿de un Mussolini?, ¿los humanizaron?
Steiner considera que el hombre no puede vivir más de un siglo en completa quietud, la estabilidad no es de modo alguno su condición natural. Aquel “verano sin nubes” que duraría casi 100 años, podría haber sido destruido no sólo desde la ya mencionada provechosa faena poética, sino también desde el peor de los acontecimientos de los cuales el hombre es capaz: la guerra. Pero, ¿qué era lo que ésta, en concreto –la Segunda Guerra Mundial–, quería aniquilar?
Lo que la peor de las guerras parecía extirpar no era al judío común, sino más bien la herencia cultural que éste había ido insertando en occidente.
De modo que la cultura, entendida en el sentido de herencia artística, humanista, religiosa y pedagógica, no engendra mejores personas ni siembra la paz. Gran parte de los campos de concentración “encarnaban a menudo, hasta en minuciosos detalles, las imágenes y crónicas del infierno representadas en el arte y el pensamiento desde el siglo XII hasta el siglo XVIII. Desde los mosaicos de Torcello a los paneles de Bosch”. El antiguo testamento sirvió también de gran influencia para la incineración del alma judía. Auschwitz, según Steiner, “representaba el traslado del infierno desde el mundo subterráneo a la superficie de la tierra”.
¿Será entonces, que la gran cultura occidental, ésta que se había forjado a lo largo de varios siglos, haya, de una vez por todas, sido destruida desde su propia estructura interna? Steiner considera que habitamos una cultura disminuida, o una poscultura donde lo significativo que conducía a la Humanidad hacia el sueño del “verano sin nubes” ha sido arrancado lentamente.
La poscultura nos sitúa ante una cotidianidad gaseosa, volátil. El arte contemporáneo lo demuestra de modo claro: el happening, el performance, la literatura pop e innumerables objetos estéticos actuales dejan ver “su énfasis puesto en la inmediatez, en la irrepetibilidad y el medio efímero de la obra”. Tal actitud que reniega de la perdurabilidad es llevada a todos los ámbitos de la existencia actual.
Steiner se pregunta si esta cotidianidad fugaz desde la cual camina el hombre de finales del siglo pasado es favorable o no , el diagnóstico parece ser negativo. Una “utopía de la inmediatez” sólo puede dar como resultado el enaltecimiento de la destrucción. Y si la poiesis contemporánea está emparentada con la muerte, la tradición clásica también lo está. El olvido de lo clásico también denota el abandono de una forma de vida, la actitud de perdurabilidad con la cual el pasado fue construido. Y ante la amenaza de constante destrucción, sólo quedaría como solución a la fugacidad confeccionar una estética del instante, donde, como alguna vez diría el colombiano Gómez Dávila, “construyamos en granito nuestras moradas así sean las moradas de una noche”.
Y si bien es imposible que este desgaste de los grandes iconos de la cultura occidental clásica retornen a legitimar este siglo, la Humanidad seguirá su curso hacia sendas no recorridas anteriormente. A pesar de la nostalgia de algunos poetas, músicos, literatos, de filósofos, quienes a÷un giran la mirada en retrospectiva; la mirada de la mayoría apunta hacia adelante, hacia el desvelamiento de nuevas estructuras. “No podemos volvernos atrás, no podemos permitirnos los sueños del no saber. Abriremos la última puerta del castillo”, aunque ésta nos lleve a la perdición, o a un nuevo edén. “Porque abrir puertas, es el trágico mérito de nuestra identidad”.








