Peña Nieto o López Obrador
Jorge Medina Viedas
México ha hecho de su coyuntura electoral un momento histórico. Está por decidir un largo tramo de su futuro. La disputa enfrenta a dos proyectos, el que representa el PRI y el que encarna el PRD, ambos nacidos y forjados en las estructuras y en la cultura del viejo régimen.
La candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, ha buscado convertirse en una tercera vía. Es lógico su propósito, pero no exitoso. Hay demasiada intemperancia para exigirle al ciudadano tal imaginación política. El actual, la confrontación entre el PRI y el PRD, era un escenario previsible. Aún están vivos los resabios del pasado, pesan en el ánimo de varios de los protagonistas los agravios entre la élite del PRI que se desmembró en 1987.
Esta es la realidad que estamos viviendo. Un conflicto mucho más profundo y extendido en la mayor parte del cuerpo social del país, que si bien ha sumado nuevas diferencias y nuevos actores, los principales protagonistas del conflicto son ramas del mismo árbol que buscan emerger en nuevos territorios y con nuevos retoños.
Pese a la diferencia notoria de edad, Enrique Peña Nieto (44) y Andrés Manuel López Obrador (58) son las expresiones de esos rebrotes del PRI.
Enrique Peña Nieto representa el pragmatismo actualizado del PRI. Se convirtió en figura política en medio de la crisis del partido y encarnó a una generación de priistas, varios de ellos gobernadores en funciones, que se saltaron a las viejas generaciones del PRI, sin alcanzar a deslindarse de sus prácticas añosas.
Con la fuerza de estos grupos, apoyado en una fuerte y eficaz campaña mediática, Peña Nieto impuso por consenso su candidatura a un partido victorioso electoralmente en los estados y en las cámaras, con cuadros y militantes ansiosos de regresar a Los Pinos. Precandidato y candidato siempre puntero, no ha tenido sosiego; ha sido el enemigo a vencer y ha enfrentado el acoso feroz e implacable de sus adversarios. En su contra se ha constituido un frente amplio integrado por el gobierno panista, los partidos opositores, medios, conductores de radio y tv, parte del movimiento de los 132 y académicos del PRD, activistas en las redes y en varias universidades del país.
Éstos le han estigmatizado como el candidato que representa el pasado autoritario y la corrupción. Al acoso y a algunos descalabros, Peña Nieto ha respondido con propuestas. Ha ofrecido una presidencia democrática y reformas que completarían la transición política del país. Ha tenido que enfrentar a la poderosa maquinaria opositora con pragmatismo, soltando lastres, conciliando y sumando fuerzas, tratando de preservar hasta el 1 de julio su ventaja. El priista ha recibido lecciones traumáticas.
López Obrador, sin abandonar nunca las esencias de la cultura de su partido original, el PRI, encontró en el PRD a una izquierda aun no convencida de la democracia, fraccionada políticamente e ideológicamente en el naufragio, por lo tanto, más susceptible y dispuesta a ser dirigida por caudillos, lo que López Obrador aprovechó para continuar con el estilo que impuso Cuauhtémoc Cárdenas, pero sin la solidez política ni la autoridad moral del ingeniero.
En sus años de dirigente del PRD y de jefe de Gobierno del Distrito Federal, no toleró a ninguno de sus críticos de dentro ni de fuera de su partido; se impuso implacable a todos sus adversarios, incluyendo al propio ingeniero y a Marcelo Ebrard, a quien lo puso en la tesitura de competir bajo sus reglas para la candidaturas presidenciales de 2006 y 2012.
Ambas candidaturas fueron golpes de mano. En esta última, antes de la elección interna del PRD, ya era de hecho candidato por el Partido del Trabajo, y usaba desde mucho tiempo atrás de la elección interna los tiempos de este partido en la televisión y en la radio.
Ha tenido la osadía, sin que nadie se lo objete, de controlar y utilizar prácticamente al partido patrocinado por su supuesto archienemigo, Carlos Salinas de Gortari.
En su propósito de alcanzar a Peña Nieto, ha utilizado el resentimiento y el odio contra el PRI. Por igual ha transmitido a sus seguidores entusiasmo por su candidatura que energía destructiva contra el PRI. Su baza principal es una honestidad porosa. Se nutre escatológicamente de información de todos sus enemigos; hace aspavientos, como si fuera jefe de una policía política del país, de conocer la vida privada de empresarios y políticos mexicanos; a todos ellos, con estilo elíptico, les envía sus mensajes amenazantes; con aires estalinistas somete a los miembros de su corte. Sus palabras, las más comunes, las que ocupan la atención de los medios, dirigidas al pueblo llano, buscan satisfacer las emociones de la masa y satisfacer sus apetencias: no les ofrece soluciones a sus problemas, les ofrece lapidaciones morales.
En eso consiste su energía destructiva: bañado en el sudor de las multitudes, promete una venganza justiciera y un populismo económico nacido de su imaginación fantasiosa y voluntarista.
Estos dos proyectos tienen el ADN priista. Pero no son lo mismo. Uno de los dos renacerá el 1 de julio.








