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Adiós a la televisión

La mano oblicuaCristina Rivera Garza

Cualquier travesía por cualquier ciudad de la República mexicana deja en claro que se viven tiempos emocionantes en el país. No es posible, en estos días, tomar un taxi o ir al cine o comprar mercancías en un supermercado o salir de un cine sin verse inmiscuido en conversaciones espontáneas y, con frecuencia, bien informadas sobre las futuras elecciones presidenciales. El voto se discute en público. Los acuerdos, pero sobre todo los desacuerdos, abundan. El debate sagaz y efímero, acaso un poco guerrillero, se ha convertido en una forma de socialidad cotidiana. Lo mismo sucede en las avenidas virtuales de la red: basta asomarse a los rectángulos movedizos de cualquier Time Line para darse cuenta que 140 caracteres bastan y sobran para discutir a cabalidad lo que sucede en la realidad política del México. Protéica, energizante, veloz, la realidad de Twitter pasa frente a nuestros ojos con ideas sucintas, ligas a más información, pequeños diálogos controversiales gracias a la función de reply. Desde hace al menos un par de semanas, las calles de las ciudades más importantes del país —de la Ciudad de México a Guadalajara pasando por Monterrey o Tijuana— se han convertido también en testigos de la energía política y lúdica de los estudiantes que, convocados a través de las consignas del movimiento #Yosoy132, han respondido puntualmente a esa patria que, según rezaba una manta en la marcha que se congregó alrededor de la Estela de Luz —un monumento vergonzoso de la más oscura época calderonista— los estaba esperando. Todo en México parece estar a punto de. Todo tiembla o reverdece. Todo, quiero decir, excepto la televisión.

El domingo pasado se llevó a cabo el segundo debate presidencial con miras a las elecciones mexicanas que se celebrarán el próximo primero de julio. Difundido a través de los principales canales de la televisión, el debate entre “los candidatos y la candidata” respondió a un formato rígido, predecible, cansino, que en mucho responde a las reglas de la realidad televisiva. Con voces entrenadas, tratando de complacer a imágenes hechas de sí, o de escapar a estereotipos creados por otros, “los candidatos y la candidata” se enfrascaron en una serie de monólogos simultáneos a través de los cuales repitieron una y otra vez, y otra, y una y otra vez, los pequeños slogans que pretenden dejar en la memoria del público. En la televisión no se dice, sino se repite. Como si la realidad fuera, en efecto, la realidad dictaminada por las televisoras, “los candidatos y la candidata” omitieron de sus discursos todos los temas de los que se habla álgidamente y hasta con emoción en la calle o en la red: los 60 mil muertos producto de una guerra absurda que los mexicanos ni elegimos ni pactamos; las evidencias de las que hace no tanto habló el diario británico The Guardian en las que todo parece indicar que queda establecida la conexión entre la cúpula del poder político —tanto del PRI como del PAN— y el conglomerado de Televisa; el surgimiento y la relevancia del movimiento juvenil no sólo en el contexto de las elecciones por venir sino en el de la vida política del México actual; el papel de las redes en la producción de foros horizontales de discusión y acción ciudadana; la calidad tanto estética como política de películas como Colosio. El asesinato, dirigida por Carlos Bolado. En lugar de tocar estos temas y, de hecho, evadiéndolos a través de guiños consabidos, “los candidatos y la candidata” se las agenciaron para dar un rígido espectáculo televisivo para un público que, al menos en las ciudades y entre los más jóvenes, ya no sólo se alimenta de televisión.

Fiel sólo a sí misma, vertical y de una sola vía, convencida de que puede todavía tapar el sol con un dedo, la televisión mexicana, especialmente Televisa, pero también Tv Azteca, sigue utilizando las argucias que le dieron poder en la segunda mitad del siglo XX: el sesgo informativo, el ninguneo selectivo, la combinación estratégica de lo noticioso con el espectáculo y el entretenimiento para crear estereotipos de fácil digestión o de rechazo inmediato. Incapaces de leer un script que no sea el propio, las televisoras se notan torpes, desconcertadas, ajustadamente autoritarias, frente a una realidad que los desborda. No dudo que, en conjunto con las nuevas tecnologías, la televisión como medio pueda replantearse y rehacerse, respondiendo a las necesidades interactivas y críticas de las audiencias de hoy. Pero si algo demostró el debate del 10 de junio es que la televisión tal y como existe hoy achata, repite, caricaturiza, estereotipa, aburre. Con TT en su contra a nivel mundial y por días enteros, la televisión de los millonarios pactos secretos (o semi-secretos) con el poder, la televisión acrítica y vertical, esa televisión de chistes fáciles y risas grabadas ya fue. ¡Adiós a la televisión!

El #YoSoy132 convocó a los candidatos presidenciales a un nuevo debate el próximo 19 de junio—justo un mes después de que el movimiento estudiantil tomara las calles tanto en la capital del país como en otras ciudades de la provincia. No sé cómo se hayan planteado los jóvenes la estructura de las intervenciones y la dinámica general de la conversación. Sólo espero que los convocantes sean capaces de llevar la agilidad y horizontalidad de las redes sociales a un formato que, hasta el momento, sólo ha suscitado aburrimiento y, cómo no, hasta resignación. Los ciudadanos que participamos en debates tanto en las avenidas físicas como en las virtuales de nuestra vida cotidiana sin duda nos merecemos más.