Antipeñanietismo rabioso
Analecta de las horasAriel González Jiménez
Visiones: unos ven estudiantes en la calle y la piel se les eriza, ven conspiraciones no pocas veces internacionales, riesgos y amenazas para la estabilidad política o por lo menos la oscura mano de alguna fuerza política. Otros, no menos extremosos, ven una manifestación estudiantil y de inmediato sacan los altares y cirios del 68, sus inciensos y mitologías; su imaginación (es decir, sus deseos) vuela y consignan cómo la realidad del país se transforma instantánea y espontáneamente ante la frescura de nuestros jóvenes.
La percepción de los primeros desde luego fastidia a los muchachos, porque insulta su capacidad para salir a la calle por cuenta propia, con ánimo de exigir cosas que pueden ser justas o equivocadas, pero que son expresión suya. Sin embargo, la desbordada (cuando no delirante) imaginación de los segundos los halaga y los hace pensar que están haciendo algo de proporciones históricas.
Ahora bien, entre unos y otros hay una franja que simplemente los ve pasar: con tolerancia, mínima inquietud, ninguna emoción o una vaga simpatía que tampoco se traduce en todo lo que sueñan algunos de los jóvenes más radicales y sus apologistas más disparatados. Pero es esa franja sin gran exposición pública, acaso anodina, la que constituye, para desgracia de nuestros vanguardistas más exaltados, la inmensa mayoría de la población. Y son esos los que, según el mayor número de encuestas, no han cambiado significativamente su intención de voto a partir del masivo, combatiente y justiciero movimiento estudiantil.
Todas estas percepciones, no obstante, me parecen dignas de consideración. No las comparto, pero creo por supuesto que cada ciudadano —y su analista político de cabecera— tiene derecho a creer en lo que le plazca. Si quieren ver en estas marchas la continuación posmoderna del 68, adelante; si las creen la demostración del despertar del pueblo mexicano (a quien a veces creo ven como un pedazo de huevón, dicho sea de paso) o el preámbulo de una revolución, también.
A mí lo único que me preocupa es cómo van a reaccionar los que sueñan con todo esto si el 2 de julio el país amanece (¡oh, pesadilla!) con el triunfo del PRI. Comprendo lo decepcionante e increíble que les resultará tal cosa: los electores prefiriendo la infame restauración del autoritarismo y el regreso de los políticos más corruptos y viles del planeta, por sobre la luminosa alborada democrática que nos tiene prometida un dirigente impoluto (que si bien proviene del PRI, lo supo abandonar como a los 35 años, cuando ya hasta un inolvidable himno le había escrito) o la valentía femenil panista que ahora sí se sobrepondrá, por ejemplo, a la maestra, algo que no pudo hacer cuando fue secretaria de Educación Pública.
Se debe entender que en un país mágico, de probada simiente surrealista, el realismo indica que todo puede suceder. Aunque el chiste de la democracia es ese, precisamente, y en todo el orbe democrático esto es de lo más natural: los candidatos son elegidos por sus partidos; compiten en campañas y luego viene el voto ciudadano a decir la última palabra.
Pero en México hay quienes quisieran, por ejemplo, que el candidato Peña Nieto no estuviera en la boleta electoral y que el PRI desapareciera de la faz del país. Eso les parecería de lo más democrático.
Solo el pueblo salva al pueblo, decía una vieja fórmula. ¿Pero qué pasa cuando el pueblo se desvía de su salvación? ¿Qué pasa, pues, cuando no quiere ser salvado? Un sector de la sociedad supone que lo peor que le puede suceder al país es que regrese al poder el PRI. ¿Se fue alguna vez? ¿Estos ciudadanos dormitaban y no veían que estos últimos doce años este partido gobernó la mayor parte del país? ¿Pues dónde viven? ¿Qué periódicos leen o que comentaristas de radio y tv los informan?
Me llama la atención cómo la posibilidad de que el PRI vuelva a la Presidencia es tratada por muchos como el regreso de la peste bubónica. El PRI no es algo remoto, una formación venida de siglos atrás o de otra galaxia; si fueran más serios muchos analistas y manifestantes verían en él la génesis del PRD y las (pocas) posibilidades de gobernabilidad que ha tenido el PAN en estos doce años de gobierno. Así que para fines prácticos es un factor de poder que no se puede desconsiderar.
El rabioso antipeñanietismo que observo entre los chicos del 132 y otros no tan chicos, pero igualmente estrechos de miras democráticas (especialmente entre los que lo hostigan en cada acto de campaña) ignora, y eso es muy preocupante, al resto de la sociedad. ¿Qué dirían si fuera al revés?
A mí me parece que lo mejor que tenemos hoy es un paisaje de legalidad democrática suficiente como para que pueda ganar cualquiera de los candidatos. Si no gana el de la preferencia de nuestros salvadores (de derecha o de supuesta izquierda), me parece que ya sería bueno que aprendieran a respetar el resultado. La única regresión política, lo único que me parece una vieja película que nos tiene hartos a muchos, es que no lo hagan. Ya estuvo suave, ¿no?








