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… la red (social) con la que se mira

Analecta de las horasAriel González Jiménez

Primero alguien lo vio y lo comentó seguramente en su casa, en su trabajo o con sus amigos: desde cierto ángulo, viniendo por Insurgentes Sur y observando la pirámide de Cuicuilco da la impresión (repito: impresión) de que uno de los espectaculares usados en la campaña electoral de Enrique Peña Nieto se halla, ni más ni menos, que en la cima del vestigio Arqueológico.

Acto seguido, un fotógrafo, de La Jornada para más señas, fue y documentó el hecho. La imagen que captó acompaña el artículo de Elena Poniatowska y Jesusa Rodríguez que se publicó en el mismo periódico el pasado 18 de junio y donde se comenta ampliamente el asunto, pero dando por sentado que la imagen del nefasto Peña Nieto se encuentra efectivamente en el pináculo de la construcción prehispánica (que ellas creen, erróneamente, que se trata de la “más antigua de nuestro continente”).

Con esa convicción, consideran que “además de violar el entorno visual protegido por la Carta de Venecia, firmada por México, el anuncio es un insulto a la cultura mesoamericana y una bofetada a los mexicanos”.

Cualquier incauto que lea este artículo y el desarrollo que hacen Poniatowska y Rodríguez del tema (al lado de una fotografía que aparentemente no permite lugar a dudas y que reza: “Así luce ahora la cúspide de la pirámide de Cuicuilco”), asumirá de inmediato que su indignación es válida. ¿De qué privilegios goza el candidato priista para montar su propaganda en este monumento de nuestras culturas originarias? ¿Por qué el Instituto Nacional de Antropología e Historia permite tal situación?

En la lógica de las autoras del artículo, todo está claro, puesto que “el gobierno de Enrique Peña Nieto en el estado de México junto con el gobierno federal son los responsables del daño irreparable a las pirámides de Teotihuacan, porque en el año de 2009 perforaron las pirámides del Sol y de la Luna con 6 mil 575 taquetes expansivos y perforaciones de al menos 20 centímetros de profundidad”.

Si fueron capaces de tal atrocidad (discutible desde la obviedad de que no son las pirámides originales las que fueron perforadas, sino su recubrimiento moderno), ¿cómo no iban a serlo de montar la infame propaganda que daña el paisaje, el decoro y la dignidad de las culturas indígenas, el panorama de muchos lopezobradoristas decentes que viven por el rumbo?

Para Poniatowska y Rodríguez todo esto demuestra que después de 500 años, “la herencia tangible e intangible de nuestros ancestros ha sido y sigue siendo despreciada”. Y su conclusión, estremecedora, es que “por ahora, quien pase frente a Cuicuilco o visite la pirámide tendrá que tragarse la sonrisa irónica de un pobre político, ¿Peña pobre? no, Peña Nieto que parece decir: Todo esto es nuestro y en breve les vamos a ordenar a los mexicanos, con todo respeto, que desalojen nuestro país”.

El artículo de nuestras autores recibió una entusiasta acogida. Primero en la página web del diario y más tarde en las redes sociales, indispensables hoy día para toda lucha ciudadana que se precie de serlo. ¿Cómo son capaces? Miserables. ¡Qué horror! ¡Pero hay un Dios…! y expresiones de esa laya se multiplicaron.

Todo esto tendría digamos un sentido alentador o esperanzador (la prensa más los incorruptibles ciudadanos defendiendo una zona Arqueológica de las monstruosidades de un partido político que se cree dueño del país) de no ser porque el famoso espectacular de Peña Nieto que ofende la vista de Poniatowska y la Rodríguez está como a 500 metros, evidentemente fuera de la zona arqueológica y, accidentalmente, en su campo visual, lo mismo que montones de anuncios.

¿Cómo se construyó toda esta falacia? Pues con un fotógrafo que buscó el ángulo adecuado, unos comentaristas que refinaron ese ángulo y lo profundizaron editorialmente y lo convirtieron en real; más unos lectores y ciudadanos que se fueron con la finta y lo trajeron y llevaron a las redes sociales con todo e imagen incontrastable.

Así se construye hoy día buena parte de la realidad. No sé si esto sea para algunos una de las posibilidades de la democratización de los medios, pero sin duda es un ejemplo de cómo muchas percepciones, imprecisiones o datos directamente inventados se convierten en verdades colectivas y, a la postre, hasta lugares comunes. Es el mismo procedimiento que han seguido diversas informaciones que han destruido reputaciones o distorsionado groseramente eso que solíamos llamar realidad y que hoy, por momentos, parece un menú de aplicaciones o sugerencias al gusto del internauta, lector o miembro activo de las redes sociales.

Pero la realidad, por más que nuestros metafísicos de la propaganda o de la proyección ideológica a ultranza sigue ahí. Y es obvio que hay que reconstruirla todo el tiempo, porque de no ser así pronto nos quedaremos con una suerte de relativismo en el convendrá parafrasear aquello de que en este mundo traidor nada es verdad ni es mentira, sino que todo es según la red (social) con la que se lo mira...