Los molestos escépticos
La ciencia por gustoMartín Bonfil Olivera
A nadie le caen bien los escépticos, esos personajes que hacen de la duda su profesión. El escepticismo va directamente en contra de la fe: la creencia en algo sin necesidad de pruebas. Por eso es una de las herramientas fundamentales de la ciencia, y en general del pensamiento crítico.
Para ser útil, el escepticismo tiene que ser racional e informado. No se trata de rechazar neciamente todo dato nuevo, sino de exigir la evidencia suficiente para confiar en él. Sobre todo en los casos en que lo aseverado va en contra del conocimiento convencional: afirmaciones excepcionales requieren de pruebas excepcionales.
A diferencia de otras formas de pensar —la autosuperación, los esoterismos new age—, el científico hace todo esfuerzo posible para distinguir lo que es, los hechos, de lo que cree o lo que le gustaría que fuera.
Por eso exige evidencia y diseña instrumentos, pruebas clínicas, análisis estadísticos para reducir al mínimo los sesgos que sus creencias, prejuicios, opiniones y esperanzas puedan introducir en sus resultados.
Pero hay también quienes, sin ser investigadores científicos, cultivan el pensamiento crítico de manera regular, y dedican una parte importante de su tiempo a revisar las afirmaciones seudocientíficas que frecuentemente circulan en los medios, a recabar datos para contrastarlas, a criticar sus incongruencias y, en caso de hallar que no se sostienen, a denunciarlas y combatirlas. Se etiquetan a sí mismos como “escépticos”, y florecen en la blogósfera y las redes sociales.
Estos divulgadores escépticos cumplen un papel complementario al de investigadores, divulgadores y periodistas científicos. Los datos que recopilan son muy precisos y abundantes, y como los escépticos los comparten generosamente, resultan de gran utilidad en el combate tanto a seudociencias aparentemente inocuas —astrología, curaciones milagrosas, creencia en ovnis— como a otras realmente peligrosas: ideas como que el sida no es causado por un virus o que las vacunas son dañinas.
Sin duda, aunque a veces su crítica resulte molesta, la terquedad y meticulosidad de los divulgadores escépticos es necesaria. Y ocasionalmente, rinde importantes frutos.
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