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El enano iracundo

Sentido contrarioHéctor Rivera

Joseph Goebbels era conocido como “el enano venenoso”, “el Mefistófeles del nazismo”, “el enano iracundo”, “el demagogo”, “el cojo satánico” y “el carnero”. El ministro de Propaganda de Adolfo Hitler escribió con todo detalle la historia de su vida en 32 volúmenes de un diario, desde 1924 hasta 1945, incluidas sus muchas aventuras sexuales. Se sabe que era el más odiado entre todos los próximos al Führer. Frío, duro y malévolo, era dueño de la palabra. Hablaba con gran aplomo, con voz muy fuerte y largas pausas. Ordenaba a quienes le escuchaban, los amenazaba, los intimidaba con un gesto adusto y una mirada directa y punzante, a diferencia de Hitler, empeñado habitualmente en un discurso de convencimiento, de seducción desde la autoridad. Hagan lo que se les pide, obedezcan, sean dóciles, les pedía a las multitudes enardecidas.

Goebbels encubría con todas sus obsesiones, entre ellas la pulcritud en el vestir, sus carencias físicas y sus complejos. Su estatura no llegaba al metro 60 y cojeaba discretamente del pie derecho por las secuelas de una poliomielitis infantil. A pesar de sus evidentes defectos, que lo alejaban de la imagen de perfección física y superioridad que reclamaba para los alemanes en sus largos discursos, logró llegar hasta la más estrecha cercanía con Hitler. Le servía, lo procuraba, lo lambisconeaba, lo cuidaba, trataba de adelantarse a sus pensamientos. Detestaba el arte y la cultura y era capaz de construir las mentiras más convincentes mientras ejercía un férreo control sobre el cine, la literatura, las artes plásticas, la música, el teatro, la radio. Nada sucedía en aquella Alemania sin su autorización.

En las horas confusas del atentado del 20 de julio de 1944 fue él quien consiguió poner a salvo a Hitler y al nazismo entero con una reacción inmediata que les costó la vida a los involucrados, con el aristocrático Claus von Stauffenberg a la cabeza.

Odiado y temido, con su cara flaca y sus cabellos engominados, concibió y llevó a efecto en 1933 las quemas de libros y objetos de arte que los nazis consideraban arte degenerado. Estuvo también detrás de la llamada “noche de los cristales rotos”, en noviembre de 1938. La violencia era lo suyo y la hacía valer como argumento del nazismo siempre que podía. Dueño de vidas, con miles de ojos a su servicio, mandaba matar sin asomo de piedad o arrepentimiento. Ordenaba incinerar, mutilar, encarcelar a quien le venía en gana.

Fue Goebbels quien hizo acudir a su oficina en el ministerio de Propaganda a Fritz Lang, el genial realizador de Metrópolis, para amenazarlo y exigirle que rehiciera por completo su película recién terminada El testamento del doctor Mabuse, en la que los personajes del bajo mundo se expresaban con frases del repertorio de Hitler. Era Goebbels quien acosaba a Leni Riefenstahl, la responsable de la maquinaria fílmica del nazismo, para hacerla figurar en la larga lista de sus amantes.

De sus tropelías el ministro de Propaganda de Hitler nunca rindió cuentas ante nadie. En los juicios de Núremberg sólo fue una referencia permanente asociada con cada uno de los excesos sanguinarios del nazismo.

Cuando la causa de Hitler se veía completamente perdida y el deteriorado líder nazi preguntaba a sus más cercanos sobre la fórmula del suicidio más rápida y eficaz, Goebbels y Magda, su esposa, les metieron cianuro en la boca a sus hijos mientras dormían el sueño de los inocentes bajo los efectos de un sedante. Luego ambos siguieron los pasos de su líder rumbo al infierno. Dos días antes había hecho las últimas anotaciones en su diario.

Cuando los rusos llegaron hasta las ruinas del bunker de Hitler en Berlín se entregaron a la búsqueda de todo tipo de documentos. Empacaron sus hallazgos y se los llevaron a Moscú. Ahí, en un atestado archivo, fueron localizados en 1992 los diarios completos de Goebbels, perdidos durante 47 largos años que vieron circular sólo fragmentos y algunas falsificaciones.

Pero el siniestro Goebbels sigue siendo un enigma para los historiadores. Según Peter Pulzer, un experto en el tema del nazismo que trabaja para la universidad de Oxford, el ministro de Propaganda de Hitler escribía sus diarios pensando que serían publicados, por lo que habría escamoteado toda la información que no lo hacía quedar bien parado ante la Historia.

Otro investigador, Peter Longerich, hurgó durante un buen rato en los 32 tomos de los diarios y reunió sus conclusiones en un volumen de más de mil páginas titulado Goebbels que está llegando ahora a las librerías. Algo de luz caerá por fin sobre la temida figura de quien vivió siempre entre las sombras.
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Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa.