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Tiempo de aguas

Jesús Gómez Fregoso

"En Guadalajara, las aguas comienzan el día de San Antonio, llueva o no llueva", decían los tapatíos de hace muchos años. Por eso, desde 1734 llegaba la Virgen de Zapopan el 13 de junio, día de San Antonio, y se iba a su santuario el 4 de octubre, día de San Francisco de Asís. No sería sino hasta 1950, cuando el arzobispo José Garibi Rivera recorrió “la llevada” al 12 de octubre “día de la raza”. Este año, San Antonio cumplió con su obligación y comenzaron las aguas el día de su fiesta.

Los viejos recordamos con añoranza el tiempo de aguas de la Guadalajara de antaño: cuando la actual calle Díaz de León norte y Díaz de León sur se llamaba Tolsa (no Tolsá como dicen los tapatíos que no conocen su historia) y cuando todos éramos o chivas o margaras, con algún despistado del Oro, y no como ahora en que muchos enajenados por Televisa le van al América. En mi barrio de San Felipe de Jesús no había ninguna calle pavimentada y solo dos empedradas: Obregón, que con gran rabia de mi mamá, le arrebató el nombre a la calle de San Andrés, y la 34, por donde pasaban los camiones de Oblatos-Colonias. El resto de las calles eran simplemente de tierra, donde podíamos jugar futbol con pelotas que las mamás nos hacían con calcetines y medias viejas de algodón. Cuando llovía, cada calle era un arroyo. Mi mamá me tenía preparados mis pantalones de brincacharcos; era una delicia mojarse bajo la lluvia. Cuando la tormenta amainaba, hacíamos barquitos de papel, que escoltábamos por la corriente hasta que humedecidos por el agua, naufragaban irremisiblemente. Luego hacíamos puentes con piedras y tablas para que pasara la gente grande, mientras que los niños les dábamos la mano para que no se cayeran; cobrábamos el servicio, 5 centavos la pasada. Con suerte llegaba uno a juntar un peso, que para niños de barrio era un dineral. También nos divertíamos mojándonos unos a otros y zambulléndonos hasta cansarnos. No había basura en la corriente, ni vidrios ni objetos peligrosos, como no fueran hojas y ramas: no se conocía eso de la contaminación. Al pardear la tarde, había que regresar a la casa: mi mamá me tenía ropa limpia, una canela humeante y, después de lavarme los dientes con pasta Pebeco o Forhans, a la cama con sábanas calientitas; pero eso sí, no me perdonaba mi cucharada de emulsión de Scott, de aceite de hígado de bacalao, que sabía a demonio reconcentrado. Ocasionalmente llegaba yo tosiendo, entonces, ya en la cama, no faltaba la cataplasma de antiflogistina: una pasta que se calentaba en baño maría y se aplicaba sobre el pecho, y tenía un olor muy peculiar. En ocasiones le daban a uno “friegas” con vick vaporup y le recetaban un cafión, muy popular antes de que apareciera el “mejor, mejora Mejoral”, en tiempos en que comenzaba a venderse la aspirina. De lo más desagradable de los resfriados era que le daban a uno leche tibia y, para la sed, agua “quitado lo frío”, que sabía a medicina. Pero, en todo caso, en aquella Guadalajara sin contaminación y sin naturistas ni dietólogas, los resfriados eran ocasionales: uno gozaba del calor y del frío, de las secas y de las aguas. Los niños gozábamos de todo lo bueno de la vida: de los puestos de tejuino, y de las fritangas callejeras; no había psicólogos, ni terapeutas infantiles, ni comisiones de derechos humanos: Guadalajara era tapatía, muy nuestra, muy mexicana y muy humana.

No resisto la tentación de transcribir unas líneas de Agustín Yáñez: “La Canícula. Por el día de San Bartolomé en que los diablos tienen vacación. Agosto… en las iglesias han tendido, entre nardos y jaulas de palomas tristes, a la Virgen muerta… los muchachos comemos membrillos, duraznos, sandías, granadas. En esas tardes, si llueve torrencialmente, nos metemos a las corrientes, hacemos barquitos de papel, y después, con la arena húmeda, construimos pirámides. Gozo de las tormentas, de las frutas de estío, de las flores y de las noches estrelladas….llegó el tiempo de ir al campo verdecito, llovido: a cortar elotes y anís, a bañarnos en los arroyos y mojarnos bajo las lluvias…refrescantes con el don del granizo… los niños descalzos, mordiendo frutas de la estación” (Flor de Juegos Antiguos).