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AMLO: calumnia, que algo queda

Ramón Cota Meza

El movimiento #YoSoy132 ha vigorizado la competencia electoral, pero está contagiado de sospechas y supuestos irrazonables sobre el proceso. Los responsables de esta situación son el candidato AMLO y seguidores por impugnar la elección de 2006 y vocear que habrá fraude en la próxima, los priístas que los apoyaron por oportunismo, cierta franja de opinión testaruda y, last but not least, la impaciencia e inmadurez de #YoSoy132.

Emplazado a respetar el resultado de la próxima elección, AMLO afirma que lo hará, pero es difícil creerle porque hace seis años se comprometió a lo mismo y terminó armando un sainete monumental, cuyo eco resuena en los estudiantes movilizados. El dicho “calumnia, que algo queda” describe bien la situación. No me complace decirlo porque creo que hace falta un gobierno de izquierda, pero desconfío del candidato por su acreditada irresponsabilidad política, la cual revela fallas de carácter poco recomendables para gobernar.

La sospecha de una elección fraudulenta es insostenible, pues el sistema electoral está hecho precisamente para evitarlas. En todo caso, los partidos tienen las facultades y recursos para detectar e impugnar cualquier irregularidad. He propuesto a #YoSoy132 leer la ley electoral y el manual del IFE para que confíen en el proceso. Si no tienen tiempo o la tarea les parece excesiva, lean el artículo “Por qué es imposible un fraude” del ex presidente del IFE José Woldenberg (Reforma, 14/06).

Hasta donde sé, ningún otro país tiene una ley y un sistema electoral con tantas previsiones contra fraudes como la mexicana. La razón de esto es la truculenta y engañosa historia electoral de México, en particular la elección presidencial de 1988, cuyo resultado sigue siendo incierto.

Ahora no hay posibilidad de que un resultado así se repita. De hecho, un partido diferente al PRI ha ganado la presidencia dos veces consecutivas desde el año 2000, ningún partido puede aprobar leyes en el Congreso por mayoría propia desde 1997, más de dos terceras partes de los estados han tenido alternancia desde 1989, el PRD ha gobernado la ciudad de México por tres periodos consecutivos y va por el cuarto, no digamos los cientos de municipios y escaños estatales donde los partidos se alternan en el poder como cosa de rutina. La alternancia está plenamente consolidada.

En un terreno electoral nivelado, los partidos llegan hasta donde pueden llegar. Si el PRI sigue dominando en puestos de elección popular y alcance territorial es porque sigue siendo mayoritario. La configuración partidista actual refleja las preferencias de la ciudadanía, sean éstas pragmáticas o idealistas.

No obstante, esta realidad sigue siendo inaceptable para muchos porque equiparan democracia con desaparición o reducción del PRI y victoria de la izquierda. Esta ilusión es producto de la retórica de la transición misma, que ha convertido al PRI en símbolo del pasado a superar. Pero ese pasado no es el PRI, sino el terreno electoral desnivelado, cuya nivelación está ahora bien acreditada en los hechos. Cuando los militantes del PRI afirman haber aprendido la lección están diciendo la verdad, lo cual no los vuelve santos, por supuesto.

Otra causa de confusión es la continuidad de la política económica de los noventa por los gobiernos del PAN. En este aspecto medular, la alternancia tiene mucho de farsa, pero es una farsa global, no exclusiva de México. En la medida en que la política económica no crea nuevas oportunidades, los jóvenes tienden a creer que ambos partidos representan los mismos intereses, lo cual fortalece a la opción de izquierda.

Si bien es cierto que el PAN comparte la política neoliberal y la política social del PRI de antaño, la diferencia importante es el énfasis del primero en la transparencia y demás rubros democráticos, lo cual es consistente con su ideología. Pero los resultados de estos pequeños pasos civilizatorios no son fáciles de apreciar en lo inmediato.

Por otro lado, la política neoliberal ha empezado a ser discretamente desplazada ante la evidencia de su fracaso global, pero no surge todavía una política económica alternativa. AMLO introduciría cambios importantes en beneficio de pobres, jóvenes y el mercado interno con recursos propios, pero sus fallas de carácter son receta segura para crear serios problemas políticos. El candidato idóneo de la izquierda era otro. En cuanto a mí, llegaré a la urna sin candidato.

El ministro de la Corte Ramón Cosío
anuncia un programa para mejorar la redacción y el formato de las sentencias judiciales, exponiendo lo que éstas no deben ser, es decir, todo lo que en realidad son: burocráticas, confusas, laberínticas, repetitivas y farragosas (“En el país de las sentencias institucionales”, Nexos, junio). Una redacción clara, ordenada y concisa refleja higiene mental y consideración del lector. Eso sí sería transparencia judicial. Tales son los pequeños cambios necesarios para reformar las instituciones. Pero la reforma debe empezar en las escuelas de derecho. Hay que corregir el estilo de casi todos los libros de texto.

Twitter: @cota_meza