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De James Joyce para Nora Barnacle

Día con díaHéctor Aguilar Camín

Acaba de pasar el Bloomsday, que se conmemora cada año en celebración del día 6 de junio de 1904 en que James Joyce conoció a la que sería su mujer, Nora Barnacle.

Joyce convirtió ese día dublinense en la materia interminable y única de su novela Ulises, cuyo personaje central es el señor Bloom, pero cuyo personaje mítico es la infiel y cachonda esposa de Bloom, Molly, cuyo soliloquio nocturno termina y culmina la obra.

Nunca he podido leer completo el Ulises, aunque lo frecuento como un libro de poemas para leer pasajes, a veces un párrafo, con frecuencia el monólogo de Molly Bloom, o la escena de Stephen Dedalus evocando la muerte de su madre.

Me sorprende siempre la extrema precisión de su lenguaje, su poder evocador y descriptivo de prácticamente todas las cosas. Acaso por ello sus pasajes eróticos tienen ese poder extremo que en su tiempo indujo a leer el Ulises, y a prohibirlo, como un libro obsceno.

Recibo ahora por el correo de Ricardo Bada lo que su amigo colombiano, Leon Gil, de Antioquia, titula “Tres cartas cochinas de James Joyce a Nora Barnacle”.

Las he turnado al sitio electrónico de Nexos para que los morbosos lectores puedan consultarlas completas y a su gusto.

A manera de provocación, y como un rodeo bienvenido, espero, a la obsesiva materia de los diarios del día, reproduzco un pasajes de la primera carta, cuyo original fue subastado en Sothebys por 500 mil dólares.

Querida, no te ofendas por lo que escribo. Me agradeces el hermoso nombre que te di. ¡Sí, querida,“mi hermosa flor silvestre de los setos” es un lindo nombre! ¡Mi flor azul oscuro, empapada por la lluvia! Como ves, tengo todavía algo de poeta. También te regalaré un hermoso libro: es el regalo del poeta para la mujer que ama. Pero, a su lado y dentro de este amor espiritual que siento por ti, hay también una bestia salvaje que explora cada parte secreta y vergonzosa de él, cada uno de sus actos y olores. Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tu trasero, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto.

Por cierto, ¿cómo andarán nuestras leyes y reglamentos en materia de uso público de lenguaje tipificable como ofensivo u obsceno? Me gustaría saber la opinión del jurisperito que acompaña siempre a Gil Gamés.