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La soledad es atractiva

Lo bello y lo tristeJulieta Lomelí Balver

En algún momento, me quedé tan sola, imbuida en el silencio, que una sensación desconcertante aprisionó mi corazón, una voz reflexiva, me recordó la única verdad que sin mucha teoría cualquiera sabe: “has nacido acurrucada en un útero que nunca fue tuyo, has sido cómplice de un nacimiento acompañado, sin embargo, en la vejez todos te habrán abandonado, o a lo mejor queden unos cuantos a tu lado, si es así, serán muy pocas personas las que cuidarán de ti. Pero si algo es seguro, es que al morir, nadie te seguirá en tu agonía, sólo tú sabrás qué sucede, y te irás del mundo, completamente solo”. Cuando la amargura de aquellas palabras se apagaba, sentí miedo.

Nunca había necesitado de nadie. De hecho la soledad había sido una exigencia personal, una herramienta valiosa que me ayudaba a no perder tanto tiempo en convivencias sociales y concentrarme en mis aspiraciones laborales y subjetivas. Seguía fielmente enseñanzas leídas en libros de filosofía, había encontrado en Schopenhauer –por ejemplo–, exquisitas líneas que justificaban mi pasión por no compartir más que cordiales saludos sólo y cuando la situación lo demandara. El filósofo alemán me enseñó a estar sola y por lo tanto sentirme con un tipo de privilegio o capacidad arriba de la media, al no necesitar de nadie para pasarla bien.
Mi inteligencia solitaria quedaba justificada con una alegoría constante que Schopenhauer mostraba en alguna página: ponía un escenario hipotético en el cual uno se situara en un espacio infinito, “bajo un cielo completamente despejado, con árboles y plantas en un aire quieto, sin animales, sin hombres, sin corrientes de agua, en el más profundo silencio”, bajo el cual sólo quede la contemplación y experiencia absoluta de sus propias pulsiones y pensamientos. Quien no sea capaz de soportar dicha soledad, estará condenado al tormento del aburrimiento, del sinsentido y desesperadamente irá tras la búsqueda de algo o alguien con quien evadirse a sí mismo y pasar el rato. Empero, aquél que pueda soportarse y soportar el espacio vacío, sin padecer un tedio insalvable, será poseedor de un enorme valor intelectual, mismo, del que en buen grado, “dependerá nuestra capacidad para soportar o amar la soledad”.

No era un problema mío sentirme sola, nunca me había importado hasta ese día. Comenzó entonces aquella conmoción indefinible, un tipo de angustia acompañada de comportamientos dependientes, que me conducían a buscar compañía. Sin embargo, lo mío no era la empatía. Recorrí supermercados enteros, miraba desde el inicio hasta el final de sus andenes, tan sólo quería encontrar una mirada que me correspondiera, no logré nada. Visité bibliotecas, sobre todo las salas donde se encontraban los libros de etnología, pensando que si conocía algún estudioso de dicha rama me enseñaría a hacer amigos de todas las razas y pueblos. En ese pasillo no había nadie. Las bibliotecas de mi ciudad por lo general están vacías, sólo había empleados y se veían más huraños que yo, por lo que preferí no abordarlos.

Después de semanas de estar buscando una correspondencia con alguien, me había dado cuenta que nunca había estado tan sola hasta el momento en que aquella voz ajena me notificó que lo estaba, una obsesión atravesó mi tranquilidad, una exigencia extrínseca a mí me hizo tan infeliz desde aquel momento que ya no sólo sentía mi soledad individual -causada por ser incapaz de adaptarme al mundo-, sino que también experimentaba algo más grande que el drama intimo de ser incomprendida, padecía una –como la llamaba Ciorán– soledad cósmica, causada por “una nada objetiva, como si el mundo hubiera perdido súbitamente todo resplandor”. Sufría la impresión de no ser yo la única que se sentía abandonada, sino que el universo entero lo estaba, todas las cosas y los vivientes ahí siendo, sin ninguna finalidad, muriéndose y gastándose, yendo paulatinamente al precipicio, al abismal cementerio, donde todo acaba, el cosmos “condenado a una soledad glacial”.

Sentía entonces una soledad casi teológica, o mejor dicho metafísica, en la cual si ni siquiera podía encontrarle al mundo –por su obvio carácter finito–, un sentido eterno, mucho menos podría encontrar en mí alguna sensación de felicidad que durara para siempre. Había buscado oídos comunes, no los encontré, incluso pensé en mi madre como posible cura a mi soledad, pero la abismal diferencia generacional no sirvió para establecer vínculos más allá del papel de compromiso madre-hija, que todos conocen. Volví con mi búsqueda callejera, visité parques y nadie me miraba amistosamente. Pensé entonces en ir a un bar, el alcohol es siempre buen desinhibidor, sin embargo recordé que todas las relaciones que se hacen bajo el influjo de aquél, suelen ser efímeras, y yo necesitaba una amistad que presenciara junto a mí el día en que yo agonizara. De repente, en un café, encontré a alguien con manos solitarias, y una nueva voz -ahora menos ácida-, me dijo al oído: “basta con haberse enamorado, para romper todo realismo dogmático”. La filosofía venía una vez más a legitimar mi soledad, pero ahora de modo invertido: ¿soledad compartida?, ¿una sincera y eterna compañía?